Tráficos, guerra, drogas y adicción (I)

El comercio o tráfico ilegal prospera a menudo gracias a las guerras y estas se financian a su vez de ello. Hoy día la economía neoliberal necesita más que nunca de los dineros que dejan los tráficos ilícitos y la corrupción. Esto se debe, más que todo, a una contradicción intrínseca de la posmodernidad y de la manera de funcionar capitalista que con los adelantos tecno-científicos, la robotización y la experiencia en el saber-hacer aceleran la creación de la riqueza, al mismo tiempo que disminuyen el trabajo necesario en la elaboración de sus productos, este fenómeno reduce, por contragolpe, los beneficios que se retiran del plus-trabajo.

De lo anterior se antoja una pregunta: ¿Con cada vez menos beneficios del capital productivo, cómo se haría para comprar la enorme cantidad de riquezas que se producen y aumentan exponencialmente  cada segundo? La respuesta más convincente es que el desequilibrio entre la oferta y la demanda de productos se colma con la ayuda de los dineros ilegales y la moneda de crédito (que es creada de la nada, es decir respaldada por otra moneda ex-nihilo). Sin estos dineros ficticios por los unos e ilegales por los otros, es muy probable que las crisis recientes hubieran sido mucho más devastadoras. Pero como el ciclo se reinicia sin interrupción, la deuda pública y privada continúa creciendo sin cesar y los tráficos prohibidos aumentan esperando otras crisis.

Los dineros ilegales, después de pasar por las operaciones de blanqueado, van dejando comisiones en cada paso e integran mínimamente la economía propiamente real, -construcción y comercio, principalmente,  pero la mayor parte de los capitales ilegales se esconden en los paraísos fiscales y de allí las instituciones financieras privadas lo utilizan, ya sea como respaldo para palanquear los prestamos multiplicadores en los bancos centrales, o para que sirvan a las grandes operaciones de especulación o a las ofertas públicas –agresivas- de compra de empresas (OPA) y cuyo fin no es otro que monopolístico,  entre otros, pero sin necesidad de agravar los balances contables de la deuda. Lo que muchos olvidan es que el tráfico de armas, de drogas y la creación de la moneda de crédito con su especulación tienen una alta potencialidad de acabar con el propio capitalismo. Entretanto, nuestro país,  en medio de la guerra contra sustancias psicoactivas, continúa poniendo muertos y  sufrimientos, resignándonos a ser reducidos a una minúscula pieza en la enorme mecánica mundial de este cambalache.

El común denominador de nuestra manera de funcionar es que todo se lo debemos a las creencias, muchas veces, enfundadas dentro de intereses económicos o, simplemente, de poder político. Las creencias influyen de tal manera en los comportamientos sociales y elaboraciones jurídicas que a veces se oponen, según los lugares o las épocas. En Estados unidos desde 1825 se crearon las “ligas de temperancia” que impulsaban la prohibición de bebidas alcohólicas, como en el Estado de Maine en 1826, a lo que se le sumaron otros 12 Estados en 1855, y en 1875, también se proscribió el uso del opio en San Francisco. Mientras que en el otro lado del océano y casi en los mismos años, el Imperio Británico le declaró la primera guerra del opio a la China entre 1839 a 1842, para obligarla a aceptar el comercio del opiáceo que la compañía británica de las Indias Orientales cultivaba en el subcontinente asiático. Una segunda guerra, en donde participaron otras fuerzas coloniales (Francia, Rusia, USA) al lado de los británicos, fue necesaria para que la China levantara toda interdicción del comercio del opio (1856 y 1860). No se puede alegar que en aquellos tiempos no se sabía de la peligrosidad que traía consigo el consumo del opio. En 1913, en China, el emperador Jiaqing al descubrir que numerosos eunucos y oficiales de su guardia fumaban opio, decreto la pena de muerte para los consumidores, sin embargo, el consumo se desarrollaba, en 1835 había en el gigante asiático dos millones de fumadores de esa sustancia, en 1886 los usuarios ocasionales o permanentes alcanzaban los 100 millones.

En el siglo XX, los norteamericanos continuaron oponiéndose, tanto al consumo de alcohol como de la cocaína (la fórmula inicial de la bebida Coca-Cola incluía extractos de coca) y del opio. El país del norte lideró el control de las drogas como la morfina, la cocaína y sus derivados, junto con los principales países europeos, Japón y China, a través de la primera conferencia internacional sobre el opio, la Convención Internacional del Opio en 1912, implementada en 1915 y puesta en vigencia en 1919, después de la primera guerra mundial. A nivel interno, los legisladores estadounidenses aprobaron la ley  « Pure Food and Drug Act” y el 17 diciembre 1914, el “Harrison Narcotics Tax Act”, prohibiendo la importación,  venta y  uso de cocaína, opio, morfina y heroína. El alcohol tuvo lo suyo con la prohibición nacional entre 1919 a 1933. Su fracaso no sirvió de lección, pero sí dejaron unas mafias fortalecidas, cuyo poderío se resiente todavía.

 Se puede decir no obstante, que la guerra en forma contra las drogas fue la que declaró Richard Nixon, el 21 de septiembre de 1969, con la “Operación Intercepción”. Esta cruzada escondía varios objetivos, unos conscientes y otros tal vez no muy claros al principio. En una publicación de la revista neoyorquina Harper’s en el 2016, el periodista Dan Baum refiere que en una entrevista realizada en 1994, con quien era consejero jurídico y luego consejero de gobierno del presidente Nixon, John Ehrlichman (condenado por la conspiración del Watergate), le confiesa, que para Nixon en la época los principales enemigos eran los afrodescendientes y los pacifistas, como no era posible confrontarlos directamente, lo mejor fue asociar los primeros a la heroína y los hippies pacifistas a la marihuana, y en seguida con las políticas represivas criminalizarlos a los ojos de la opinión pública. Esta relación de retroalimentación entre ley y creencia es tan evidente, que por ejemplo, los que beben alcohol o los fumadores de cigarrillos no son en la actualidad criminalizados en la mayor parte del planeta, precisamente las leyes al no penalizarlos, trae como consecuencia que la sociedad no los estigmatice.

Lo que posiblemente no era muy premeditado, es que Nixon al anunciar el fin de la convertibilidad entre dólar y oro el 15 de agosto de 1971, le abrió las puertas de par en par a la moneda de crédito, necesaria a la expansión del neoliberalismo. La moneda de crédito podía al fin liberarse, iniciando la era de la deuda y de las especulaciones financieras, pero como todos saben que la deuda no puede crecer al infinito, los dineros ilegales son llamados a prestar servicio. Un ciclo vicioso entra entonces en juego, las prohibiciones generan guerras, al mismo tiempo que los tráficos que las mismas prohibiciones desarrollan permiten a las mafias ganar mucho dinero, los que, a su turno, en su ilegalidad son cooptados por las finanzas internacionales, y en este circuito los pueblos ponen sus muertos. La guerra contra las drogas se perdió desde hace años. La exploración de otros caminos es una necesidad de primer orden.