“Del zôon politikon al zôon koinonikon”
Se ha convertido en un lugar común escuchar con mucho ahínco a nivel nacional por todos los medios de comunicación y en nuestra vida cotidiana, acusaciones de este calibre: ¡Eres una persona cínica!, ¡Vaya, que político tan cínico!, ¡El presidente es un cínico!
Es una simple designación de un lenguaje vulgar que no tiene nada que ver con el cínico griego del siglo V. A. E. Ellos no tenían nada que ver con lo falso, con la hipocresía, oportunismo, ni con el descaro. No tienen nada que ver con el engaño.
Los políticos de turno, sean de derecha, centro e izquierda, de extrema derecha o de extrema izquierda, no son cínicos, sino descarados, amparan el engaño; a menudo son locuaces en las plazas públicas; no les da pena mentir, tienen la soberbia de un mafioso.
“Este cínico vulgar es demagogo en su discurso, humanista, hecho a medida del deseo. Invocan la felicidad, la perfección, el paraíso. La escatología política es religiosa: siempre apunta a la restauración de un Edén perdido o la realización de un ideal por venir. El juego consiste en desmerecer la vulgaridad del presente en nombre de un hipotético futuro. Este “cínico político” supone recurrir excesivamente a la moralidad del mañana para ocultar mejor la inmoralidad del presente…” Michael Onfray (2005) Cinismo.
En una sociedad en crisis en todas sus latitudes es donde los filósofos cínicos se convierten en hombres rebeldes como lo hicieron en la sociedad decadente que les tocó vivir a pesar de los síntomas de la decadencia, la vida espiritual continuó, los misterios en especial los de Eleusis, florecieron; el orfismo llegó a ser casi una religión nacional. Dioses foráneos, importados de Egipto y de Asia; fueron mejor acogidos que antes. Se quebró la unidad nacional. El filósofo Platón nos cuenta esta crisis en su carta VII. Trató de presentar una propuesta utópica en la Republica, con un denodado e idealista empeño por salvar la ciudad y volvió a reiterarlo con un margen de mayor compromiso en su obra de vejez: Las Leyes. Aristóteles estudió las constituciones de todo el mundo para realizar una. En su política nos ofrece un análisis de la problemática en torno a la polis. Para ambos pensadores la vida feliz y digna ha de realizarse en el marco cívico, en la cooperación, para lograr una ciudad mejor. El filósofo debe estar al servicio de la comunidad, aunque esto le pueda acarrear la amenaza de muerte, como le ocurre al sabio cuando sale de la caverna o el exilio forzado, como lo tuvo que enfrentar Aristóteles.
Zôon Koinonikon
En cambio para los filósofos del helenismo, el ideal del sabio no tiene ya destino cívico, sino apolítico, lo que se expresa a veces de un modo radical, como lo hacen los cínicos.
La característica es que ahora se piensa en un individuo que puede vivir al margen de la colectividad cívica y ser feliz, algo imposible para Aristóteles, pues él pensaba que eso solo era posible entre las bestias o en un dios. Ya no será el hombre un Zôon Politikon. Sino un Zôon Koinonikon porque la koinonia o comunidad en la que el filósofo helenístico se siente integrado, ya no es la de una polis concreta, sino la del amplio mundo, y el sabio es un cosmopolita, sus deberes no son ya los cívicos de tal o cual estado, sino los de todo ser humano, miembro de una ciudad sin fronteras, sin clases, ni compromisos de grupo. (Consultar a Carlos García Gual, En La Filosofía Helenística).
Ahora la filosofía toma unos tintes religiosos, con una radicalidad agresiva, ya que se sustenta en el rechazo de lo tradicional por entero. La falta de fe en los valores de la sociedad en que vive, hace del filósofo predicador de otra verdad, subversivo, contestatario, aunque pacifico. Por eso, el tipo ideal ya no es el investigador, sino el sophos libre, autárquico y feliz. Puede llevar consigo sus bienes y todo el mundo le sirve de morada.
