Share:

¿Con o sin democracia?

Nos resultaría muy interesante discutir sobre las consecuencias que los períodos de crisis, los momentos  convulsos que la humanidad ha vivido a lo largo de la historia y cómo se han escriturado.  Sería bueno preguntarnos si nos gusta vivir en períodos de  crisis, más allá del discurso inspirador de que son momentos de oportunidades,  creo, con muchas posibilidades de equivocarme, que para la mayoría la respuesta sería negativa.

Es verdad que las más grandes transformaciones en la historia de la humanidad son hijas de una crisis y que en sus derroteros vivieron variadas experiencias negativas, muy recriminables y hasta despreciables ( que también son un espacio para la conciencia), pero la historia, en el largo plazo, demuestra que muchos de los grandes logros que hemos relatado han sido fruto de esos momentos límites que se elevan como verdaderos hitos que la conciencia colectiva ha instalado desde las más variadas disciplinas, la ciencia, el arte, la literatura, en fin, todos aquellos grandes logros que son fruto del humus cultural de una época y que, para reconstruir ése pasado, aportan a la disciplina histórica fundamentos que son fundamentales. Vuelvo a reinstalar aquí algo que me parece fundamental y que al mismo tiempo puede ser liberador para el historiador, no podemos encargar exclusivamente a la historia la construcción y el revisionismo del pasado.

Hoy vivimos un momento de crisis que, a diferencia de otras que ha vivido la humanidad, presenta una condición de globalidad sin precedentes en la historia. Las crisis más globales estudiadas hasta ahora eran las de carácter civilizacional, recuerdo a Spengler, a Toynbee los que desde fines del siglo XIX y comienzos del XX marcaron un derrotero al respecto sentando las bases de una nueva y novedosa aproximación a la secuencia de determinados acontecimientos históricos dentro de una civilización, que permitían cierto nivel de predicción , que podría llevarnos a tomar anticipadamente medidas necesarias o, en casos más fatalistas, a ser testigos de algo ineludible. Más recientemente Samuel Huntington, ya no con una finalidad predictiva, sino más bien explicativa del orden mundial, revive el análisis civilizacional para comprender los fenómenos geopolíticos del mundo de la post Guerra Fría.

La crisis provocada por el coronavirus rebasa ampliamente el ámbito civilizacional, y no porque las crisis anteriores que, naciendo al interior de una de ellas no haya impactado en sus contemporáneas, la diferencia está en que no son experiencias producto de las consecuencias. La realidad  actual nos dice que al interior de cada civilización se vive directamente la crisis, que en cada una de ellas puede presentar sus propias particularidades definidas por sus distintivas realidades (incluso a nivel intracivilizacional) y que se expresan de manera médico-sanitaria, en la explosión de las muchas variantes del virus.

A ninguno de nosotros nos ha gustado la experiencia traumática que hemos vivido, nadie habría elegido vivirla, pero como todas las crisis y más allá de la negativa cotidianeidad que muchas veces nos sumerge, ¿qué debería preocuparnos en la historia larga de esta crisis? Me hice esta pregunta escuchando a un seudo comunicador radial de Chile decir que, a la luz de las consecuencias de la pandemia del coronavirus, el mejor modelo de organización era el de China, autoritario en lo político y capitalista en lo económico. Me saltaron las alarmas ya que el censor histórico me recordó la situación vivida en Europa pos Crisis Económica de 1929, en donde nacientes sistemas democráticos instalados después de la Primera Guerra Mundial no fueron capaces de subsistir y cayeron en formas de organización de deleznable y triste memoria. Aquello demostró, muy comprensible para la época, la falta de una cultura democrática que se refleja en la búsqueda de soluciones para los urgentes problemas que nos aquejan fuera de dicho sistema.

La situación resulta, a la luz del análisis histórico, en cierta medida comprensible para el mundo europeo de entreguerras. Como dice Francis Fukuyama, la democracia no era la forma de gobierno más extendida para la época. Entre las consecuencias positivas de la terrible primera Guerra Mundial, podríamos reconocer un efímero proceso de democratización en la Europa de la época. El politólogo estadounidense entrega un detallado análisis de la realidad democrática del siglo XX y llega a la conclusión de que recién, desde finales de la década de 1980, la democracia se consolida y se globaliza.

