Stalin, el hombre de acero
Stalin significa “hecho de acero”. Este fue el seudónimo de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, el líder de la Unión Soviética durante la primera mitad el siglo XX.
Ese personaje ingresó en la historia cargado de múltiples interpretaciones: para algunos fue el padre de los pueblos oprimidos; para otros, un monstruo feroz que convirtió a la URSS en un gran campo de tortura y muerte.
Stalin fue venerado en la Unión (y fuera de esta) como el gran timonel de la revolución socialista y padre de los pueblos oprimidos, imagen que él y sus aliados reforzaron en todas partes mediante una hábil campaña mediática, a tal punto de que era percibido por las masas casi como un dios, como una persona que poseía el don de la infalibilidad, lo cual le garantizó legitimidad y poder.
Pero bajo esa apariencia benigna se escondía algo turbio, un enredo que los historiadores se han encargado de sacar a la luz desde hace décadas. Tales hallazgos históricos aclaran las facetas más desagradables de un hombre que, supuestamente, luchaba por construir una sociedad más humana, donde imperaran la verdad, la decencia y la limpieza moral.
El rostro oculto de Stalin es el de un individuo degradado por la ambición del poder y sin ninguna clase de escrúpulos para hacer valer sus intereses, lo cual lo llevó a utilizar cualquier método contra sus adversarios. En sus batallas utilizó la mentira, el complot, la violencia y el cinismo más vil para deshacerse de los competidores dentro del partido, a quienes empujó a la ignominia al convertirlos en enemigos del pueblo sin serlo, y en reos condenados a muerte por traición sin merecerlo, porque lo habían entregado todo a la revolución.
Uno a uno los antiguos dirigentes que acompañaron a Lenin en las primeras etapas de la construcción del socialismo fueron demeritados y expulsados del partido, enviados al exilio o muertos de manera sospechosa, siempre satanizados como enemigos de la revolución. Lo mismo ocurrió con sus supuestos o reales seguidores, caídos en desgracia por orden de Stalin.
Después de la muerte del líder, mucho se hizo en la Unión Soviética para descorrer el velo de mentiras que cubrió por décadas su imagen. Y bastante se ha hecho hasta hoy para poner sobre el tapete sus crímenes y para desbaratar el culto a la personalidad que aún pervive en las mentes de algunos de sus compatriotas y de los simpatizantes del extranjero.
Pero ese trabajo de reconocimiento y exaltación de la verdad no ha sido fácil, porque siempre contó con la oposición de los fieles a Stalin y al estalinismo. Atacar la memoria de este dirigente equivale, según la lógica de ciertas personas, a combatir los fundamentos del socialismo. Para los estalinistas, la defensa de la revolución está por encima de todas las demás consideraciones éticas. Ese fin justificó en el pasado el uso de todos los medios, y justifica en el presente la misma praxis política.
De ahí se deriva un comportamiento fanático que convierte en enemigos a todos los que no comparten esas creencias y, por esa ruta, conduce a la justificación de todos los medios para someter al adversario, incluidas la censura, la discriminación, la represión, el macartismo o el empleo de la violencia indiscriminada.
Ese modelo de comportamiento político se volvió Estado en la época de Stalin, y no solo operó contra los blancos sino contra los propios rojos. La consecuencia más visible de ese hecho fue un régimen totalitario que cercenó las libertades más elementales y transformó la justicia y la legalidad en una mascarada. El cinismo y la vileza se volvieron la norma, en una sociedad siempre expuesta al escándalo que, sin embargo, se mantuvo ahí gracias a la mano firme del verdugo de acero. La máxima prueba de ruindad y bajeza política fue el desarrollo de los “juicios”
contra los dirigentes del partido opositores de Stalin, en la tercera década del siglo XX. El aparato político controlado por el líder y la maquinaria estatal sirvieron para aplastar a esos “enemigos del pueblo”, convirtiendo a los jueces en muñecos de ventrílocuo y a la opinión pública en objeto pasivo de la manipulación.
Todos esos crímenes y los gulags que se esparcieron por la Unión Soviética han salido a la luz, junto con los métodos de tortura de los totalitarios estalinistas, empleados para reducir a quienes contrariaran los designios de Stalin. ¿Es moralmente válido defender un modelo político como este, que no respetó la verdad ni la dignidad de nadie? ¿Es justo y correcto aceptar las aberraciones estalinianas, aun con el argumento de que los excesos se cometían por defender el socialismo?
Robert Conquest es uno de los autores que más ha contribuido a demoler el mito de Stalin, elaborado desde los años treinta del siglo anterior, y vigente todavía en algunas mentes crédulas (véase El Gran Terror: las purgas de Stalin en los años 30, entre otros de sus rigurosos trabajos. Escritos de este investigador se pueden conseguir en internet).
Conquest y otros valientes estudiosos han resaltado que ese mito, ese culto a la personalidad, se sostuvo y se sostiene no solo por las manos interesadas de Stalin y sus epígonos sino por la buena fe de los creyentes. Como ocurre en el caso de las religiones más herméticas, no es fácil desmontar procesos internos de mentalidad cuando estos se sostienen en las necesidades más profundas de los fieles, derivadas de sus esperanzas, deseos o amarguras.
Tampoco resulta fácil demoler ciertos imaginarios colectivos dañinos debido a que estos suelen estar basados en fuertes tradiciones políticas y en redes de sociabilidad que retroalimentan el proceso político y el faccionalismo ideológico, como ha ocurrido hasta el momento con los estalinistas y con el estalinismo como tradición y práctica política.
El modelo represivo de Stalin fue un retroceso y una involución histórica, y podría ser equiparado con el sistema de los inquisidores medievales o con las estrategias de los sanguinarios agentes del nazismo. Por sus prácticas, ese líder y los suyos le hicieron mucho daño a la humanidad y al cuerpo de ideas con las que se pretende construir sociedades más humanas, menos violentas y desiguales.
Ningún fin justifica las aberraciones cometidas por Stalin y sus secuaces contra lo mejor de la inteligencia que acompañó a Lenin y contra el pueblo de la Unión Soviética. Nada sirve para justificar, a la luz del ideario socialista, los métodos gansteriles de este líder y sus esbirros, empleados para construir un poder totalitario que actúo como una mano negra contra tirios y troyanos, falsificándolo todo y destrozando la verdad.
A las nuevas generaciones, preocupadas por la construcción de una sociedad más igualitaria y humana, les queda la tarea de aprovechar los conocimientos históricos para aprender de esa época turbia, con el propósito de evitar los métodos y los crímenes de Stalin.
Ningún fin, por más altruista que aparente ser, justifica el surgimiento de otro monstruo como el hombre de acero. Que la vida nos libre de estos “salvadores” de la humanidad