Elecciones en Estados Unidos
El ambiente de las relaciones internacionales ha estado muy absorbido en último tiempo por las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Se perciben claramente dos aspectos generales al respecto: el impacto mediático que tiene esta elección en la madre de las democracias presidenciales como la estadounidense y; el rol dominante en lo político que ostenta el gigante del norte en las relaciones internacionales a escala planetaria. El otro día escuché un comentario que me hizo mucho sentido y que se expresaba de la siguiente manera: “Son tan importantes las elecciones en Estados Unidos que debería votar todo el mundo”.
Desde su independencia Estados Unidos levanta como un elemento de identidad el hecho de erigirse como la democracia moderna más antigua y larga del planeta, con ausencia de períodos de inestabilidad y de Pronunciamientos y de Golpes de Estado, a pesar de que algunos aún defienden la tesis que el asesinato en Dallas del presidente Kennedy en 1963, debería entenderse como una disrupción en esa larga evolución democrática. Los datos resultan irreprochables al respecto, pero la imagen que ha dado Estados Unidos y su democracia a lo largo de esta elección presidencial ha sido, por decir lo menos, lamentable. Recordemos el debate entre los dos principales candidatos que estuvo lejos de ser una exhibición de una propuesta madura que enfrente los desafíos nacionales y el rol de la superpotencia en el ámbito internacional, estuvo mucho más enfocado a un espacio de descalificaciones personales que son completamente disfuncionales con una democracia respetable y madura. Tal fue el impacto al respecto que los medios de comunicación se dieron cuenta del triste espectáculo que se proyectaba a la comunidad internacional y que de no haber cambios relevantes en la estructura y desarrollo del mismo no era viable desarrollar los otros debates previamente pactado. Una pena para aquellos que creemos y valoramos la democracia.
Desde su independencia y en función de los roles que el país del Tío Sam ha asumido a lo largo de su historia, permiten explicar que nadie sea indiferente a las decisiones que el pueblo estadounidense pueda tomar al respecto. Desde aquel modelo surgido en Filadelfia e inspirado (hasta cierto punto no más) en los ideales ilustrados, pasando por un rol de potencia regional que hubo de ser modificado y asumido por sus actuaciones en las Guerras Mundiales y hasta convertirla, junto a la URSS, en las llamadas superpotencias que buscaron imponer sus modelos de sociedad por los más variados métodos posibles durante la segunda mitad del siglo XX. Desde la caída de la URSS no existe en lo estratégico-militar una potencia que pueda rivalizar con Estados Unidos y pareciera, en palabras de Francis Fukuyama, que estábamos al borde de un Estado Homogéneo Universal en donde los valores de la democracia liberal, el capitalismo y la sociedad del consumo se impondrían sin contrapeso.
Esto gatilló un mayor intervencionismo de Estados Unidos en muchas zonas de conflicto planetario que, a la luz de la experiencia histórica, no han sido de los más afortunados, casos como los de Irak, Afganistán y Libia pueden ser los más recordados, pero hay muchos más al respecto y en los cuales se ha puesto en crisis el mismo orden internacional que busca garantizar las soluciones pacíficas que inspiró y estableció a partir de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Su posición predominante le permite, en lo referente al derecho internacional, borrar con el codo lo que escribió con la mano.
La realidad en materias comerciales nos habla de una situación distinta, han aparecido importantes competidores que amenazan su posición de privilegio. La proclama “trumpista” en lo referente a recuperar espacios de poder comercial a escala global fue, a juicio personal, el gran caballito de batalla que permitió explicar el triunfo de Trump hace 4 años. El estadounidense común creyó, tan “subdesarrolladamente” como muchos de nuestros países latinoamericanos creen comúnmente, que aquél que ha sido “exitoso” en temas de su patrimonio personal, puede proyectar los mismos niveles de éxito a escala nacional. ¿Cuántas experiencias frustradas hay al respecto?, los casos de Piñera en Chile, Macri en Argentina, son botones de una misma hipótesis. Jugar desde la vereda opuesta del Estado e incluso usufructuar de sus debilidades desde el mercado, encierra una lógica mucho más compleja y una exposición a los abusos que el mercado muchas veces permite “reparar”, evadir o eludir. Otra cosa es con guitarra.
