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Trump no decepciona

En 2016, cuando la victoria de Donald Trump era asunto consumado y parecía imposible que el año acabara peor, todavía había voces que se levantaban para echar tierra al asunto, ofreciendo explicaciones más o menos racionales, consuelos más o menos argumentados. “El hombre es un empresario, toda esa apariencia de sociópata misógino no es más que una máscara”, “el ‘establishment’ lo controlará, lo bloquearán”, “los medios quieren hacernos creer ciertas cosas por ciertas razones oscuras”, “¿a mí qué me importa lo que pase en Estados Unidos?”.

La resiliencia humana es capaz de proezas milagrosas, sin importar la dimensión o naturaleza de la tragedia, siempre nos es posible ver el vaso medio lleno –si de verdad queremos-. Sin embargo, existe un punto en el que tal capacidad regenerativa, esa habilidad de nuestra mente para escondernos la tosquedad de la realidad y resaltar sobre el paisaje los elementos positivos que deseamos notar, se vuelve autoindulgencia.

La explicación más sencilla es casi siempre la más probable, si Trump parecía un sociópata desde la campaña, pues, muy probablemente, es un sociópata y punto. Había que tomarse el problema en serio, no buscarle el lado positivo o ver el vaso medio lleno, la amenaza de un hombre de tales características en la presidencia del país más poderoso del mundo es evidente y, en ese sentido, debería preocupar a todos.

A casi medio año de su posesión, el mandatario no ha decepcionado, Trump ha intentado ejecutar sus promesas de campaña en tiempo récord; algunas las ha cumplido, otras han encontrado oposición, lo cierto es que Donald no se ha andado con rodeos y el ‘establishment’ ha podido hacer muy poco por encarrilar sus políticas. Eso o, más bien, los analistas han mantenido una concepción equivocada de la verdadera naturaleza de los grupos de poder norteamericanos.

Entre lo cumplido destacan la salida de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico, la renegociación del tratado de libre comercio de América del Norte (con México y Canadá) y, quizá la más preocupante de todas, la retirada del gigante norteamericano de los Acuerdos de París, muy de la mano con sus políticas negacionistas del calentamiento global.

En el grupo de las cosas no cumplidas o a medio cumplir podemos señalar el muro en la frontera con México, el veto a los musulmanes, la formulación de un nuevo sistema de salud que reemplace el legado de Obama (al que Trump le tiene profunda alergia), acabar la guerra en Medio Oriente, y otro sin fin de políticas de tendencia radical e indeciblemente ambiciosas.

Es un asunto esperanzador que los musulmanes puedan seguir entrando a Estados Unidos porque todavía quedan personas cuerdas en ese pedazo del planeta que se han opuesto al presidente (sobre todo considerando la innegable responsabilidad que dicho país tiene en el génesis de las lamentables circunstancias que atraviesa el mundo árabe). También es bueno que no haya una muralla china en América por cuenta del racismo que alimentan unos cuantos. Sin embargo, la clave en todo esto no es tanto lo que se aprueba como lo que se intenta aprobar.

Es probable que el poder más relevante de Estados Unidos en el mundo no sea su capacidad militar o las posibilidades que brindan sus amplios medios económicos, no, más bien lo es el poder suave, esa habilidad para influencias modos de pensamiento, para hacer sentir al mundo entero que, de una forma u otra, son el verdadero centro del universo.

Sería muy optimista creer que las políticas que ha intentado impulsar Trump no tienen eco en la conciencia global. Es como si décadas de intentos de progreso humano se hubieran tropezado con una piedra en el camino y estuvieran rodando cuesta abajo. Han sido años intentando explicar a las personas que las diferencias no son malas, que hay que respetar, que pocas cosas están escritas en piedra y la tolerancia es una de ellas, para que un solo hombre lo ponga en duda. La política del ¿pero y si…?

Ese ‘pero’ es lo que cuenta, ¿pero y si los latinos sí son violadores?, ¿y si todos los musulmanes son terroristas?, ¿y si el calentamiento global es un fraude?, basta con plantar una duda para que las convicciones flaqueen, y la presidencia de Trump es una fértil cosecha de paradojas.

En todo caso, siempre podemos ver el vaso medio lleno –si queremos-, después de todo, la resiliencia humana es capaz de proezas milagrosas, ¿no?. Quizá la presidencia Trump tenga alguna utilidad. ¿Cómo hacer un planeta más justo?, ¿cómo resolver los problemas más acuciantes?, ¿cómo ser mejor persona?, sencillo: piense de forma totalmente opuesta al sociópata más grande de la Casa Blanca. Nunca habíamos tenido mejor ejemplo.