Detrás de la pandemia
En una situación compleja de mi vida, un amigo más avezado que yo y con una clara consciencia de la condición y la naturaleza humana, me comento que en los períodos de crisis es donde sale lo mejor y, lamentablemente, también lo peor de las personas. Es un poco esa ambivalencia en que el ser humano se mueve, es la esencia controversial de la vida misma, es la contradicción desde tiempos inmemoriales, en los libros sagrados de variadas religiones, en las expresiones maniqueas de San Agustín y su teoría de los dos amores, en Hobbes sobre la naturaleza humana depredadora, en las visiones más optimistas de Locke o Rousseau o, para mi gusto, la esencia y realismo puro de Voltaire en su Ensayo sobre las Costumbres. No es que los aspectos teóricos al respecto hayan concluido, pero me parece que las tendencias actuales, ciertamente que con matices, siguen por los derroteros que estos clásicos establecieron desde añosos siglos atrás.
Tomando las imperecederas palabras de Salvador Allende, hoy nos encontramos en un trance histórico (nuevamente la Historia es la que eleva la situación que estamos viviendo a una situación de privilegio, lamentablemente no por lo positivo de las circunstancias) y en donde esta Pandemia, a partir de una rápida lectura de los acontecimientos que registran los más variados medios de comunicación, ha sacado lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros. Este nosotros, no lo quiero expresar en estos momentos en función de la vida pública, ésa que según los romanos se vivía más allá de la puerta de la casa. Las puertas de los romanos no se habrían como las actuales que, por medidas de seguridad lo hacen hacia afuera, por el contrario, se abrían hacia adentro ya que, el mundo privado no podía interferir con el espacio público. Uno de los temas más trascendentes y complejos de delinear en el mundo actual tiene relación precisamente con esto, es decir, donde está límite entre lo público y lo privado, es decir qué politizamos y qué despolitizamos, hasta donde permitimos la intromisión del Gran Hermano.
No resulta de mi interés, por lo menos en estas líneas, profundizar en dicha temática, muy por el contrario, quiero tratar de representar cómo la situación que hoy estamos viviendo, especialmente en el núcleo familiar, ha sacado lo peor y también lo mejor de cada uno de nosotros, en ese espacio sagrado para los romanos, el hogar, protegido por los lares y penates que no eran otra cosa que los antepasados elevados al nivel de dioses privados en los que descansaban el honor familiar, el respeto por los valores, la protección de la familia, las tradiciones, en fin ése espacio más íntimo del mundo privado y que nosotros mismos en más de alguna oportunidad invocamos, a amigos, hermanos, padres y abuelos que hoy nos están físicamente con nosotros, pero a quienes genuinamente nos entregamos pidiendo su guía, orientación y cuidado (son nuestros “dioses privados”).
La crisis sanitaria ha instalado una nueva forma de vida, algunos la han llamado la nueva realidad y lo ha hecho de manera brusca, sin darnos tiempos a prepararnos, reaccionando más que planificando, jugando, desde nuestras decisiones particulares y lamentablemente también a nivel de políticas públicas, al ensayo y error, pero que a la luz de las circunstancias y entrando al tercer mes de encierro, hay cosas que nos han cambiado.
Lamentablemente las largas jornadas de encierro han develado en la intimidad del hogar los mayores desafíos de una sociedad desigual. Muchos viven en hacinamiento, sin las mínimas condiciones de dignidad, sin la posibilidad de guardar adecuadamente el encierro, en definitiva sin los recursos y los espacios que les permitan el autocuidado que tanto demandan las circunstancias.
Las horas de encierro también han provocado el aumento de la violencia intrafamiliar de manera transversal en los más variados estratos socioeconómicos y en todas las líneas de filiación. No estamos acostumbrados a la convivencia prolongada, nuestras relaciones tienden a ser circunstanciales y efímeras (“mientras menos compromiso mejor”). Desde hace mucho tiempo que la mayor parte de los días de la semana no compartimos el almuerzo (incluso en las casa cada uno almuerza en su pieza, con el computador y la televisión encendida), nos movemos mejor en el anonimato de una mega sociedad (que no nos cuestiona, no nos interpela, no nos demanda, más allá de cumplir con el sistema normativo), con grandes tiempos de desplazamientos conectados al celular, a las aplicaciones o a mi música a través de los audífonos que me aíslan aún más. Hemos perdido la capacidad de convivir, de reinventarnos cada día en la intimidad del hogar y de enfrentarnos a quienes más debemos querer, a los que más nos conocen, con nuestras virtudes y, aquello que no nos gusta que nos critiquen, nuestros defectos.