Lo anterior también queda documentado, desde una perspectiva diferente, por Samuel Huntington, quién define situaciones de avance y retroceso del sistema democrático en el mismo siglo. En su libro, “El Choque de Civilizaciones”, define al menos tres oleadas democratizadoras: la primera después de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa; la segunda en los 15 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con la derrota de los fascismos y el fenómeno de la Descolonización que llevó, en el mismo período, a un 50% de la población del planeta a dejar de depender de un imperio colonial decimonónico; y por último, la oleada que se iniciaría en la segunda mitad de la década de 1970 con la caída de longevas dictaduras en España y Portugal, siguiendo con las de América Latina en la década de 1980 y con el derrumbamiento de la URSS hacia fines del mismo período,  que facilitaría los procesos de democratización de las repúblicas de la Europa del Este.

Cada oleada democratizadora está antecedida por una de involución en que delicadas circunstancias históricas explican la retirada del modelo, muchas de ellas asociadas a momentos convulsos que cuestionaron los logros de una democracia que, por evolución se complejiza. Ya he planteado en columnas anteriores que la democracia ha evolucionado desde las responsabilidades casi exclusivamente políticas relacionadas con garantizar los derechos, libertades cívicas y el orden político hasta hacerla necesariamente responsable de aspectos sociales, económicos y culturales asociados a, como diría Amartya Sen, una “buena Vida”.

Hoy vivimos un momento en que las condiciones sociales y económicas, presionan hacia más intensas responsabilidades de la democracia, sin disponer de los tiempos que muchas veces el debate democrático necesita. Es por ello que debemos tener conciencia de que, en especial para aquellos que valoramos la democracia, estamos viviendo una época difícil en que no son sólo los líderes carismáticos del fascismo los que cuestionan los logros del sistema, sino que también de determinados sectores del mundo intelectual, artístico, de las comunicaciones y del mundo político que intermedia, azuza y manipula.

Esta última reflexión nace de haber leído los planteamientos de la historiadora Anne Applebaum en su último libro, “El ocaso de la democracia” en donde plantea dos futuros posibles, uno malo y uno bueno. Este último se fundamentaría el la posibilidad de que el coronavirus, como experiencia límite global, inspire un nuevo sentimiento de solidaridad planetario, que renueve y modernice nuestras instituciones y que favorezcas a nivel global, espacios más cooperativos que de competencia. Al mismo tiempo nos plantea que  “… la realidad de la enfermedad y la muerte enseñen a la gente a recelar de los charlatanes, los mentirosos y los expertos en desinformación”.

El futuro malo que describe Applebaum, que tiene mucha más relevancia en términos de lo planteado por esta columna, nos alerta de que es posible que estemos viviendo el ocaso del sistema democrático, “ ya nuestra civilización se encamine hacia la anarquía o la tiranía”. Que el discurso autoritario, con cosmovisiones nacidas del resentimiento y la ira, en donde las nuevas tecnologías de la información renieguen la importancia de los consensos, dividiendo, polarizando favoreciendo espacios de violencia de triste recuerdo en la historia de la primera mitad del siglo XX.

La realidad que construye la historiadora estadounidense nos habla de que ambos futuros son posibles, que más allá de las visiones que buscan instalar derrotas o triunfos definitivos de tal o cuál sistema, ninguna victoria política es permanente, nada garantiza su perdurabilidad. Más allá de la postura ideológica de Applebaum, lo relevante es que su relato es historia pura, aquella que nos busca alertar de que lo que hacemos o dejamos de hacer no es inocuo, que en la vida todo tiene consecuencias y que la fuerza vital con la que el hombre puede reaccionar es tremendamente transformadora. Es un ejercicio interesante que, nutrido de la experiencia histórica e instalados en un momento convulso, nos increpa a sentirnos actores de nuestro propio destino…la disyuntiva…. ¿con o sin democracia?