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Trump y la paz en Colombia

La lógica idealista de algunos dialécticos (como la del esloveno Slavoj Žižek) es fatal para comprender lo que podría ocurrir en Colombia como consecuencia del triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos. Según la visión metafísica de Žižek es muchísimo mejor que haya subido al poder Trump, en vez de Hillary, porque el más malo ayudaría a exacerbar las contradicciones y, de ese modo, quedaría el terreno mejor preparado para el derrumbe del capitalismo.

Esa visión se parece bastante a la de los líderes religiosos radicales y milenaristas, que azuzan a sus seguidores a tomarse el veneno vendiéndoles el consuelo de que después de la muerte se encontrarán de frente con el paraíso terrenal y con el dios que tanto añoran y alaban.

Pero al margen de estas elucubraciones místicas de corte socialista o sectario, lo concreto es que Trump representa a lo peor de la sociedad norteamericana, y está aliado con personas con un gran potencial de daño, tanto hacia adentro como hacia afuera de los Estados Unidos. Los peores halcones y fanáticos del establecimiento ya empezaron a entrar a la cueva del gobierno de Trump.

De donde se infiere que las promesas de campaña se convertirán en política de gobierno, con toda su carga de discriminación, machismo, inequidad, racismo y xenofobia, especialmente dirigida contra los marginados y contra las minorías que no hacen parte de las tradiciones anglosajonas.

Si uno tuviera la certeza de que tomándose este veneno se topa de frente con el soñado paraíso, o que esta terapia de choque populista prepara el terreno para acceder a una sociedad superior a la actual, pues uno hasta estaría tranquilo, esperando con alborozo el ascenso de Donald Trump.

Pero su ascenso al poder encarna un gran riesgo para la paz en Colombia. Es probable que él y sus halcones hagan hasta lo imposible para sabotear el plan económico que para el postconflicto habían acordado el gobierno Obama y el gobierno Santos, a pesar de que la mayoría del Congreso estuvo de acuerdo con este.

Trump y los suyos sabotearán esa estrategia aduciendo razones de ahorro nacional, pero también acudiendo a su ideología intolerante contra todo lo que represente concesiones a las guerrillas, en las cuales se involucre al gobierno norteamericano con apoyo financiero.

Los ultraderechistas que compondrán el ejecutivo gringo son más propensos a aliarse con los núcleos ultraderechistas de Colombia que con los sectores que están pugnando, desde el establecimiento y desde la guerrilla y la sociedad civil, por alcanzar la paz.

Si la victoria en el plebiscito envalentonó a esos núcleos (que se hubieran ido a la fosa si gana el SÍ), el triunfo de Trump los transportó al delirio, en su aspiración de sabotear el proceso de paz. Uribe y los suyos tienen claro que a la Casa Blanca llegó un seguro aliado, que estará de su parte si se presenta la oportunidad de echar por la borda todo lo avanzado en el proceso.

Esta circunstancia explica el desespero de Santos y su equipo por refrendar el nuevo acuerdo, si es posible antes de que Trump asuma el poder; y también explica la paquidermia de Uribe y las voces críticas que tampoco comparten el nuevo acuerdo, en cabeza de algunos líderes políticos y de las sectas religiosas más retrógradas.

Era un hecho que el uribismo seguiría en su táctica de ponerle palos en la rueda a la paz, sobre todo porque la justicia transicional es una espada de Damocles también para ellos. El ascenso de Trump a la presidencia es un espaldarazo a favor de todos los que se han opuesto a la paz con mentiras, tergiversación y calumnias. Trump es hermano gemelo del uribismo, porque también llegó al poder engañando, mintiendo y galopando en el potro de una ideología sanguinaria.

Lo que se infiere de lo anterior no es un camino de rosas para el proceso de paz en Colombia. Si Obama y los demócratas se la jugaron apoyando al gobierno colombiano, Trump y sus halcones no van a proceder de igual manera; no solo por diferenciarse del anterior mandato, sino porque su posición política y sus ideas retardatarias los acercan más a Uribe y a Ordóñez.

La diplomacia quizás rinda algunos frutos en la neutralización del efecto Trump en el proceso de paz en nuestro país. Pero no hay que hacerse muchas ilusiones. Ya nada será igual a cuando estuvo en el mando Barack Obama. Por eso, una forma de aminorar los riesgos consiste en legitimar el nuevo acuerdo en el Congreso, para producir una coyuntura política más favorable a la paz.

Uribe, Ordóñez y los demás son incapaces de organizar una guerra civil o un golpe de Estado si pierden en el parlamento. Y a Trump y a sus halcones les quedará muy de para arriba sabotear un hecho cumplido (o un acuerdo casi logrado) en un país clave para mantener estable a la región latinoamericana.

Lo que quizás favorezca un poco a Colombia, en el ajedrez geopolítico de la región, es que la prioridad ideológica y política de la ultraderecha norteamericana se concentra en Cuba y Venezuela. Lo más probable es que por aquí empiece su combate cerrero contra el enemigo, desmontando lo que avanzó Obama con los dirigentes cubanos y presionando a los chavistas como nunca antes había ocurrido.

Esto tal vez ayude a bajarle el voltaje a la posible ayuda a la ultraderecha colombiana en su tarea de oposición a la paz. Si los fondos del plan para el posconflicto que había prometido Obama no llegan por saboteo o porque el Congreso pone la reversa, la opción es conseguir el apoyo de otros países y regiones. Pero favorecería mucho a la consecución de la paz la probable tibieza del gobierno Trump en apoyar los planes de los ultraderechistas criollos que desean proseguir la guerra.

De cualquier manera, lo que se necesita es pisar el acelerador a fondo para crear una situación menos reversible que ponga a la defensiva a los enemigos de la paz. En Trump, los partidarios de la pacificación nunca encontrarán un aliado, y lo que más conviene en la coyuntura que se avecina es no tenerlo de enemigo.

En el caso de la paz colombiana, cualquier exacerbación de las contradicciones como lo proponen los dialécticos, terminará por favorecer los intereses de la ultraderecha uribista que desecha el diálogo y se inclina por la guerra. Y con Trump de aliado, ese propósito se podría cumplir más fácilmente. No caben dudas acerca de eso.