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Un drama llamado Junior

El equipo Junior, bajo la conducción de Alexis Mendoza, se ha convertido en un auténtico drama, en el cual se combinan, sobre todo, la tragedia y la comedia. Este onceno se ha acostumbrado a sufrir, y parece derivar placer del sufrimiento, como ocurrió con Hamlet, el mítico personaje de la obra de Shakespeare.

Eso es lo que brota, al menos, de sus dos últimas series contra Millonarios y Nacional. En Barranquilla, casi dejó muerto bajo los escombros al club capitalino, al acomodarle un 2 a 0 que nos llenó de ilusión. Los barranquilleros estuvimos a punto de llegar al clímax de la emoción dramática cuando nuestro cuadro le acomodó en Bogotá otro gol en el primer tiempo al moribundo Millos, elevando la diferencia a 3 goles que parecían irremontables.

Pero todo era una simple ilusión. Poco a poco, Millonarios aprovechó los huecos de la defensa Ñera y le acomodó 4 goles imposibles que le entregaban la clasificación a la próxima ronda. A partir de ese momento, el tembloroso Junior se convirtió en la comedia predilecta de los periodistas bogotanos, a tal punto de que estos ya hablaban de cómo sería su enfrentamiento contra Nacional.

Pero advino ese gol milagroso de Vladimir Hernández, y entonces la humillación del 4-1 que nos eliminaba se transformó en la humillación por una goleada que nos dejaba con la ilusión intacta para seguir avanzando. En los tiros desde el punto penal ocurrió lo que casi siempre ocurre: las habilidades de Viera para atajar penaltis se combinaron con el terror que este arquero provoca en sus adversarios para llevar al equipo un escalón más arriba.

Nacional nos convirtió en su muñeco favorito en el primer tiempo de Barranquilla. Por cansancio, por miedo, por exceso de respeto o por lo que sea, en esa primera etapa el equipo paisa nos dio sopa y seco y dejó casi sellada la serie. Aunque el Junior subió en el segundo tiempo y alcanzó un honroso 1-1, nadie daba un peso por su comportamiento futbolístico en Medellín.

Todo el mundo suponía que Nacional le iba a pasar por encima a un onceno que en Barranquilla empató a punta de testosterona. Pero, qué sorpresa, el dramático Junior jugó un primer tiempo casi irreconocible contra Papá Nacional, porque lo atacó sin prejuicios y se manejó como si estuviera jugando ante su propia afición.

En el segundo tiempo, a pesar de que todo favoreció a Nacional en cuanto a control del juego, el cuadro costeño sostuvo el empate a cero, que mantenía la esperanza y la posibilidad de acceder a la final, transitando la dura prueba de los tiros desde el punto penal.

En esa terrorífica instancia, el miedo que inspiró Viera sobre sus adversarios fue mucho más poderoso que el que provocaba Armani contra los jugadores nuestros, y por eso el Atlético Junior dio el salto a la serie final, desafiando todos los pronósticos.

Junior superó al equipo más completo del torneo colombiano porque este desperdició la oportunidad de liquidarlo en aquel primer tiempo en que nuestros atletas jugaron un primer tiempo como si portaran zapatos de plomo. Ocurrió algo parecido a aquella final en que fue Junior quien le perdonó la vida a Nacional en un primer tiempo en que el hijo le faltó el respeto futbolístico al padre.

Junior pasó dramáticamente a la final de este semestre cuando todo parecía indicar que se quedaría ante Nacional. ¿Que lo ayudó la suerte? Pues bienvenida sea esta prima hermana de la victoria, que ha contribuido en la gesta envidiable de un onceno que se ha levantado del barro jadeando, casi muerto, pero sin dejarse derrumbar por la humillación de una goleada o por los galones de otro onceno aparentemente superior.

Ahora la asignatura pendiente es que Junior, casi como Hamlet, no se quede en el simple gusto por la batalla sino que sepa elevarse mucho más allá del placer derivado de la lucha por la lucha y nos complazca con otra estrella, para gozo del equipo y de sus seguidores.

Que la suerte y la testosterona otra vez acompañen los deseos de triunfo de nuestros gladiadores, para que el drama Junior tenga el final que todos añoramos: una nueva estrella conseguida limpiamente, a base de esfuerzo y trabajo, como siempre es posible en las grandes gestas que dan a luz las victorias merecidas.

La felicidad parece más completa cuando la victoria está acompañada por el sufrimiento. Como entre los héroes griegos, no importa cuánto se sufre y lo difícil que ha sido el combate si el resultado es el triunfo. Una estrella nacida a punta de sudor, barro y drama es lo que esperemos ansiosos los seguidores de un equipo que sorprendió a tirios y troyanos.

Pero si el colofón no es la estrella, no importa: ya este club de gladiadores se ha ganado nuestro respeto y aceptación a base de lucha. Y si obtienen el último trofeo del semestre, su dramática gesta será recompensada como solo lo merecen quienes nunca bajan los brazos a pesar de la adversidad.

Junior: un campeón de la lucha que lo ha vencido casi todo. ¿Le esperará otra estrella?