Chile, “el papel” ya no está “en blanco”
La noche larga, que se extendió hasta la madrugada del 15 de noviembre de 2019, significó para muchos la excepción institucional que permitió salvar al gobierno de Sebastián Piñera de una caída inminente debido a los acontecimientos que se había iniciado el 18 de octubre anterior.
El acuerdo demostraba dos aspectos que eran fundamentales, que la organización de la sociedad civil ante las estructuras de una sociedad desigual y abiertamente discriminadora reventó de la forma menos esperada para muchos y, una muestra más de que los sistemas presidencialistas, de tanta vigencia en América Latina, no cuentan con instancias institucionales para resolver momentos de crisis, algo que debe tomarse en cuenta para un región, que según Eric Hobsbawm, es de las más dinámicas en aspectos sociales y económicos desde la segunda mitad del siglo XX.
Ese acuerdo fue el mecanismo, muy a regañadientes por lo demás en los líderes de la derecha chilena, y de manera muy excepcional, para favorecer que la institucionalidad, que hacía tiempo no daba el ancho y no respondía a las reivindicaciones ciudadanas, no fuera avasallada por las fuerzas sociales.
El impacto fue potente, el presidente llegó a hablar de una guerra en Chile y los grupos más reaccionarios, aquellos que siempre negaron las reivindicaciones pendientes, tuvieron que vestirse del ropaje transformador que la presión de los acontecimientos demandaba. Sus caras en aquel momento, como sus actuaciones posteriores, levantando la voz del rechazo a una nueva constitución, demostraban que no era el escenario que les acomodaba, pero la fuerza de los acontecimientos les impelía a actuar de una manera a la que se habían negado durante décadas. Un poco de conciencia histórica se requiere en dicho sector.
Lo más relevante de dicho acuerdo es que permitió generar un mecanismo para favorecer un proceso de reforma constitucional, siempre y cuando la ciudadanía, a través del voto, así lo refrendara. Los dos aspectos más relevantes para el caso de esta columna tenían relación en que, de aprobarse en el plebiscito la necesidad de una nueva constitución y el mecanismo respectivo, se partiría de una “hoja en blanco”, es decir, no se tomaría en cuenta la actual constitución y que cualquier norma que buscará instalarse en la nueva propuesta constitucional debía aprobarse por un quórum de dos tercios de la Convención.
Sin duda que en ellos podríamos sintetizar los sistemas de pesos y contrapesos, las tendencias políticas y los mecanismos facilitadores como obstruccionistas al nuevo proceso, en definitiva las fuerzas refundacionales, o reformistas como les gusta llamarlas a algunos, y las fuerzas reaccionarias. El escenario estaba dispuesto, resultaba interesante como los más variados sectores se moverían en el tablero limitado por estas tendencias.
Se verificó el plebiscito y la elección cien por ciento ciudadana de los convencionales, con cupos reservados para los pueblos originarios y con paridad de género, toda una novedad para Chile y, por qué no decirlo, para el mundo. En ambas convocatorias ciudadanas el triunfo de las fuerzas refundacionales resultó aplastante e incluso llegó a incomodar a sectores políticos concertacionistas, es decir, la centro izquierda chilena, que veían con temor y también con un alto nivel de responsabilidad, procesos políticos, institucionales, sociales y económicos que se verificaban con una vertiginosidad de la que no estaban acostumbrados, más bien partidarios de la famosa frase del ex presidente Ricardo Lagos, “…dejemos que las instituciones funcionen”, pero que en la práctica implicaba la elitización de la política, el desprecio por las demandas ciudadanas y una alta desconexión con los dramas que la ciudadanía sufría y acumulaba.
Desde este lunes 14 de febrero nos encontramos a quince meses de aquél 15 de noviembre de 2019, el derrotero se ha desarrollado, las etapas se han ido cumpliendo, después de los actos electorales, de la instalación de la convención, de los preocupaciones por el funcionamiento y orgánica de la misma, desde los espacios de iniciativas de normas ciudadanas, del trabajo de la comisiones, se inició la etapa de plenarios en la que podemos ir escribiendo, a grandes rasgos aún, el “papel en blanco” acordado aquel 15 de noviembre.
Sin duda que una semana relevante para la historia de Chile, pero también para que se asuman posiciones con respecto a los acontecimientos que se decantan, no ya desde las suposiciones, sino que directamente de los acuerdos que se han aprobado, y por dos tercios, o rechazado en la Convención Constitucional. Con respecto a ellos quiero destacar a tres sectores en especial, aunque sin duda que el arcoíris es mucho más amplio.
La derecha, que no alcanzo, después de que un amplio sector se planteara por el rechazo a la nueva constitución, el tercio obstruccionista necesario en los convencionales constituyentes, se vio en la obligación de cambiar dramáticamente su discurso ante la cruda realidad del proceso electoral, el “papel en blanco” tenía muchas más opciones de escribirse de acuerdo a las reivindicaciones sociales. Hoy reclaman que sus propuestas han sido rechazadas en un setenta y cinco por ciento (incluso es un porcentaje un poco inferior a lo que eligió la ciudadanía en términos del apruebo y rechazo y de convencionales) y que, a la luz del contenido de las propuestas, se parecen mucho a los enunciados de la actual carta constitucional, es decir, mantener el centralismo, presidencialismo acentuado, desconocer la emergencia de los derechos sociales y económicos, sentirse a disgustos con las minorías que han hecho presión por sus reivindicaciones, en fin.
