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Tráficos, guerra, drogas y adicción. (III)

Los consumidores

Actualmente en el mundo, el consumo de drogas por su amplitud y desarrollo constituye uno de los fenómenos sociales más complejos a lidiar. La simple opinión sobre el tema moviliza todos los a priori que cada sociedad carga en su ideología y en su historia. El debate es muy necesario en tanto que,  mientras las drogas conocidas  hacen estragos, nuevas drogas y  prácticas adictivas aparecen. Según el informe de 2018, de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC): “el uso no médico de remedios recetados está emergiendo como una gran amenaza para la salud pública y la aplicación de la ley en todo el mundo, donde los opiáceos causan el mayor daño y representan el 76% de todas las muertes implicando las drogas”.

El fentanilo es un opiáceo 50 veces más potente que la morfina, en medicina se utiliza como analgésico y anestésico, pero es desviado para  uso recreativo, y, entre prescripción médica y venta ilegal, su consumo aumenta día a día siendo responsable de numerosas muertes por sobredosis en los Estados Unidos. El Tramadol es otro opiáceo anti dolor, el abuso de su consumo es lo que causa más daño en la drogadicción africana. El primer contacto de los usuarios con estas drogas, en la mayoría de los casos, es terapéutico, pero por su alto poder adictivo lleva a algunos a la muerte por sobredosis o le abre las puertas a otra droga hermana como la heroína.

Cuatro preguntas son, probablemente, necesarias para pensar cuál sería la manera  más eficaz para enfrentar el problema de las drogas y el porqué del fracaso total de la guerra en su contra: ¿Por qué una parte de la población se droga y la otra no? ¿El adicto, en general,  o el adicto a las drogas en particular son viciosos (por placer) o enfermos del comportamiento? ¿Por qué solo algunas drogas son penalizadas y no otras que son mucho más peligrosas?  ¿Por qué la guerra frontal contra las drogas iniciada por Nixon desde el año de 1971, no se ha ganado mostrando en la práctica todo lo contrario?

Respondiendo a la primera pregunta, hay un consenso general sobre las causas por las cuales una parte de humanos consumen drogas: el rechazo al dolor físico o psíquico y la búsqueda del placer. Habría que agregar una tercera, en razón de nuestro instinto gregario, la necesidad de ser aceptado o reconocido por sus pares, y una cuarta,  la curiosidad innata del hombre, acompañada por el manto de la ignorancia.

Los adelantos tecno-científicos en neuropsiquiatría han permitido descubrir los circuitos cerebrales del placer y del dolor. Las endorfinas son péptidos opioides producidos por nuestro propio organismo por la glándula pituitaria y el hipotálamo. Su producción se realiza cuando hay excitación de cualquier índole, cuando se ingieren algunos alimentos, o cuando los humanos resienten el dolor, se enamoran o experimentan el orgasmo... Las endorfinas funcionan como neurotransmisoras y sus efectos analgésicos y de sensación de bienestar son parecidos a los opiáceos, activando las mismas áreas de la recompensa en el cerebro.

Las endorfinas no son los únicos neurotransmisores sinápticos ni las solas moléculas del bienestar que influyen en el estado de ánimo, intervienen también  la serotonina, la oxitocina, la dopamina, esta última  precursora de la adrenalina y la noradrenalina. Que sean estimulantes, depresoras, alucinógenas, etc., las drogas al entrar en el torrente sanguíneo y llegar al cerebro imitan alguno de estos neurotransmisores.

El problema es que la dopamina secretada naturalmente por el cerebro se multiplica doscientas veces cuando consumimos alcohol o nicotina;  por cuatrocientos con la cocaína; por mil con las anfetaminas. El drama consecuente al consumir repetidamente estas sustancias es que el cerebro modifica los caminos del metabolismo del químico, y se esclaviza al pedir cada vez más la sustancia que lo excita. Los consumidores que aspiran a liberarse del dolor o alcanzar quimeras de libertad, pierden en realidad esa libertad tan buscada, encontrando en su lugar, muchas veces la muerte.

Que la apetencia por las drogas se encuentre en los genes es una teoría plausible. Se ha observado en nuestros ancestros lemúridos en Madagascar, una predilección por un líquido fermentado y con alto contenido de alcohol en un fruto de palma, a pesar que ingurgitan una buena cantidad no se les ve ebrios, según algunos científicos, existe una memoria genética para el alcohol, solo que la técnica avanza más rápido que nuestra adaptación y no somos capaces de metabolizar correctamente el alcohol.

Las observaciones en la naturaleza son contradictorias, el alcohol es el más presente de las drogas, particularmente en las frutas fermentadas y en algunas flores, pero ni los insectos ni los animales que beben se les ha notado ebrios, en cambio algunos animales que se han topado accidentalmente con bebidas fuertemente alcoholizadas (preparadas por el hombre) se han vuelto adictos, como los micos verdes de la isla caribeña  de Saint-Christophe, pero, al igual que los humanos, solo una minoría se vuelve alcohólica, al punto que su esperanza de vida es de tres meses. De resto (excepción hecha del alcohol natural y en pequeñas dosis), la casi totalidad de los animales e insectos no son atraídos espontáneamente por las drogas, pero si se inducen a la fuerza a ellas, no solo se vuelven adictos, sino que a pesar de tener que pasar por pruebas dolorosas en la experimentación (choques eléctricos) no pueden abstenerse. Lo que nos lleva a la segunda pregunta.

