Analizando las elecciones pero no en lo electoral
Este domingo fueron las elecciones en Colombia para Cámara, Senado y las consultas interpartidistas, en las cuales se dieron todo tipo de resultados. Algunos esperados, otros muy esperados y otros no tan esperados. Sin embargo, debo decir que si deseas leer un análisis político de lo ocurrido en la jornada, quién ganó, quién perdió, etc., debes dirigirte a otro columnista que se especialice en estos temas. Yo, aunque me gusta mucho hablar y analizar los resultados electorales, realmente tengo mis fortalezas para analizarlas desde otro punto de vista. Sí, desde el punto de vista digital.
Quiero empezar exaltando la facilidad de seguir los resultados en tiempo real a través de la aplicación de las elecciones que brindó la Registraduría. Tanto en su versión Web como en su versión móvil, los ciudadanos tuvimos información a la mano de manera constante. Cuántos votos y qué porcentaje iba sumando cada partido; cuántos votos y qué porcentaje iba sumando cada candidato; cuando ya se generó una tendencia sobre el número de curules que obtendría cada partido, presentaba esta información e incluso mostraba de manera ágil qué candidatos quedarían dentro de acuerdo a cuánto iba sumando cada uno; qué porcentaje de mesas se habían contabilizado, entre otras informaciones más, que se podía ver tanto a nivel nacional, como departamental y municipal. Todo esto nos permitió a quienes seguimos los resultados, no solo estar enterados del resultado momentáneo sino también hacer pronósticos de cómo iba a ser el comportamiento próximo dependiendo de qué regiones tenían contabilizado un mayor porcentaje de votos.
Sin embargo, esta excelente implementación pasó a un segundo plano por el error imperdonable y garrafal que ocurrió con los tarjetones de las consultas en algunos puestos de votación. Se acabaron los tarjetones. ¿Cómo va a ser posible?
Sí, es cierto que en una consulta no votan todos los ciudadanos y, sumando la abstención, los votos efectivos que obtienen las consultas son mínimos respecto a la cantidad de votos que obtienen las elecciones a Senado y Cámara. Sí, es cierto que da dolor que se pierda tanto dinero en la impresión de tantos tarjetones que no se terminan utilizando. Sí, es cierto que una opción inteligente es imprimir menos tarjetones que el censo electoral total. Pero, señores, también es cierto que hay zonas en las que ciertos sectores políticos tienen más fuerza que otros y que en estos sectores se esperaría una mayor votación para estos sectores y por lo tanto para estas consultas. ¿Cómo van a repartir por igual todos los tarjetones de las consultas? El resultado fue que en algunos puestos de votación terminando sacando fotocopias al tarjetón (no, no es una broma) y en otros puestos de votación sobraron centenares.
Con un simple ejercicio de Big Data, la Registraduría hubiera podido tener una predicción de en qué zonas necesitaba más tarjetones de una consulta o de otra y así hubiera podido distribuir la papelería de una manera más inteligente, evitando tan bochornoso episodio que todavía sigue plagando las redes sociales de memes y burlas (por cierto, es buena idea lo de que el Banco de la República acepte fotocopias de billetes para cuando se le acabe a uno el sueldo).
Sin embargo, la solución real y concreta es la de la implementación del voto electrónico. Uno debería poder llegar a una máquina e introducir el voto de manera digital. De esta manera, no solo se evita el alto costo de la impresión y distribución de tarjetones, sino que también se evita una gran cantidad de votos nulos causados porque la gente todavía no entiende cómo se debe marcar el voto.
Una interfaz dinámica e intuitiva facilitaría la correcta asignación del voto por parte de los ciudadanos. Además, se minimizaría en un gran porcentaje el fraude electoral, o por lo menos todo el que ocurre después de que el ciudadano deposita el voto, ya que el sistema contabilizaría de manera automática sin lugar a que cambien la marca o que se intente anular votos ya depositados. Por último, los resultados estarían listos de una manera mucho más rápida y confiable.
Sí, es cierto que la implementación del voto electrónico implica una inversión inicial alta tanto en hardware como en software (sobretodo en términos de seguridad informática), pero el ahorro a mediano y largo plazo sería extremadamente productivo y el beneficio para la democracia sería incalculable.