Pero entonces ¿Qué pretendieron? ¿Cuáles eran sus ideales de vida? Eran predicadores callejeros, unidos por una doctrina sencilla: rechazo a las convenciones de la cultura y la urbanidad, vuelta a lo natural, admitiendo como valores fundamentales la libertad de acción y de palabra, la virtud individual, el esfuerzo y la austeridad; insistencia en la autosuficiencia del individuo para la subsistencia y la felicidad. Eran rebeldes, más que revolucionarios, practicaban la libertad radical del individuo, que no debe someterse a otras normas que a la de su propia naturaleza. En eso consiste la virtud del cínico, que no conoce otra patria natural que el mundo entero, ni otras leyes válidas que las de la naturaleza y no aceptaron ni a los dioses ni a las instituciones consagradas por la comunidad. Fue una doctrina especialmente cercana a las clases populares. Sus principales representantes fueron de origen humilde. Por ejemplo: Antístenes fue hijo de un ciudadano ateniense con una esclava. Diógenes era un exiliado, a quien se le excusaba de falsificador de monedas de su localidad. Crates al abrazar al cinismo, abandonó toda su fortuna. Todo lo llevaban consigo en su mochila, Vivían en cualquier parte, se alimentaban con muy poco, gozaba de la existencia soberbiamente y sabían burlarse del desasosiego irracional de los demás. Heredaron el ideal socrático de buscar ante todo la virtud, de someterlo todo a critica, de esforzarse por la conquista de la autosuficiencia mediante el ascetismo y el autodominio, despreciando los falsos valores de una sociedad alienante; y lo proclamaban con una escandalosa radicalidad, sin ningún compromiso: portadores de una ética autárquica.
– Si no fuera Alejandro, sería Diógenes
“Famoso fue el encuentro entre Diógenes y Alejandro El grande, el alumno de Aristóteles, que fue elegido jefe de la expedición contra Persia en la asamblea general que los Griegos celebraron en el istmo de Corinto a felicitarlo, pero no así Diógenes, que aun cuando vivía en Corinto no se preocupó en absoluto por la presencia del rey. Alejandro de Macedonia fue en persona a verlo y lo encontró tomando el sol, tumbado perezosamente de espaldas. Diógenes se levantó cuando advirtió la gran cantidad de gente que venía hacia él, y fijó su mirada en Alejandro. Y cuando el monarca se dirigió a él, saludándolo y preguntando si deseaba algo: si, le dijo Diógenes, apártate un poco de mí, no me quites el sol”. Geor, Sarton. (1965). Historia de la Ciencias. Tomo II. Pág. 606.
Alejandro quedó tan impresionado y admiró tanto la arrogancia y grandeza de aquel hombre, que no había tenido para con él sino desprecio, que dijo a sus compañeros que se habían reunido y morfaban del filósofo mientras se alejaban. “En verdad, si no fuera Alejandro, seria Diógenes”. Ésta es quizás la anécdota más conocida referida a un filósofo de la antigüedad clásica y no sin razón. Demuestra a un espíritu insobornable, soberano libre, sabio y poderoso. Aquí el intelectual se emancipa del político. Aquí el sabio no es un cómplice del poderoso, sino que le da la espalda al subjetivo principio del poder, a la ambición y al deseo de figurar. Es el primero suficientemente libre para decir la verdad al príncipe. La respuesta de Diógenes no niega solo el deseo de poder, sino también, y sobre todo, el poder del deseo. El saber no tiene por qué arrodillarse ante el poder. Diógenes desempeña el papel de médico de la sociedad que está enferma. Sus pensamientos se han entendido como veneno o como medio terapéutico. Allí donde aparece el pensador como terapeuta, atrae sobre si innegablemente el rechazo de aquellos que no aceptan su ayuda; es más, incluso lo denuncian como agitador, o lo asesinan.
El cinismo no tiene nada que ver con nuestros politiqueros que se han convertido en corruptos de una sociedad en crisis.