Cambio de mando, el momento histórico de Chile
No resulta fácil escribir esta columna de opinión producto de la gran cantidad de información que se mezcla con las más variadas emociones, situación tan propia de las coyunturas históricas, aquellas que nos hablan no sólo de cambios que se visibilizan y que se hacen patentes a través de los más variados métodos, sino también son esos momentos en donde los anhelos, las aspiraciones más profundas se hacen patentes en espíritus que han estado mucho tiempo postergados.
Lo anterior es un poco lo que pasa hoy en Chile, no ha sido un cambio de mando más, común y corriente, desde la épica discursiva se plantea la necesidad de otro Chile, más inclusivo, más humano y más real: el Chile que da cuenta de muchas postergaciones referidas a un nuevo orden constitucional, las preocupaciones por construir una sociedad más igualitaria y que dejemos atrás el mote del país más desigual del mundo; en donde la educación, la vivienda, la previsión y la salud no se conviertan en los más pingues negocios del mercado; donde el feminismo sea más que una bandera y su mirada sensible enriquezca las soluciones a nuestros problemas; en que la descentralización permita que los habitantes de las regiones vean postergadas muchas de las coberturas básicas por no vivir en la capital (una querida amiga lo expresa de manera brillante y al mismo tiempo dolorosa, después de enfrentar una compleja enfermedad me comenta “Dios está en todas partes pero atiende en Santiago”).
Las preocupaciones medioambientales no terminen en la definición de “zonas de catástrofes”, por el contrario, que tengamos una mirada sostenible que permita un verdadero diálogo entre las generaciones actuales y las futuras; donde las reivindicaciones postergadas de los pueblos ancestrales no sean mañosamente interpretadas por aquellos que siguen enarbolando un proceso de mestizaje casi edénico y que no da cuenta de los derechos conculcados; que tengamos una mirada mucho más integradora de la migración, una realidad poderosa del Chile de hoy, que necesita de claras definiciones, pero también de entender el aporte que ahora y que también en nuestra historia tuvieron, personas que cruzaron mares, océanos y desiertos para procurar una vida más digna y menos peligrosa.
En definitiva un poco más del Chile real que durante muchos años se camufló con conceptos que no daban cuenta de los reales problemas, que no enfrentaron positivamente para, como decían los griegos, descargar y sacarse el peso de encima, fundamentalmente aquellos que desde el control mediático e informativo nos vendieron la copia feliz del Edén, la isla de utopía o el discurso, despectivo y desculturalizado, de los ingleses de Latinoamérica. Nos golpeó la realidad y de la manera más brutal posible, es el momento de enfrentarla y no de encubrirla.
No son pocos los que desde una elite intelectual reclamarán por el lenguaje épico y emotivo del nuevo presidente. Primero que todo el Chile de hoy necesita una épica, que impulse nuestras mejores voluntades por objetivos más colectivos que individuales, que nos aseguren una vida digna para todos y sin privaciones y desigualdades que amenazan cualquier pacto social y la buena convivencia. No son pocos los que llaman a una mayor dosis de realismo, pero lo que se oculta, la mayoría de las veces, es un discurso que posterga indefinidamente muchas de las demandas que en otros países resultan ser posibles. Desde esta columna les respondo que prefiero el discurso épico y emotivo, al discurso excluyente y exitista, que provoca brechas y heridas de las cuales los responsables no quieren hacerse cargo.
En igual fecha, hace cuatro años, el gobierno de Sebastián Piñera, con esa tendencia tan analítica y racionalista propia de la derecha latinoaméricana y muy en especial de la chilena, inauguraba el “Gobierno de los Mejores”. El slogan ya es discriminador, justifica las desigualdades. Me recuerda lo que decía Michael Sandel en “La Tiranía del Mérito” y su preocupación por el negacionismo implícito del “Bien Común”.
