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Cerrar la brecha entre planeación y ejecución

El desafío del Gobierno nacional con el Caribe colombiano

 

Quienes hemos dedicado años a estudiar la planeación territorial y el desarrollo urbano en el Caribe colombiano conocemos bien una paradoja que se repite de gobierno en gobierno: sabemos cuáles son los proyectos estratégicos que necesita la región, contamos con estudios, diagnósticos y hojas de ruta, pero seguimos teniendo enormes dificultades para convertir esas ideas en obras concretas.

El problema no es la ausencia de planeación. Por el contrario, pocas regiones del país han reflexionado tanto sobre sus necesidades logísticas, portuarias y de conectividad como el Caribe colombiano. El verdadero desafío ha sido la capacidad de ejecución y la continuidad institucional necesarias para transformar los proyectos en realidades que impacten la vida de las personas.

Durante el actual gobierno nacional, varios proyectos considerados estratégicos para el desarrollo regional avanzaron en estudios, procesos de concertación y fases preliminares de estructuración. Sin embargo, las iniciativas con mayor capacidad transformadora no lograron alcanzar etapas definitivas de ejecución, manteniendo abierta una brecha histórica entre la planeación y los resultados.

El caso del Tren Regional Caribe es quizás uno de los más ilustrativos. La integración ferroviaria entre Barranquilla, Cartagena y Santa Marta no representa únicamente una mejora en la movilidad. Significa la posibilidad de consolidar un corredor económico regional capaz de reducir costos logísticos, fortalecer el turismo, mejorar la competitividad empresarial y avanzar hacia una verdadera integración metropolitana del Caribe. No obstante, una vez más, el proyecto permanece en fases preliminares.

Algo similar ocurre con la necesidad de fortalecer la conectividad sobre el río Magdalena. El crecimiento económico y demográfico de los departamentos del Atlántico y Magdalena exige una infraestructura acorde con las nuevas dinámicas regionales. En este sentido, aunque el “Puente de la Hermandad”, conexión estratégica entre Salamina (Magdalena) y Puerto Giraldo (Atlántico), fue incorporado al Plan Nacional de Desarrollo 2022–2026, ni siquiera avanzó a la fase de estudios y diseños y al igual que otras iniciativas estratégicas para el Caribe, no ha logrado traducirse en una obra ejecutada, manteniendo la dependencia de los cruces existentes y frenando la integración logística del Caribe interior.

La situación del puerto de aguas profundas también merece atención. Durante décadas se ha reconocido el enorme potencial de la región para consolidarse como una plataforma logística de alcance internacional. La ubicación privilegiada del Caribe colombiano frente a los principales corredores marítimos del continente constituye una ventaja competitiva excepcional. Sin embargo, el país continúa aplazando decisiones estratégicas que permitirían aprovechar plenamente esa condición geográfica.

Las Asociaciones Público-Privadas relacionadas con el río Magdalena y el Canal del Dique muestran que sí es posible avanzar en procesos de estructuración complejos. No obstante, la experiencia también evidencia una dificultad recurrente en Colombia: los avances institucionales no siempre logran traducirse en obras terminadas dentro de los tiempos esperados. Mientras tanto, permanecen pendientes desafíos relacionados con la navegabilidad, la gestión del riesgo, la recuperación ambiental y la competitividad logística.

A ello se suman necesidades que, desde Barranquilla, observamos con creciente preocupación. El aeropuerto Ernesto Cortissoz, pese a las inversiones recientes, enfrenta limitaciones frente al dinamismo económico y poblacional de una ciudad que aspira a consolidarse como centro de servicios, negocios y conectividad internacional. De igual forma, la definición sobre el futuro del antiguo puente Pumarejo continúa siendo una asignatura pendiente dentro de una visión integral de ordenamiento y aprovechamiento del río.

Las consecuencias de estos retrasos trascienden la infraestructura misma. Cada proyecto aplazado representa empleos que no se generan, inversiones que no llegan, oportunidades logísticas que se pierden y brechas territoriales que permanecen abiertas. La infraestructura no es un fin en sí mismo; es una herramienta para ampliar oportunidades, conectar territorios y mejorar la calidad de vida de millones de ciudadanos.

Por supuesto, sería simplista atribuir estas dificultades exclusivamente a un gobierno o a una administración específica. La ejecución de grandes proyectos enfrenta restricciones presupuestales, desafíos ambientales, complejidades institucionales y cambios permanentes en las prioridades públicas. Sin embargo, tampoco podemos normalizar que los proyectos estratégicos del Caribe transiten durante décadas entre diagnósticos, anuncios y estudios sin alcanzar niveles satisfactorios de materialización.

El reto para el próximo gobierno nacional, así como para los liderazgos regionales y locales, consiste precisamente en cerrar esa brecha. El Caribe necesita una agenda de largo plazo que trascienda los ciclos políticos y garantice la continuidad de las iniciativas estructurales que determinan su competitividad futura.

Barranquilla, Cartagena y Santa Marta han demostrado capacidad empresarial, dinamismo económico y vocación de crecimiento. Lo que aún está pendiente es construir una institucionalidad capaz de acompañar ese potencial con la misma velocidad y determinación.

El futuro del Caribe colombiano no depende de identificar nuevos proyectos. Los proyectos ya están identificados. El verdadero desafío consiste en ejecutarlos. Allí continúa estando una de las tareas más importantes para el desarrollo regional y para la competitividad del país en las próximas décadas.