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Un modelo idóneo de dirección para la Uniatlántico

Un modelo es una conceptualización que se deriva del análisis de la realidad y que puede servir como guía para transformar o reorientar esta. En ciencia, un modelo es un instrumento teórico útil para explicar procesos o fenómenos complejos compuestos de elementos que interactúan o que están en conflicto.

El estudio de la sociedad (o de alguno de sus campos, utilizando el lenguaje de Bourdieu) ha permitido la construcción de modelos explicativos o de esquemas complejos que pueden servir como herramientas para transformarla o comprenderla. Platón, Marx y Weber, entre otros, han sido grandes constructores de modelos utilizados en el análisis sociológico, no sólo con fines interpretativos sino, incluso, revolucionarios.

La historia de la Universidad del Atlántico es el principal insumo del cual se inferirán las variables para delinear un modelo de dirección adecuado para esta institución. Procederé por la vía negativa, de lo que no debe hacerse con la universidad, para luego desembocar en lo que creo debería ser ese modelo, de acuerdo con las peculiaridades de la educación pública superior.

Es un error convertir a la Uniatlántico en objeto de la “milimetría política” que ocurre luego de los procesos electorales de tipo regional o nacional. Entregar la rectoría o los principales cargos de dirección por razones políticas es uno de los caminos más seguros hacia el clientelismo, la politiquería y la corrupción.

La universidad tiene una larga historia de funcionarios liberal-conservadores ineptos que ocuparon la silla rectoral, y cuya actividad fue nefasta para la academia y la administración. Hasta un rector panadero hubo aquí en cierta oportunidad, como consecuencia de poner a la institución al servicio de la correlación de fuerzas externas departamentales. La politiquería y el clientelismo tradicionales han utilizado este vehículo, que es lesivo para los intereses institucionales.

Así como es un error entregar la institución a los juegos politiqueros externos, también es otro error ceder a la politiquería interna. Si los contratos y los cargos se distribuyen atendiendo sobre todo a la filiación ideológica de las personas o a la necesidad de los directivos de conseguir apoyo político, la consecuencia será el recrudecimiento de la politiquería y el clientelismo y la pérdida de las principales funciones misionales de la Universidad.

De acuerdo con lo visto hasta aquí, cualquier modelo idóneo para la universidad debe estar aislado de la politiquería y el clientelismo que suelen promover los individuos o grupos que convierten la institución en un medio para concretar sus proyectos políticos o sus agendas de beneficio personal.

Sobre todo la administración universitaria, debe desenvolverse al margen del cáncer de la politiquería y el clientelismo, y la única manera de lograr ese objetivo es procediendo a escoger los cuadros directivos sobre la base de los méritos académicos y de las necesidades técnicas o administrativas, nunca fundándose en el perfil ideológico o político, ni en la necesidad de pagar apoyo o favores políticos, como suele ocurrir cuando la universidad es colocada en el campo de la milimetría política de origen externo o interno.

Escribo que la politiquería y el clientelismo operan como un cáncer porque desordenan los procesos administrativos y distorsionan la misión académica de la universidad, destrozando su principal función social, que es la de servir de nicho para ofrecer una formación profesional y humanista a los hijos del pueblo que ingresan a su seno. Por este motivo, una administración idónea debería estar blindada contra este flagelo.

Otro aspecto de una dirección adecuada para la universidad tiene que ver con el correcto manejo del presupuesto. El dinero público debería ser sagrado y esto es aún más válido para aquel destinado a la educación superior. Hay que manejar la plata del pueblo que ingresa a la institución con respeto y seriedad, evitando que se emplee para sufragar favores políticos o que caiga en manos de los corruptos.

Existe una conexión directa entre la calidad de los funcionarios de la dirección, el adecuado manejo presupuestal y la defensa de las principales funciones misionales de la institución. Una dirección seleccionada sobre la base de los méritos académicos o administrativos será más propensa a manejar correctamente el dinero puesto bajo su responsabilidad y a defender los procesos académicos como prioridad, que otra puesta al servicio de la politiquería y el clientelismo.

Por lo tanto, entre los rasgos de un modelo idóneo para dirigir la universidad tenemos los siguientes: a) un cuadro directivo escogido sobre la base de sus calidades académicas y administrativas; b) un equipo blindado contra los embates del clientelismo y la politiquería; c) un núcleo comprometido con el manejo respetuoso y riguroso de los dineros públicos; y d) un liderazgo que defienda los procesos académicos y que sepa liderar el mejoramiento de la educación pública y la transformación positiva de la institución.

Es muy importante que esa dirección también aplique una visión democrática e incluyente en el manejo de la universidad. Esto quiere decir que debe estar abierta al diálogo franco y sincero con los estamentos, en la búsqueda de soluciones para enfrentar los problemas.

Pero ese diálogo es de doble vía: es decir, debe tener como eje la predisposición del liderazgo de abrirse a la comunidad universitaria para intercambiar ideas en un clima de tolerancia y respeto, pero debe también contar con que los diversos agentes de esa comunidad quieran dialogar sobre la base de los argumentos y del respeto mutuo, y no de la imposición, la intemperancia y el irrespeto violento al otro.

El ejercicio de la democracia universitaria no pasa solo por permitir la más absoluta libertad de cátedra o investigación; ni por negarse a implementar un modelo autoritario o totalitario de dirección que niegue la libertad ideológica o religiosa de los demás, sino por la construcción de un ambiente para el diálogo en que se aprenda a respetar a quien piensa diferente, sin someterlo al matoneo en los pasquines o en las redes virtuales porque se carece de ideas para confrontar sus argumentos.

La violencia física, verbal o simbólica que aún navega en la institución tiene por eje una base cultural muy pobre existente en algunos de los agentes más conspicuos de la comunidad universitaria, los cuales piensan sus creencias como si fueran verdades reveladas y a los demás como enemigos de sus dogmas, de modo parecido a como algunos creyentes religiosos perciben como herejes o infieles a quienes son distintos a ellos.

Construir democracia en la Universidad del Atlántico también pasa por remover esta tara histórica que tiene sus raíces en la política externa y en las tradiciones de ciertos grupos que manejan una visión totalitaria de la vida y de la sociedad. No es fácil cambiar este estado de cosas, pues no depende solo de una administración idónea, sino de las tendencias ideológico-políticas nacionales.

Quizá la concreción de la paz entre el gobierno y las guerrillas sea la mejor terapia para erradicar de la universidad pública esa tara que es la raíz de la violencia física, de la intemperancia verbal y simbólica y de cierto fundamentalismo que le hacen daño al diálogo y a la construcción de democracia en la universidad.

A pesar de todo, la administración universitaria nunca debe cejar en su empeño de abrir la institución al diálogo fructífero basado en argumentos. El reto de la cultura pasquinera y violenta de quienes no desean dialogar sino imponer plantea una tensión que debe resolverse a favor de la democracia universitaria.

A los gritos, a la vulgaridad, a la demagogia y a la agresión hay que responder con una campaña sistemática tendiente a que todos aprendamos a hablar sin matar, sin gritar y sin agredir. En un ambiente así, de nada vale aumentar el nivel de la voz, pues la contraparte tiene más solvencia en esa materia. Es mucho mejor afinar la calidad del argumento y, sobre todo, trabajar en las aulas y en los otros medios para que la cultura del respeto y del diálogo fructífero prospere.

En síntesis, un modelo idóneo de dirección para la Universidad del Atlántico es aquel que respeta los procesos administrativos y académicos; que defiende los fondos públicos como si fueran sagrados y que busca incrementar la calidad de la democracia universitaria respetando las diferencias y la libertad para enseñar, investigar o pensar.