¿El adicto, en general,  o el adicto a las drogas en particular son viciosos (por placer) o enfermos del comportamiento? La etiología de la adicción es tan basta que no se puede resumir en unas cuantas páginas, lo que podemos avanzar, sin embargo, es que la persona adicta (bulimia, juego, internet, drogas, etc.) tiene una personalidad dependiente. Múltiples estudios confirman que hay una correlación entre los disfuncionamientos en el apego madre/hijo en la temprana edad (la madre o el sustituto maternal no le pudo brindar una atención adecuada al bebé  entre cero y tres años) y la personalidad dependiente. Hay que aclarar que la diada disfuncional no solo se suscribe en los hogares desestructurados (cuyos niños predicen en la edad adulta una prevalencia mayor de delincuencia), sino también en los hogares “normales” y en todas las clases sociales, puesto que las fallas en la interacción entre la madre y su bebe pueden obedecer a una variedad infinita de obstáculos, que los problemas de la vida amenazan o le atraviesan cotidianamente a dicha relación e incluso algunas veces partiendo del mismo bebe. El fenómeno se extiende cada día, porque las mujeres, desde la segunda guerra mundial, cada vez más trabajan fuera de sus casas, aun teniendo recién nacidos. El tiempo que les acuerda la empresa para ocuparse de los pequeños es, en el mejor de los casos, de máximo  un año. Los gobiernos haciendo consciencia de estos problemas han comenzado a prolongar, por ley, las licencias de reposo maternal y hasta paternal indemnizadas. 

Al cuadro clínico de los sufrimientos que traen algunos individuos desde su infancia se le agregan los traumatismos de todo  tipo: violencia física o psíquica, (el matoneo u otros acosos en el colegio, en el sitio de trabajo o en las redes sociales), las agresiones de tipo sexual, sin olvidar  el impacto de la pobreza absoluta y relativa. Los motivos para escapar de la realidad o intentar aliviar un cotidiano de  pesadilla abundan, por tanto vale la pena preguntarnos: ¿Una persona lastrando tantas amarguras y desesperanzas o simplemente con desórdenes mentales es viciosa o  enferma? 

Intuitivamente se sabe que existe una distinción entre el consumidor de droga ocasional y el adicto a las drogas, existiendo para ambos siempre una primera vez. Si bien muchas personas nunca han probado drogas psicotrópicas alguna, las estadísticas en este dominio no son fiables porque si se incluye el café, el alcohol y el cigarrillo y se le suma el azúcar, que a pesar de no alterar el sistema nervioso es adictivo y particularmente dañino, de las drogas no escapa casi nadie. Cabe entonces preguntarse ¿Si al instar de una persona depresiva, paranoica o con algún desorden mental el consumo de drogas es de su responsabilidad? O ¿Una persona auto destructiva por su historia familiar y afectiva o cualquier traumatismo es enteramente de su falta? Lo que nos lleva a la tercera pregunta y a la sospecha del rol parcial que juega la prohibición del consumo de algunas drogas, incitando precisamente su consumo.

¿Por qué solo algunas drogas son penalizadas y no otras que son mucho más peligrosas? Las principales objeciones para no tratar como enfermos a los adictos es la que expresan algunos puritanos cuando gritan ¿y los que no tienen la excusa de desórdenes mentales o traumas qué? Todos oímos, por ejemplo, lo que algunos bebedores de alcohol dicen “tomamos cuando estamos felices o cuando la desdicha nos agarra por el cuello”. En un experimento de investigadores dirigidos por Ulrike Heberlein de la Universidad de California, San Francisco y publicado en la revista Science en marzo 2012, observaron en laboratorio las moscas Drosophila donde los machos que no pueden copular con las hembras prefieren moverse hacia una fuente de comida alcohólica. Parece ser que reemplazan una recompensa por otra, porque a nivel de neurotransmisores, estas dos acciones tienen el mismo efecto, la frustración es sublimada con el alcohol.

Huir de una realidad difícilmente aceptable; minimizar el sufrimiento interior o escapar de la desazón de los auto-ataques causados por algunos desarreglos mentales o querer autodestruirse son asuntos médico-psiquiátricos. Por el contrario, divertirse y tratar de ser feliz es la otra cara de la moneda “droga”. Sin tener espacio para entrar en la polémica de lo que es legítimo y perteneciente al fuero íntimo de cada individuo y que hace parte de las libertades individuales, solo hagamos esta pregunta: ¿Por qué un bebedor de alcohol, por ejemplo, en algunos países musulmanes  es considerado un delincuente, mientras que en la mayor parte del mundo alguien que “empine el codo”, es un ciudadano chévere, que desea pasarlo bien, que está feliz, que celebra, que está despechado, que está triste…? La respuesta es la creencia hecha ley, con el agravante que el enunciado jurídico es una frase realizadora¹, la cual al criminalizar el producto designado, los consumidores, los distribuidores y los productores, vuelve en la mayoría de los casos, criminal y violenta toda la cadena señalada.

Terminemos, parcialmente este tema, con lo que escribe el periodista Dan Baum, ya citado: “La mayor parte de lo que odiamos y tememos sobre las drogas -la violencia, la sobredosis, la criminalidad- se deriva de la prohibición, no de las drogas. Y tampoco habrá victoria en esta guerra; incluso la Drug Enforcement Administration reconoce que las drogas que combate son cada vez más baratas y más fáciles de conseguir”.

¹ Enunciado “perfomativo” o auto-realizador es una noción desarrollada por el filósofo británico John Langshaw Austin (1911-1960) en 1962 “Cómo hacer cosas con palabras: Palabras y acciones (How to Do Things with Words). Barcelona: Paidós, 1982.                                                                                                              

Continua.