Algunos creíamos que podíamos vivir al margen de la tecnología, que nos negábamos a transformar nuestro hogar en el lugar de trabajo, nos encontramos con una cruda realidad que nos impele a dejar entrar (y también salir) su influencia en nuestro hogares. Estamos trabajando desde nuestras casas, compramos desde las frutas y verduras hasta un automóvil por internet, estamos virtualizando todas nuestras relaciones, con lo bueno y lo malo que ello puede generar. ¿Hasta qué punto esta tecnología invasiva a través de Facebook, twitter, instagram, en fin, todas las aplicaciones posibles nos llevan a potenciar esta sociedad del espectáculo en que el espacio más íntimo y privado, el hogar se encuentra cada vez más interconectado de manera virtual? Parece que es un proceso irreversible, que no podemos controlar, que nos lleva como un rebaño que no tiene la posibilidad de rebelarse.
Pero también hemos vuelto a la cueva, al nido, al origen. Hace tiempo que la sociedad dejó de disfrutar de las relaciones familiares en la casa, la sociedad del espectáculo las había externalizado, hay que ir a un pub, un restaurant, un camping, la playa, un paseo, en fin todo aquello que se pueda publicar en las redes sociales y al mismo tiempo comentar con todas las excepcionalidades posibles a los amigos y demás familiares. Hemos vuelto a la casa y también a las labores hogareñas, más de alguno ha hecho su cama y el aseo y con ello valorando todo el trabajo que han cargado las mujeres en una sociedad que se rebela por los más variados mecanismos a instalar definitivamente la igualdad de género. Cuántos hemos querido entrar a la cocina (a lo mejor también una consecuencia en el hogar del boom de los reality de comidas), pero tratando de aprender de la mamá, recopilando las recetas de la abuela, permitiendo que los lazos que antiguamente establecían el vínculo entre las generaciones se valoren y no se menosprecien en función de la novedad.
Más de alguno ha buscado en los espacios más olvidados de la casa un álbum de fotos (que antiguo) y repasado relatos de la historia familiar. Ahí están los desafíos, los dolores y afectos, los éxitos y los fracasos, en fin la vida misma con sus luces y sus sombras. Otros han rescatado un libro, que seguramente ya habían leído (los más actuales comprarán uno nuevo por internet) y descubrirán el valor de releerlo. Es el mismo libro, pero nosotros somos distintos, con más años, más experiencias, más fracasos, mas certezas y más dudas (todo es acumulativo en la vida), pero para bien o para mal, ese libro dejará una sensación distinta, habrá una nueva lectura y nos conectará con emociones y situaciones que habíamos dejado en un baúl olvidado de nuestra memoria. Un Long Play, un Cassete, el Betamax, parecen nombres de empresas trasnacionales o cadenas de televisión digital, pero ahí hay imágenes, sonidos que alimentan un alma y un espíritu que habíamos tenido durante mucho tiempo en ayuna para alimentar lo cotidiano, la contingencia, nuestros deseos (dejaron de importar los demás) y los afanes más instalados de una sociedad materialista. Pero en esas imágenes y sonidos están nuestros familiares, incluso los que ya partieron, nuestros amigos, los sueños de juventud, nuestras almas revolucionarias que terminaron estacionándose en el subterráneo de un mall.
Volver al nido, la cueva milenaria segura, es también volver a la familia, las raíces, los recuerdos, ahí donde buscamos las fuerzas en los momentos de debilidad, el mismo lugar que menospreciamos durante años, las mismas personas que dejamos de reconocer, los sentimientos que perdieron actualidad, las enseñanzas que nos negamos a vivenciar. Hoy adquieren más sentido y significado que nunca, hoy la debacle del mundo que hemos construido se ve destrozada por un virus. Hoy, más que nunca, debemos recordar e instalar lo importante, ser respetuosos del tiempo, de los que han vivido, de los que nos quieren para bien, de aquello y aquellos que durante mucho tiempo olvidamos en un rincón de la casa, ése que la Pandemia de coronavirus nos obligó a escudriñar.