La derrota, en segunda vuelta, del candidato de esta derecha, José Antonio Kast, dejó con menos piso al sector, que parece ser más un espectador que un protagonista del proceso, situación que sin duda les incomoda ya que, la institucionalidad que defienden, que heredaron de la dictadura, les había permitido por un largo tiempo, a pesar de ser minoría, manejar, controlar y a cuenta gotas generar los cambios que no afectaran dramáticamente los privilegios instalados.
Este sector, con una amnesia histórica tremenda, acusan el carácter refundacional del proceso que se inicia en Chile, pero olvidan que fueron cómplices de un proceso refundacional en un marco dictatorial que instaló una institucionalidad que, con reformas más que controladas, ha gobernado al país por más de cuarenta años. No reparan que se está instalando un proceso refundacional que difiere jurídica y éticamente al que ellos apoyaron, rasgan vestiduras por la exclusión, cuando ellos excluyeron durante tanto tiempo y se autoexcluyeron del actual proceso al optar por el rechazo. El discurso aguanta para todo, visten y se desvisten de ropajes diversos, argumentan de acuerdo a las circunstancias, persiguen y defiende puntos de vistas, se victimizan dentro de un proceso que, en la mayoría del sector, nunca quisieron.
Por otro lado está el grupo de los ex concertacionistas, que tampoco representan una fuerza muy importante en la convención. La Democracia Cristiana y el Partido Por la Democracia, tienen una representación marginal que, en la práctica, se ha alineado con los cambios y las reformas. Por su parte el Partido Socialista, con una mejor representación y con su real incorporación al gobierno de Gabriel Boric, ha sintonizado con los sectores de la izquierda más dura y con los colectivos sociales ampliamente representados en la constituyente y ha concurrido con su voto para aprobar normas generales que apuntan a principios refundacionales de la institucionalidad en Chile. Sin duda que la propuesta del Presidente Electo, Gabriel Boric, de ampliar la base política de su gobierno, ha beneficiado a estos sectores en el proceso constituyente.
Durante esta semana ha emergido un nuevo referente político, se hacen llamar “los amarillos”, liderados por Cristian Warnken, que miran con temor el proceso “extremista” iniciado por la Constitución. Se reconocen como parte de aquel sector que no siempre se expresa, que a sido invisibilizado o se autoinvisibiliza pero que, dadas las actuales circunstancias, siente el deber de levantar la voz para expresar sus sinceras preocupaciones. Lo integran intelectuales, ex ministros de Estado, en su mayoría de los gobiernos concertacionistas, ex rectores de universidades estatales, parientes de ex presidentes de la República, líderes, en retirada, de importantes partidos políticos de centro, en fin. Llama la atención que este grupo desconozca el poder que ha tenido durante años para plantearse sobre los temas que hoy los sobrecogen, que disfrutaron granjerías y prebendas, que dispusieron de canales de opinión que a muchos se les negaron, que con suerte expresaron timoratas demandas a una institucionalidad que reconocían no funcionaba bien para un amplio sector y que la movida de piso los tiene muy intranquilos, a la luz de lo que pueden perder y no de lo que Chile puede perder o ganar.
Además, hablan desde esa intelectualidad que se pone por encima del sentir popular y que hasta lo desprecia, que llama a cuidar la institucionalidad por sobre la necesidad de resolver las demandas sociales, que más bien posterga y que no aporta en esperanzas, que se plantea, para muchos que pueden hacer una segunda y más profunda lectura, en términos más reaccionarios que reformistas. Este sector también requiere de hacer un mea culpa, han gozado de funciones relevantes, de espacios de opinión significativos, han sido o pretendido ser referentes intelectuales, sociales, económicos, políticos o culturales por un largo período de la historia reciente y más allá de timoratas críticas a una institucionalidad que perpetuaba la discriminación y la desigualdad, poco o nada hicieron desde sus espacios de poder. Falta partir por una seria autocrítica, ya que como decía Huidobro, “sólo viendo sangrar la herida podremos hombres y no hombrinos”.
El “papel en blanco” avanza en normas identitarias que buscan mostrar una nueva cara de Chile, una cara más cercana a la realidad del país, más inclusiva y que tenga la virtud de reconocer importantes anhelos y postergaciones: justicia indígena, plurinacionalismo, interculturalidad, perspectiva de género en la función jurisdiccional y un Estado regional ya han sido aprobadas por la mayoría de dos tercios del pleno de la convención. Temáticas referidas a la conformación de los poderes del Estado, los derechos Fundamentales serán igual de significativas. Sin duda que se está en la etapa de principios y es relevante seguir los debates en términos de la orgánica que exprese la forma en que éstos se materializarán.
Hay muchas discusiones que elevarán estos días de la Historia de Chile, a la mejor clase de Formación Ciudadana de nuestra Historia y como en cualquiera de ella, el rol de los alumnos (cada uno de nosotros) motivamos e interesados como nos corresponde, resulta ser fundamental para generar los insumos adecuados que nos lleven a expresarnos, informadamente sobre nuestra futura carta constitucional, a través del apruebo o el rechazo, ya que el proceso constitucional descansa en la más intensa legitimidad que se haya vivido en la historia de Chile