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El valor, el Estado y el mercado en tiempos de coronavirus

Tal vez, y tomando en cuenta la columna escrita anteriormente, lo que nos embarga a todos en estos momentos son las dudas y la incertidumbre. No resulta fácil intentar escribir unas cuantas líneas que resulten ser de interés (sin pretender ser un aporte) para quien las quiere leer, pero de ello emana sin duda una responsabilidad de quienes gozamos del privilegio de alguna tribuna o espacio en donde podemos poner (para este caso) por escrito nuestras reflexiones, preocupaciones y, hasta con cierta osadía, algunas proyecciones.

Nunca uno escribe de la nada, siempre hay un referente que orienta y organiza nuestra reflexión y en un mundo en que la información (lamentablemente no el conocimiento) es muy abundante. El abigarrado cúmulo de influencias que recibimos todos los días (ciertas  o no) van moldeando nuestros pensamientos, ponen en duda algunas de nuestras certezas y confirman o amenazan nuestras más férreas convicciones. Sin duda que es la vida misma, al estilo de los románticos del siglo XIX (recuerde a Hamann, que nos invitaba a ese remolino de abigarrados ingredientes estilísticos y vitales, el intento de abarcar toda la diversidad de contenidos puesta en libertad, de dar la sensación de totalidad viva), pero que en los tiempos actuales se desarrolla de una manera cada vez más compleja, menos modelada,  con más dudas y contradicciones que nos invitan a generar una nueva forma de vivir y de convivir.Todo el preámbulo anterior (válido o no) es para comentarles que hace un tiempo recibí un preciado regalo de un alumno, un libro de Mariana Mazzucato, reputada catedrática en Economía de la Innovación y el Valor Público en la Universidad College de Londres, que se titula, “El Valor de las Cosas, quién produce y quien gana en la Economía Global” (Taurus, 2019) y en el que la destacada autora nos obliga a cuestionar creencias arraigadas sobre cómo funcionan las economías y quien se beneficia en realidad. En términos muy generales plantea que nuestras economías tienden a premiar la extracción de valor antes que su creación, que tendemos a perder de vista la auténtica naturaleza del valor y por qué es importante, en un sistema que beneficia más las actividades parasitarias (que extraen valor) por otro sostenible, para todos que se reconozca la creación de valor en la construcción del mundo en que queremos y aspiramos a vivir.

 Mazzucato inicia su libro entregando una fría pero reveladora estadística, plantea que el Producto Interno Bruto de Estados Unidos se triplicó entre 1975 y 2017. Durante ese período la productividad creció en un 60%, por el contrario, los sueldos, de la mayoría de los trabajadores estadounidenses (desde 1979 a la fecha y medidos en términos adquisitivos) se han estancado e incluso reducido. Lo que la lleva a afirmar que en un poco más de cuatro décadas una pequeña elite se ha apoderado  de una economía en expansión, donde difícilmente podemos creer que dicha productividad ha sido fruto exclusivo del esfuerzo de esa élite, es decir, la creación de valor resulta ser un esfuerzo colectivo, propio de la Era de la Masificación, pero donde los beneficios no se han masificado proporcionalmente.

 A donde los quiero llevar con todo esto, a pensar que en la Era del Estado Homogéneo Universal de Fukuyama, en donde el paradigma basado en el mercado habría superado sus contradicciones y  derrotado a todos sus adversarios (ideológica o materialmente) e impuesto un modelo cultural que se sustenta en la lógica de la sociedad del consumo (a cualquier costo, incluso del sobre endeudamiento para muchos), pero que la conclusión con distancia histórica nos habla  de que ha potenciado las diferencias impuestas (no naturales), de una seudo sociedad meritocrática que genera desigualdad sin privación (como reflexionamos en una columna anterior) y que increpa a un Pacto Social que protege a la élite beneficiada y que niega y reniega de una actualización a través de las estructuras democráticas exponiendo a la comunidad al conflicto (ausencia de visión y proyección política).

 Más de alguno ha escuchado por ahí que la Pandemia que estamos viviendo (al igual que las pestes de otros períodos de la Historia) no sabe de desigualdades y que mata a ricos y pobres, privilegiados y oprimidos, aceptados y censurados, en fin, que la Pandemia no discrimina. Reflexión que, a la luz de la evidencia histórica es completamente falsa, la peste siempre ataca con mayor fiereza los cuerpos más diezmados, los peor alimentados, los que no han gozado de los privilegios, los que, en la pandemia actual, no pueden hacer teletrabajo, no tienen la independencia económica para dejar de laborar (no un mes, sino que un día), que viven en comunas con altas densidades de población, en casas y departamentos de 40 metros cuadrados y que albergan a 5 o 6 personas en  promedio, con deficientes sistemas públicos de salud, sin conexión a internet y la imposibilidad, para sus hijos de estudiar desde la casa, sin áreas verdes y espacios de recreación  y que reciben el impacto más directo de la recesión económica asociada. No, la Pandemia de Coronavirus no nos ataca a todos por igual.

