Todos contra Petro
Los últimos acontecimientos políticos confirman el vaticinio de las casas encuestadoras: que Gustavo Petro era el único capaz de unir a todo el establecimiento tradicional en contra suya. Y cuando se escribe todo el establecimiento, con sus pros y sus contras, es porque no faltó nadie.
Petro hizo el milagro de reunir, en un solo saco, los despojos de la Unidad Nacional de Santos, al uribismo (el enemigo más mendaz de aquella) y a otros núcleos retardatarios, como el sector troglodita de Alejandro Ordóñez. Es decir, el miedo a Petro provocó que los antiguos enemigos olvidaran sus diferencias y se unieran, pasando por encima de las heridas y las diferencias.
Ningún otro candidato podía lograr tanto en tan poco tiempo. Es cierto que una causa primordial de la estampida a favor de Duque fue el pavor que despertaron las ideas económicas de Petro. Pero el principal motivo de ese terror colectivo fue la idea de que ese aspirante convirtiera a Colombia en otra Venezuela.
De nada sirvieron sus declaraciones contra el modelo económico venezolano y las fuertes críticas contra la dictadura de Maduro. Apenas pasó Petro a segunda vuelta, se armó la estampida, se olvidaron todas las peleas del pasado, y surgieron las declaraciones de adhesión al candidato de la ultraderecha.
Cabe imaginar que los más contentos con el aguacero de apoyos fueron el propio Duque y Uribe. Semejante espaldarazo les asegura todas las maquinarias clientelistas, la mayoría de los jefes de la centro-derecha nacional y la gran votación amarrada por estos mediante sus tentáculos clientelares, lo cual se une a los “votos de opinión” de quienes quieren hacer trizas el proceso de paz.
Será muy difícil para Petro y las fuerzas alternativas derrotar a un monstruo tan multicabezas como ese, a menos que se produzca una protesta masiva contra lo que este representa, liderada por la centro-izquierda ganadora (aunque con tres candidatos) de la primera vuelta presidencial. Sin embargo, esta última opción tiene el rostro de una de esas utopías irrealizables, debido a como discurren los hechos políticos del momento.
El mundo de la candidatura de Duque se compone de lo peor de los políticos nacionales (auténtica hidra maligna). Empezando por su jefe, Uribe, quien acecha para asaltar al Estado, con el propósito de obtener impunidad para sus delitos y los de sus amigos. En pos de eso, Uribe y los suyos han dado pruebas de no respetar el Estado Social de Derecho, ni a nadie que se les oponga.
En los últimos dieciséis años, el uribismo ha hecho de todo: ha difamado, calumniado, perseguido y chuzado a los enemigos, porque todos los opositores de su proyecto de desintegración del país son percibidos así: como enemigos. Ha violado la ley, y tiene gente presa y huyendo por actos de corrupción. ¿Es adecuado pensar que, si gana, respete lo que nunca ha respetado?
Entre los acompañantes del uribismo predominan los políticos con los peores antecedentes: Alejandro Ordóñez, un hirsuto cruzado medieval en pleno siglo XXI, irrespetuoso de la ley y de los derechos individuales, y dispuesto a gobernar poniendo la Biblia por encima de la constitución nacional. Este personaje oscuro representa el regreso de lo peor del pasado, en la forma de un fanático religioso.
El resto de los partidos e individuos que corren en estampida detrás de Duque integran la hidra de la política tradicional, es decir, allí están los parásitos que se mantienen chupando la ubre del erario, los compradores de votos, los depravados que se lucran con el dinero de la comida de nuestros niños y con la plata que debería servir para curar a los enfermos, entre otras especies de la fauna politiquera de la nación que ha envilecido la política.
Todos los partidos o grupos que le dieron cabida a las mafias de cuello blanco, expertas en asaltar el erario y en irrespetar lo público, están ahí al lado de Duque, rebosantes de pavor contra Petro, quien ha demostrado que es un enemigo irreconciliable de los corruptos.
Ojalá que la última vuelta se convierta en un referendo contra la corrupción, y que el pueblo colombiano desarmara la trinca orquestada por la campaña de Duque. Esa victoria sería algo así como un golpe severo de la decencia contra la depravación política de nuestros politiqueros tradicionales.
Pero si gana el candidato de Uribe, tendremos más de la misma corrupción e irrespeto de lo público y de la ley que ya nos hastía, y también se abre la posibilidad de caer, con Uribe recargado, en el hoyo negro de un gobierno autoritario o, quizás, totalitario. Que Dios nos coja confesados.