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Del fútbol a la literatura

Wilmer no puede olvidar que fue un reconocido futbolista samario, seleccionado varias veces. Back central “de calidad” como aseguran todavía sus fanáticos. Por eso, desde que empecé a leer la novela deduje que él había iniciado el mejor partido de su vida literaria y sería la mejor jugada en el campo de la literatura. Recuerdo que en una tertulia en mi casa, en Santa Marta, nos contó el germen de esa novela.

Es increíble, hoy la novela es una realidad. Yo digo que se puso la camiseta, se fue a investigar, a documentarse sobre los distintos hechos que él había vivido en su piel. Tal vez, mientras escribía, se ponía a jugar con las palabras y también con los protagonistas para formar el equipo en el que se destacan: Héctor, Laura Victoria, Carmen, don Isidro. Además, hay otros jugadores de carne y hueso que han dejado huella en la historia como Jaime Bateman, Andrés Almarales, Carlos Toledo Plata, Álvaro Fayad, Uriel Ramírez, Antonio Navarro Wolf, el M-19, el ELN, y otros, entre representantes estudiantiles y obreros.

Imagino a Wilmer organizando la trama de ese juego, porque la literatura es un juego, no sólo para mencionar aquellas personas que en el gramado verde del estadio que es Colombia, aportaron sus ideas a estas nuevas generaciones quienes ahora ven desde las gradas las luchas partidistas y no entienden ni saben distinguir entre un guerrillero, un paramilitar y un narcotraficante. Creo que en ese sentido la obra de Wilmer juega un papel de reafirmación, de resignificación y de exaltación a aquellos hombres que también dieron su vida para que se respetaran los derechos humanos.

También en el texto persevera un sentido crítico, burlesco e irónico como si fueran tiros desde el punto penal, por ejemplo: “Me declaro machista leninista”, “Tomar Coca-Cola hace imbatibles a los yanquis”, “Tirar por fuera de las compañeras es contrarrevolucionario”, “! Existo o me excito, he ahí el vacilón ¡”, “Colombia dura años para llegar al arco contrario, siempre ha tenido como táctica las tres velocidades del burro: ¡quieto, parado y de pie!

La novela muestra varios propósitos: Nunca olvidar a esos jugadores de la Paz, luchadores a favor del pueblo. Recordar que nuestra memoria no sea de gallina, que no se olvide la historia no oficial, al contrario, que se mantenga viva la memoria de esos hombres que han derramado la sangre por la dignidad y el bienestar del pueblo colombiano.

Novela de 367 páginas en la que se encierra toda una época violenta, convulsiva, revolucionaria, de lucha ideológica, de formación de grupos de izquierda cuyo ideal era tomarse el poder por medio de las armas. Dividida en capítulos interesantes como: General, ¿dónde dejaste el uniforme? Los tejedores de sueños. Japón de Suramérica: ¡espejo de Haití! César, ¿estatua o estatuto? Delirio en el palacio y la última faena.

Interpreto que todas las acciones narradas, descritas y argumentadas, fueron aderezadas con anécdotas y con música –sobre todo- con el género musical de la salsa el cual tuvo su auge en esos años en los que se creía –casi a ciegas- que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. En la tertulia (con la asistencia de muchos amigos) realizada en la librería Amanuense, en Santa Marta, sobre su novela, Wilmer revela que “como los sucesos narrados llevaban tanta violencia, yo no quería ver sangre por ningún lado dentro de la novela y, por esa razón, intenté que el lenguaje fuera apaciguador con tintes poéticos. Por ello, leí igual que un endemoniado mucha, mucha, poesía, no sé si lo logré”.

En ese sentido, el lenguaje poético se materializa en las personificaciones, en las metaforizaciones que saltan a la cancha. Para ello, Wilmer nos regala estas: el gorgojo de la esperanza, el portón de los recuerdos, la sopa de la reforma, enderezar el cerrero camino, látigos de ternura, un sol mentiroso, la acera de la desobediencia.

La novela es real. Es históricamente cierta pero tiene sus meandros de ficción. Quizás para estas generaciones que se están levantando ignoran que hace varias décadas hubo un puñado de hombres y mujeres que se atrevió a jugarse el todo por el todo contra el sistema, que tomaron conciencia y decidieron luchar por sus ideales. La pluma de Wilmer ha hecho ese trabajo arduo pero agradable. La novela tiene su validez porque deja constancia “con pelos y señales” cómo se desarrolló la izquierda en esa etapa de la historia de Colombia, cómo le “robaron” las elecciones a la Anapo, lo ocurrido en el Cantón Norte, la Embajada Dominicana, la embarcación El Karina en donde transportaban armas, cómo se formaron algunos partidos de izquierda, cómo las universidades y los movimientos estudiantiles jugaron un papel de empuje, de desarrollo intelectual para este país que nadaba en las aguas del conservatismo, del liberalismo a medias y de una iglesia totalmente defensora de los ricos.

La obra señala esos momentos convulsivos: huelgas estudiantiles, levantamiento de obreros, toma de tierras pero, en medio de todo ese enjambre, aparece el amor, el sexo con sus historias entretejidas que le dan a la novela un aire despolitizado y menos violento.

Con esta novela entendí hasta qué punto para toda la generación de los años setenta la izquierda jugó un partido en el que había que patear para adelante, jugar, pelear para cambiar y transformar las conciencias, las normas, el establecimiento.

Para Wilmer este partido literario puede ser su mayor tristeza y su mayor alegría.

Lo importante es que así como rueda el balón en la cancha, de la misma manera el escritor y profesor Wilmer Daza Bohórquez ha puesto a rodar el balón de la otra historia, la historia nuestra, caballero, la de los obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales para que nadie la olvide, para que todos se enteren de quiénes también han contribuido al desarrollo ideológico en este país. Para desempolvar recuerdos. Para empezar a llorar. Para gritar el gol de la victoria que simboliza la novela ESPEJO DE LA MEMORIA jugada por Wilmer Daza más de noventa minutos frente a su computador, en la noche bogotana que intentaba cerrar sus ojos bajo el lento caminar de la luna.

 

 

Noviembre 30 de 2016

Santa Marta, cerca del mar.