 La situación que vivimos hoy nos lleva a (parafraseando a Mazzucato) a reconocer el verdadero valor de las cosas (estamos hablando de las diferencias en la fragilidad de la vida o, menos eufemísticamente, en la probabilidad de la muerte). Los agoreros en tiempos de crisis nos han planteado que debemos empezar a acostumbrarnos a enfrentar estas situaciones y, es por ello que resulta necesario que discutamos sobre algunas situaciones que la casuística de tiempos de crisis nos ha develado con brutalidad.

 En primer término, la recuperación de la fuerza y relevancia de los Estados Nación en la Era de la Globalización. Sin duda que, más o menos errores, es el Estado (y así debería ser siempre) al que demandamos las condiciones necesarias para enfrentar las externalidades negativas de la Pandemia. Los Gobiernos, más allá de sus contradicciones, se han visto impelidos a tomar resoluciones que van en contra de la movilidad de personas y de recursos, de la liberalización de los mercados, de los flujos de capital, de la dotación de infraestructura de salud y de apoyo económico en que, no sólo ahora, sino que históricamente, el mercado se ha demostrado incapaz de enfrentar.

En un pasaje de su texto, Mazzucato reflexiona sobre las circunstancias que pusieron en crisis al Estado de Bienestar en las economías capitalistas en la década de 1970. Las conclusiones no parecen ser económicas, para nada, sino que fundamentadas en que el neoliberalismo resultaba ser una respuesta ideológica (no económica) al modelo benefactor (Un Estado que coordina y planifica es una amenaza a la democracia liberal). Como lo plantea Hobsbawm en su Historia del Siglo XX, la Edad de Oro del Capitalismo, que se desarrolló entre 1948 y 1973, período en que el modelo, con una fuerte intervención del Estado (el llamado Capitalismo reformado), produjo en un tiempo tan reducido (apenas 25 años) mayor riqueza que nunca, disminuyó las desigualdades entre los países, reconocía la importancia de la mano de obra, el pleno empleo, la responsabilidad del Estado en la calidad de vida de sus habitantes  gozaban de prioridad absoluta y justificaban una intervención estatal de la máxima firmeza.

Hoy en tiempos de crisis, en el contexto de un neoliberalismo, parecen hasta contradictorias muchas de las medidas que toman los gobiernos. Por ejemplo en mi país (Chile) la ayuda para enfrentar las situaciones de crisis se han cargado exclusivamente a costa del Estado, la pregunta es,  ¿El Mercado no quiere o no puede enfrentar situaciones de crisis? Recordemos la crítica de Keynes al sistema del laissez-faire anterior a la crisis de 1929, cuando planteaba que no podía llamarse al liberalismo como un verdadero modelo ya que la realidad muy pocas veces, o casi nunca, respondía a las condiciones ideales que demandaba (equilibrio de la oferta y la demanda en el mercado) y que, muy  por el contrario, esa misma realidad,  hacía urgente un rol más activo del Estado en la economía. Hoy vemos un mercado minimizado por efectos de la crisis bajo, supuestamente, un modelo neoliberal que exige apoyo y protección del Estado  a través de bonos, ayudas económicas, dilación del pago de impuestos, devoluciones anticipadas de los mismos, créditos blandos de la banca privada pero con aval del Estado, empresarios que pueden acogerse a condiciones favorables de despidos o reducción de jornadas laborales, posibilidad de acceso a ahorros de las personas en sus fondos de cesantía y de pensiones (estos últimos negados por el modelo en tiempos de cierta normalidad), pero que ahora los defensores a ultranza del libre mercado demandan y con premura, y un Estado que debe corregir los excesos del mercado en tiempos de pandemia (fijación de precios a bienes de primera necesidad y atenciones médicas, asegurar abastecimiento de bienes y servicios fundamentales).

En la realidad, ¿estamos funcionando bajo las directrices de un modelo neoliberal?, ¿Es necesarios que volvamos a un modelo que valorice la creación de valor del Estado y de la mano de obra?, ¿Está el modelo dominante en condiciones de dar respuestas a la crisis sin traicionar sus fundamentos? ¿El modelo funciona bien en tiempos de normalidad  sólo para una minoría que usufructúa de manera desigual en la concentración de valor? Platón, en su República, sostuvo que el mundo era dominado por los contadores de historias, será necesario que empecemos a cuestionar ciertas historias, como por ejemplo, ¿Es el mercado el que mejor asigna los recursos?, ¿Se valora proporcionalmente a todos los creadores de riqueza en el capitalismo moderno? ¿El mercado siempre considera al Estado un pésimo administrador? ¿Un Estado más activo en garantizar los derechos sociales y económicos genera competencia desleal? En definitiva ¿es el mercado el que nos ayuda a construir el mundo en el que queremos vivir?