El largo conteo de votos, el complejo sistema electoral estadounidense, las diferencias electorales entre los mismos Estados que forman la Unión hacen más complejo e incierto el escenario. Aquellos que disfrutan de las series de televisión de marcadas truculencias políticas, tuvieron un show mediático por lo demás muy realista estos últimos días y semanas. La actitud del actual mandatario, alegando ilegalidades desde mucho antes de que se viviera el corazón electoral le hacen un flaco favor a los valores y atributos que la democracia sustenta y a la imagen que el modelo estadounidense ha querido proyectar durante más de doscientos años al mundo. Incluso, sin entrar a discutir sobre la validez o no de las reclamaciones de Donald Trump al respeto, pero el mismo discurso anticipatorio del futuro ex presidente le quita validez a sus actuales alegatos y lo dejan ver, tal como lo han ridiculizado a través de las redes sociales, como una pataleta sin sentido de un hombre que proyecta lo peor del modelo neoliberal y que tiende a reducir a las personas en una división maniquea entre exitosos y fracasados. El discurso exitista de Trump hoy lo condena y son muchos que más allá del triunfo demócrata, celebran la derrota de Trump.
Uno de los aspectos que más ha llamado la atención de esta elección ha sido la fuerte polarización de la sociedad estadounidense, a lo mejor no vista desde situaciones muy confrontacionales y disruptivas que la historia de ese país ha vivido durante el siglo XX, por ejemplo las posiciones internas ante el conflicto de Vietnam. Pocas veces la sociedad se ha presentado tan dividida y con un cierto nivel de fanatismo que, por lo demás, es muy contrario al espíritu democrático. Pero vuelvo a reiterar mi planteamiento, lo que divide a esa sociedad, y al mundo también, no son los modelos de organización entre la opción demócrata y la republicana, para nada, para aquellos que tenemos más de cincuenta años sabemos que las cosas no serán muy diferentes al respecto. Lo que los divide es una forma de ser de Trump que ha inundado la forma de ver y hacer política en Estados Unidos y el mundo. La sociedad se ha movilizado no detrás de un proyecto político, se ha movilizado detrás de una forma de ser que tiene repercusiones políticas y que es muy peligroso cuando dicha persona es la depositaria del poder. Una cosa muy distinta es ser el ciudadano Donald Trump a que el “personaje” Donald Trump sea el Presidente de la República del país más poderoso de la tierra.
Quiero expresar mi sincera preocupación, que espero que compartan todos aquellos que valoran las soluciones pacíficas, respetuosas, dialogadas y consensuadas, que son las que le dan cierto grado de objetividad a nuestros acuerdos, por los avatares que seguirá viviendo la política estadounidense mientras algunos se conviertan en “viudos violentos” del ex presidente. La experiencia ultrapersonalista del Presidente lleva a la democracia liberal por caminos tan peligrosos como los caudillismos y que tan malos recuerdos nos generan. Con muchas avidez, un estimado amigo me planteaba hace algunos días que sí la situación que se estaba viviendo en USA, se diera en cualquiera de nuestros países latinoamericanos, estaríamos hablando de una especie de dictador en ciernes, que desacredita la democracia y que pone en tela de juicio los valores más altos en los que se funda. Esperemos que desde el mismo mandatario, desde su círculo cercano, se genere una discusión racional que se proyecte a sus enfervorizados seguidores que expresan niveles de fanatismo que resultan, por lo menos, preocupantes.
El legado de Trump, muy criticado por lo demás, tiene que ver con la pérdida de institucionalidad que la democracia ha vivenciado y el hecho de que su particular estilo ha impactado en la toma de decisiones en manos del poder ejecutivo estadounidense. El “personaje”, nefasto por lo demás, ha inundado aspectos cruciales de una democracia que debiera descansar en el respeto, la tolerancia, la igualdad, la solidaridad, la verdad, la justicia y la equidad como valores trasversales de una ética cívica que inspira a una sociedad abierta y pluralista. Sus dichos con tintes racistas, su autoritarismo, el negacionismo de la pandemia o de los problemas ambientales, su machismo, su desprecio por el migrante, la búsqueda del conflicto comercial a través de imposiciones abusivas que chocan con los fundamentos básicos del liberalismo, es lo que algunos aspiran genuinamente a cambiar mientras que otros, lamentablemente inspirados por un seudo nivel de superioridad al más puro “estilo fascista”, intentan instalar como reivindicaciones compatibles con el juego democrático, pero que una democracia moderna no puede tolerar.
Por el bien de todo el mundo, espero que la democracia estadounidense encuentre su cauce institucional que ha perdido y que el nuevo presidente proyecte desde su rol, y no desde un personaje, aquello que permite construir y no destruir, que favorezca una convivencia social justa que garantice al máximo el establecimiento de una sociedad abierta, pluralista, equitativa y sostenible, en la que sean respetados los principios éticos básicos por parte de todos los grupos que conforman una sociedad plural y que se entienda que el pluralismo ético se logra cuando los más variados grupos ideológicos, que aspiran genuinamente a desarrollar su visión de sociedad, coincidan en el compromiso de respetarse mutuamente y de colaborar juntos para establecer y mantener una ética cívica compartida.
Mis mejores deseos a la sociedad estadounidense y al mundo.