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Edward Said, historia, literatura y lenguaje

Me reconozco un seguidor de Edward Said y he tenido la oportunidad de disfrutar  de su último libro, “Poder, Política y Cultura” que recopila una serie de entrevistas a este intelectual  entre 1976 y el año 2000, con una descripción del propio autor para dar referencia de contexto a cada una de ellas.

Hace algunos años, al leer, para muchos su mejor obra, “Orientalismo” me sentí, desde mi ascendencia palestina, muy identificado con la tesis del autor que repara en las pretensiones de universalidad de Occidente y de cómo  se construye una imagen de Oriente que sirva a sus intereses. Esta reflexión, muy en sintonía por lo demás con Samuel Huntington, autor estadounidense, que en su “Choque de Civilizaciones” expresó, en la misma línea, el interés de Occidente de pensarse a sí mismo, lo que no es para nada un problema, muy por el contrario se agradece la búsqueda de identidad, pero que también aspira a pensar a los demás.

Para ambos autores, muchos de los problemas del mundo contemporáneo post Segunda Guerra Mundial se explicarían por dicha tendencia que ha multiplicado las veces y las formas de intervencionismo de los ideales Occidentales en un mundo variado pero que definen muchas veces, de manera excluyente y simplificada, como “No Occidental”

Muy por el contrario a lo que esperaba, el texto me sumergió en un tema que me ha interesado desde hace mucho tiempo, la relación entre la Historia, el Lenguaje y la Literatura. Ya he comentado en opiniones anteriores mi postura con relación a que la Historia no debe asumir la exclusividad de la reconstrucción del pasado con sentido de presente y futuro.

Muy en sintonía con ello, Edward Said lamenta la tendencia a considerar el estudio de la Historia como divorciado  de las consideraciones del Lenguaje y la Literatura. Establece que la Literatura y la Historia, desde su propia especificidad,  aspiran a depurar pruebas e interpretaciones y que resulta imposible pensar que la Historia pueda secuestrarse centrándose en los discursos del poder y de si los hechos pueden estudiarse  al margen de la forma en que han sido presentados y registrados por el Lenguaje.

Lo que está detrás de esta preocupación de Said es tratar de comprender el origen de los sistemas y las instituciones, comprender cómo los conceptos, pensamientos  y las más variadas formas de representación adquieren estabilidad a través de su poder discursivo. Ya Kahler nos había planteado esta preocupación en la década del 60 en el contexto de un movimiento historiográfico en defensa de la Historia y que definía a la Historia como la relación activa y activadora entre concepto y realidad.

Es esta línea argumental la que permite entender el surgimiento para Said del “Orientalismo”, es producto de un sistema de dominio discursivo que, a partir de todas las referencias que entrega el autor, no tiene sentido, en la medida que los fundamentos elevados por Occidente para construirlo descansan en  pruebas y en interpretaciones  que, por decirlo en lenguaje de Said, “están lejos de ser  depuradas y más cerca de secuestrarse en discursos de poder con prescindencia de los hechos históricos”

Podríamos llegar a pensar que las redes que emanan del poder construir por y alrededor de un discurso interesado, despojan a los individuos de la capacidad de resistirse y limitan considerablemente las posibilidades del libre albedrío. Si ello lo rebajamos al nivel personal, tal cual lo expresa Said en el capítulo introductorio de “Orientalismo”,  y que para más de un descendiente palestino como yo le hará mucho sentido, no era fácil serlo en el  “Occidente” de los años setenta y ochenta del siglo pasado.

El discurso desde el poder invalidó la causa palestina que, aunque no comparto los medios violentos en pos de la recuperación nacional, desalojaron del debate Occidental la legitimidad de sus reivindicaciones. Ser palestino en dichas décadas en Occidente, era ser un latente terrorista, secuestrador de aviones y asesino de deportistas, un discurso que gobernaba desde la emoción, instrumentalizado por el poder  y que lograba el objetivo de esconder  la situación humanitaria de todo un pueblo.

Lo anterior era una construcción sin duda interesada y que calaba profundamente en el sentir popular y en determinados círculos intelectuales bombardeados desde la Historia, la Literatura y el Lenguaje (recuerdo mis años de universidad y el desconocimiento entre muchos de mis cercanos y queridos amigos, por la situación que se vivía en Palestina por aquellos años). De lo anterior se deriva un consejo fundamental para todo buen lector, antes de leer el libro (sea de Historia o de Literatura), lea primero al autor y antes de leer al autor, infórmese del contexto y de los orígenes políticos  que inspiraron la obra, ya que la apreciación puramente estética produce sólo lecturas falsas e incompletas. La buena lectura exige apreciar la vital conjunción entre estética y poder.

He planteado en más de una oportunidad que la tendencia academicista de la Historia y la preocupación por la construcción de un relato científicamente elaborado desnaturaliza la más humanizadora de las disciplinas. Escribir para publicar en medios científicos sólo en pos de un currículum y olvidar el carácter pedagógico e inspirador del relato histórico, la llevó a alejarse del gran público. Dejó de emocionar y pasó a producir cada vez relatos más específicos que poco o nada tenían que ver con los problemas de la gente de carne y hueso.

Debemos siempre tener presente que la Historia y el rol del historiador es recordar lo que otros olvidan o quieren olvidar. Cuando la Historia se olvidó de su real y humanitario propósito, la Literatura nos legó un relato vivencial, desde un espacio más libre y menos regulado, pero con sentido moral y formador. Edward Said nos dice que lo literario se convierte en sinónimo de una compleja mezcla de sorpresa, voluptuosidad y conocimiento no regulado, incluso a veces desmedido, al tiempo que evoca la tradición y la herencia cultural, exhibe una resistencia a los regímenes predecibles y deja espacio para un concepto dinámico de conciencia crítica. La Historia debe aprender, como creo lo está haciendo, de la Literatura, sin perder su esencia ni la preocupación por las fuentes, pero recuperar el rol de corregir interpretaciones puramente interesadas y velar por el sentido formador y pedagógico de su relato.

Leer la Literatura desde la Historia, o la Historia desde la Literatura,  es un llamado para todos aquellos que creen que la producción literaria se construye sin referentes y para los que han olvidado el verdadero valor del relato histórico. La Literatura también interroga y se  construye en un humus cultural, y por tanto sus obras son un testimonio del “trabajo de la memoria”,en palabras de Dominique Viart. Así, Historia y Literatura se complementan, son relatos que buscan pronunciar otras verdades sin borrar la rigurosidad ni la sospecha de la Historia, ni la sensibilidad y el esteticismo literario.