Un 4-1 parece suficiente, pero…prudencia
Junior ganó de manera contundente el primer duelo ante los rojos de Medellín. Según algunos, este marcador definió la serie a favor de los tiburones. Este hecho contiene su parte de verdad, pero también podría convertirse en una trampa. El gran riesgo está en dejar que el optimismo se transforme en triunfalismo.
Un optimismo moderado sería lo más razonable. Ese 4-1 es un golpe severo a la moral del DIM, y tal vez tenga un efecto de catástrofe en su fanaticada. Pero el Junior no debe vivir de espejismos, sino de realidades. Ningún onceno está noqueado hasta que finalizan los dos encuentros de la serie.
Junior pegó primero y muy fuerte, porque goleó a un DIM que parecía insuperable en el primer tiempo. Pero lo mismo ocurrió con Nacional hace ya un tiempo, cuando el cuadro le propinó aquí un 3-0, y en Medallo recibió un deshonroso 5-2, con bailoteo incluido.
Nacional nos pasó por encima a pesar del contundente 3-0 de Curramba, que también puso a los triunfalistas de aquellos tiempos a asegurar que ya éramos campeones. Fuimos los campeones con un sabor agridulce y casi de milagro, en la serie de los pénales, pero no por el deseo desaforado del triunfalismo sino, quizás, porque Alá es muy grande y nos dio un empujoncito.
El 4-1 suena bien y tiene buen rostro. Es una ventaja holgada, aunque tal vez no definitiva. En matemática pura, equivale a aquel 3-0 (4-1=3-0) que le acomodamos a Nacional, y que nos volvió campeones antes de tiempo. Por eso la prudencia, esa gran maestra de la vida, toca de nuevo a la puerta.
Nacional demostró que un 3-0 se puede empatar (o remontar). Sin caer en el pesimismo, hay que aprender de esta ácida experiencia histórica. No es el momento de olvidar aquella máxima según la cual la historia suele repetirse, unas veces como tragedia y otras como comedia.
Tenemos el pan ya casi listo y en la boca del horno. Pero en la boca del horno también se puede quemar el pan. Todo está dispuesto para conseguir un gran resultado, pero sin dejar que los pies leviten sobre el suelo. La prudencia ante lo imprevisto, nos debe llevar a repeler una sorpresa desagradable.
Junior no tiene nada ganado todavía, pero su chance de hacer moñona sigue abierto y esperando. Los dos campeonatos están ahí, en la boca del horno. La primera disputa será con los brasileños, en una cancha sintética donde ellos se mueven mejor que nosotros.
Nuestros gladiadores llegan a ese campo con la moral por las nubes, y con la posibilidad de ganar la primera copa internacional de peso para el Junior. Pero el Paranaense no será una anchova, pues está en su patio, en una grama artificial casi engrasada, y con unos buenos recursos técnicos y físicos que lo tienen en la final.
Los tiburones llevan a cuestas el estímulo de la victoria ante el DIM, pero también el desgaste de noventa minutos intensos, el trajín de un vuelo largo, y de la fragmentación del sueño. Los dos equipos están parejos, pero Paranaense tiene la ventaja del maltrato de Junior y de jugar en su patio.
Si Junior sale campeón en la Copa Sudamericana será un gran logro, pero todavía le quedará un trofeo en disputa en el campo del Medellín. El domingo se las verá con ese onceno deprimido por el 4-1 catastrófico, pero con la esperanza todavía revoloteando.
Enfrentará a un DIM descansado, aunque descompuesto, después de volar muchos kilómetros y de echarse encima otros noventa minutos (si no hay alargue), que no sabemos si representan una victoria o una nueva frustración. Si ganamos la Sudamericana, la moral subirá hasta el infinito, pero las fuerzas tal vez estén muy disminuidas para aguantar al Medallo.
Si perdemos con el Paranaense, al cansancio extremo que nos agobia habrá que agregar el bajonazo anímico tan normal en los jugadores cuando pierden algo grande. De tal manera que, a pesar del 4-1 (tan inobjetable), nada garantiza que seamos campeones en Medellín.
El realismo y la prudencia nos invitan a pensar con calma. Hay que ser optimistas, pero sin deslizarnos hacia el triunfalismo. Aún podemos hacer moñona, pero también existe la posibilidad de quedar con las manos vacías. El gran dilema de Junior consiste en que no puede apostarle a lo uno y desechar lo otro.
Como sea, está condenado a pelear por todo, buscando ganarlo todo, pero con el riesgo de quedarse sin nada. Y se puede quedar sin nada porque los brasileños y el DIM no son mochos, tienen lo suyo, y pretenden lo mismo que quieren los tiburones.
Quien diga que ya Junior es campeón de algo no sabe de fútbol, y confunde su deseo con las posibilidades reales. Junior podría ser campeón internacional y nacional simultáneamente, si le alcanzan las fuerzas, y si Alá sigue empujándolo para que gane.
Tiene que superar a dos buenos equipos, uno mejor posicionado que el otro, pues juega en su plaza en una cancha untada de tiza, y con un marcador en equilibrio. El otro está moribundo, pero se nutre de la esperanza, y la esperanza ha revivido a más de un muerto.
A Junior lo protege el buen juego, el descubrimiento de nuevas funciones en algunos titulares, y una aceptable reserva de testosterona. Pero no tiene aún nada en la bolsa y, por ese motivo, la prudencia y el realismo deben proteger sus pasos.
No hay que olvidar que vale mucho más un pájaro en mano que cien volando. Si se pierde en Curitiba (lo cual es más probable que imposible), hay que combinar todas las pocas fuerzas que resten para mantener un resultado decoroso en Medellín que nos permita conseguir el campeonato nacional.
La librita de carne en juego no alcanza para tanta gente. Hay que guerrear por ambas finales sin relajarse, con los pies bien acomodados en el piso, y haciendo lo que más conviene. Prudencia, en este caso, no es sinónimo de miedo, sino de realismo.
El 4-1 ayuda mucho, pero hay que colocarlo en el contexto. Y para evitar que la historia se repita en forma de tragedia, hay que suplir el triunfalismo por un optimismo inteligente. No es bueno dejar que el pan se nos queme en la boca del horno.