El autor nos increpa en que en una sociedad meritocrática, los ganadores creen que se han ganado el éxito gracias a su propio talento y esfuerzo, que todo ha sido cosa de ellos, pero que olvidan que sus padres, en gran medida, “les han comprado parte del éxito”. Las oportunidades que les ha prodigado la familia, el colegio, las universidades y los profesores, a las que se accede a través del elemento discriminador del precio en el mercado, y que se olvidan de las cualidades y dones que no han sido completamente obra suya, terminando por defender nuevos y antiguos privilegios, y de paso justificando las diferencias en la sociedad entre exitosos y fracasados. Prefiero el emotivismo épico al racionalismo amañado de espurios intereses.
No sabemos en qué terminará este nuevo gobierno, la bolita de cristal podría ser sugestiva, pero poco realista, pero el impacto que ha causado en la ciudadanía, la posibilidad de avanzar hacia un Chile más humano y justo, que dé cuenta de nuestra verdadera realidad ha insuflado los corazones de muchos. Esperamos que estas emociones, que copan el ambiente de hoy, favorezcan un cambio en el clima y en el debate intelectual y cultural del país. Que estemos abiertos y también preocupados de lo que ellos significan y lo que pueden re significar. No olviden que vivimos en la Era de las Incertidumbres, pero también en ella necesitamos algo en qué creer, algo a qué aferrarnos y en que, como en cualquier etapa coyuntural que justifica la necesidad de los cambios, el discurso propone un proceso de renovación de la sociedad hacia una más deseable… y para todos.
Lo que hay en esencia en este proceso es reconocer a Chile en su verdadera dimensión mestiza, en un mestizaje por lo demás inacabado, que se sigue enriqueciendo con la población migrante. Que deje detrás los slogans de una elite extranjerizante que buscó de manera excluyente y minoritaria definir el Estado Nación y que trató de borrar el aporte de los sectores marginados. La visión liberal, ilustrada, que hasta el día de hoy alimenta el discurso de muchos intelectuales que reniegan de la experiencia de la vida, que excluyen y proponen una visión academicista y no por ello, tal como lo ha demostrado la historia reciente de Chile, muy certera y real.
El gobierno ha dado luces claras de tener la disposición de enfrentar las grandes problemáticas del país y de generar complicidades positivas que nos permitan enfrentarla. Se plantea en sintonía con un proceso constituyente que aspira a cosas parecidas y que genera una relación de mayor naturalidad que con el antiguo gobierno. Debe ser capaz de mostrar resultados, al estilo de los gobiernos de la derecha, con el fin de que los discursos cargados de negatividad e inspirados en extrañas sombras no ganen espacio en la opinión pública. Si bien tendrá el apoyo de la mayoría de las sensibilidades del país, también deberá enfrentar a muchos poderes fácticos que ven en sus políticas amenazas para privilegios mantenidos por mucho tiempo.
Las reivindicaciones que orientan al actual gobierno no son cosa de ahora, del estallido social. Las nuevas autoridades se ganaron su espacio en la calle hace más de una década, pidiendo, a una institucionalidad sorda, cambios que sólo vino a reconocer después del ensordecedor ruido del estallido social de octubre de 2019. Es una generación que desde las aulas y la calle y ahora desde el gobierno ha mantenido el discurso de la necesidad de generar transformaciones relevantes.
Es muy importante que en este proceso tengan la nobleza de inspirarse en un espíritu democrático, propositivo, inclusivo, pero fundamentalmente no revanchista, con el fin de que el conflicto, necesario de la vida política, no escale a niveles que favorezcan la inacción e incluso el retroceso. Deben tener claro que habrán fuerzas de resistencia, pero deben ser capaces, en el diálogo democrático, de hacerles ver lo que no ven, que el bienestar de todos, es también el bienestar individual y que es más fecundo cuando el objetivo está puesto en lo colectivo que en las, muchas veces desmesuradas, apetencias personales. Como dice, con cierta épica por lo demás, la destacada escritora chilena Diamela Eltit, “el tiempo que se avecina es la restitución plena de los gestos y de las gestas comunitarias”