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Uribe, los uribistas y la mentira

El Papa, la Corte Penal Internacional, la ONU y la mayoría de países de este planeta apoyan el proceso de paz que se lleva a cabo en Colombia, entre el gobierno y las Farc. Lo mismo cabe decir de importantes personalidades, entre las cuales se destaca el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.

En nuestro país se oponen ferozmente a los acuerdos y a la paz el expresidente Álvaro Uribe Vélez y todos sus alfiles, aparte de otras personas que le son afines, como el destituido Alejandro Ordóñez Maldonado y el expresidente Andrés Pastrana Arango, por mencionar algunas.

La oposición a los acuerdos y a la paz por parte de los uribistas está saturada de engaño, tergiversaciones, calumnias y mentiras descaradas. El trasfondo de esa campaña (que no se basa en buenos argumentos) consiste en alimentar la confusión para que el pueblo colombiano no refrende los acuerdos de La Habana.

Carlos Holmes Trujillo ha sostenido que el rechazo a estos no se opone a la concreción de la paz, pues solo se busca renegociar lo que ya fue acordado. Lo cierto es que si triunfa el NO en el plebiscito, ese camino es imposible porque ni las Farc ni el gobierno estarían dispuestos a recorrerlo para recomponer unos acuerdos alcanzados con tanto sacrificio y mediante concesiones mutuas, que nunca podrían concretarse con la ultraderecha guerrerista que dirige Uribe.

La idea uribista de que su oposición no es contra la paz sino por mejorar los acuerdos es una mentira disfrazada de verdad. El hecho es que el NO representa un rechazo rotundo a estos y, por lo tanto, destroza el camino andado, cerrando, además, la puerta del diálogo con la Farc. Lo seguro es que el improbable triunfo del NO conduzca al recrudecimiento de la confrontación armada.

Álvaro Uribe Vélez le mintió al país al sostener que lo pactado era un canto a la impunidad. Un estudiante le demostró, con los acuerdos en la mano, que esa era una mentira gigantesca. Los crímenes de lesa humanidad debían quedar por fuera de lo acordado y, desde luego, serían sancionados con las penas más severas, según las normas internacionales.

La justicia transicional, que es válida para superar guerras como la colombiana, sí permite negociar sanciones excepcionales, como ya ha ocurrido en otros países que padecieron conflictos armados. Que las penas no sean las establecidas en la justicia ordinaria no significa que en los acuerdos de La Habana reine la impunidad, como cínicamente arguye Uribe, olvidando que en el proceso que montó con los paramilitares sí se impuso la impunidad, sobre todo para los crímenes de lesa humanidad.

La campaña uribista contra los acuerdos y contra la paz está sumergida en la desesperación. Como no se fundamenta en argumentos sólidos, acude a la desinformación y a crear fantasmas para asustar a la gente. Uribe y los suyos están en contra de la participación política de los guerrilleros y atemorizan a la gente sosteniendo que esa participación significa una entrega al castrochavismo.

¿Cómo se podía alcanzar un acuerdo con la guerrilla sin concederle participación en la política legal? Lo más lógico era entregarle esa concesión a cambio de que dejara las armas. El Estado otorga unas curules en el Congreso (muy pocas, de acuerdo con la media internacional) y las Farc entregan su armamento y se reintegran a la vida civil. No había otra manera de concretar el abandono de la vía armada, sino a través de la participación política.

El fantasma del castrochavismo es otra mentira gigante inventada por los uribistas para oponerse a los acuerdos y a la paz. Se le entrega el país a ese fantasma si se hubiera negociado que medio parlamento quedaba en manos de las guerrillas y si se hubieran repartido los cargos ejecutivos de más poder entre el gobierno y las Farc.

Nada de eso ha ocurrido, pues solo 10 curules de 370 disponibles son obtenidas por la guerrilla mediante el acuerdo, en las dos cámaras y por un tiempo limitado. En algunos países africanos, medio Congreso pasó a manos de los guerrilleros y también consiguieron, a través del diálogo, cargos ejecutivos, incluida la vicepresidencia.

La situación en Colombia no se acerca a lo que ocurrió en otras partes del planeta y, sin embargo, Uribe y los suyos esparcen la mentira de que los acuerdos representan una entrega al castrochavismo. ¿Qué era preferible: seguir matándonos o permitir el ingreso a la política legal de los guerrilleros? Lo más civilizado, para acabar con más de cincuenta años de martirio, era reinsertar a los combatientes a la sociedad y al juego democrático legal, como ha ocurrido en otros lugares.

Si los guerrilleros llegan a las elecciones ¿quién garantiza que obtendrán el apoyo de las mayorías nacionales? Esa mayoría se gana solo con trabajo y no con magia. El triunfo del castrochavismo en un país como el nuestro no está garantizado, sobre todo después de la debacle venezolana. Por lo tanto, tampoco estamos ante la entrega del país al castrochavismo por la vía electoral, que es el fantasma y la otra mentira que venden los mensajeros de la muerte.

El acuerdo final entre las Farc y el gobierno es un documento sólido, muy bien trabajado, que denota mucho esfuerzo de las partes involucradas. Por esto, la única estrategia posible para atacarlo consistió en la mentira sistemática, en la tergiversación y en la elaboración de fantasmas, como lo han venido haciendo Uribe y los suyos.

¿Por qué mienten Uribe y sus amigos? Es claro que la causa principal de ese comportamiento es el miedo. Uribe y muchos de sus allegados le temen a la justicia transicional, pues desde adentro y desde afuera del poder cometieron delitos que saldrán a la luz apenas empiecen los juicios.

Ya el expresidente fue sometido a mucha presión cuando encarcelaron a su primo, Mario Uribe, por parapolítica. La presión se ha incrementado a la enésima potencia porque su hermano, Santiago Uribe, está preso por, supuestamente, dirigir grupos de autodefensa cuando Álvaro Uribe Vélez era gobernador de Antioquia.

Bajo sus dos mandatos presidenciales ocurrieron múltiples crímenes que podrían asumir la figura de delitos de lesa humanidad, como ocurrió con los falsos positivos y con las masacres contra la población campesina. Fueron muertas y perseguidas muchas personas, a través de la alianza entre miembros de las fuerzas armadas con los grupos paramilitares, los civiles y otros funcionarios del Estado, en la ejecución del todo vale.

El uribismo tiene un mundo de crímenes que ocultar y por eso le teme tanto a la paz. Si el SÍ triunfa el 2 de octubre, se abriría la puerta de la justicia transicional, verdadera caja de terror para Uribe y los suyos, si los exmilitares y exparamilitares comprometidos en delitos llegaren a denunciar a miembros de su cúpula (y a él mismo) por actos delincuenciales.

Esta es la raíz de la feroz oposición de Uribe y sus amigos a los acuerdos y a la concreción de la paz. Este personaje promueve la continuación de la guerra porque le aterroriza la paz. La paz y la justicia transicional le quitarían el oxígeno al uribismo y lo expondrían ante la opinión sin ninguna clase de disfraz.

Uribe quiere la guerra y ataca la pacificación porque esta última le elimina a su principal enemigo y lo hace vulnerable ante la justicia transicional. Y como no es capaz de plantear argumentos sólidos para destruir los acuerdos, acude a la mentira como su arma principal. Ese es el trasfondo del juego de engaños y de cinismo con que Álvaro Uribe Vélez pretende esconder sus verdaderas intenciones.

Por esto, ni el Papa, ni la CPI, ni todos los gobiernos o personalidades lograrán convencerlo de que abandone su trinchera. La mentira es su principal máscara para esconder el miedo. Sin ninguna duda.