Soberanía ciudadana
Cerraremos con este artículo el tema de las modalidades democráticas remarcando la extraordinaria imbricación que hay entre las creencias políticas, los sentimientos y las emociones. Así, el afecto por nuestra música, cultura, paisajes, equipo de futbol etc., se calza en la idea política de nación, que por manipulación o por intención propia, sirve a algunos de soporte emocional para odiar al prójimo, por el simple hecho que no tuvo el privilegio o el infortunio según el punto de vista, de haber nacido en nuestro terruño. Si el poder se sirve de esta confusión para dominarnos, al mismo tiempo nos despoja de la única herramienta que tenemos para codirigir nuestro destino común: la parcela de soberanía política que poseemos todos y cada uno de nosotros.
La política sí puede cambiar el mundo y la vida de cada quien. Demostrarlo, no es difícil, aunque tal vez peligroso, sin embargo, lo que está en juego merece la pena en cualquier paraje del planeta. En Colombia, esta evidencia es aún más urgente, cuando observamos el alucinante contraste entre las ganas indecibles de vivir, de divertirse, de ser feliz en todos nuestros caseríos, veredas, pueblos o ciudades y el manto de violencia y muerte que cubre y se descubre frecuentemente en el país. No digamos que somos los más felices, o que el ímpetu de vida de nuestra Curramba carnavalera, de la feria de Cali, de las fiestas del 11 de noviembre en Cartagena y tantas otras fiestas públicas o privadas sean las más entusiastas entre los entusiastas. Las ansias de vida y la alegría común y compartida se replican con formas diferentes del convivir humano, en cada rincón de la tierra. No nos pretendamos tampoco ser los campeones de la violencia, otros países entretejen lazos mucho más estrechos y cotidianos con la barbarie. Lo que sí podemos afirmar es que la fuente de la violencia política y social (aquí o en otros lados), brota principalmente del mal manejo de los asuntos públicos. Una prueba de ello es que, en los países escandinavos donde, sus antepasados vikingos, que entre los siglos IX a XI invadieron a sangre y fuego gran parte de Europa, tienen actualmente los gobiernos más pulcros y honestos del globo. Además, en estos países no hay asomo de insurrección y la tasa de crímenes es una de las más bajas. Es evidente que la repartición de riquezas, bastante equitativa, no es ajena a esto, ¿qué no sería si fuera una democracia directa?
Ahora bien, la soberanía popular o ciudadana es el zócalo conceptual de la democracia directa: la sociedad en su entera composición es la que detiene el poder absoluto o soberano de la decisión política; si hay que pasar por intermediarios, estos son solo ejecutores. No hay que remontar a la Grecia antigua para encontrar ejemplos de democracia directa, los tenemos en las empresas capitalistas por acciones, donde los mandatarios tienen una obligación de resultado y si no la cumplen son simplemente despedidos de sus puestos. Las asambleas ordinarias, anuales o semestrales, son la ocasión para renovar o clausurar el contrato con los ejecutores empresariales. Por otra parte, la ventaja que tienen las democracias en general, sobre las empresas privadas es que en estas, una persona puede acumular más de una acción y por lo tanto más votos, mientras que el común denominador de las democracias es que a una persona le corresponde un voto. De otra parte, la revocación del mandatario, no necesita ni plazo, ni pasar por instancias judiciales, ya que el procedimiento de revocación puede desencadenarse rápidamente.
Una de los mejores atributos de una democracia directa es que las proposiciones y programas de gobierno, pueden votarse independientemente de quienes lo ejecuten, luego en otra votación distinta, según la competencia, idoneidad, honestidad etc., se designan quienes ejecutarán este programa. Por último, una de las objeciones que los detractores le hacen a la democracia directa es el tamaño de un país y la dificultad para realizar los escrutinios a menudo. Hoy día ya los avances tecnológicos nos permiten levantar ese escollo. La acumulación del saber y la colaboración en los dominios informáticos hacen proezas; hay que ver cómo el sistema colaborativo y benévolo de Linux es más eficaz que los demás sistemas, igual sucede con el navegador internet Mozilla Firefox.
La totalidad de las Constituciones en el mundo estipulan que el poder originario le pertenece al pueblo, pero que este poder se gestiona a través de las instituciones representativas. Para instaurar una democracia directa se necesita para comenzar, cambiar el texto: el poder originario, intermedio y final nace, se desarrolla y muere en la sociedad y su gestión es exclusivamente reservada a sus instituciones directas. Si tenemos el poder directo, democrático y ciudadano acabaremos con la corrupción, con la abstención y reduciremos drásticamente las causas de la violencia política y social. Al fin nuestro destino estará en nuestras manos y si fracasamos en el intento, al menos será la responsabilidad de todos. Una sola certitud, si nos sentimos comúnmente garantes de todos, todo cambiará y seguramente, miles de millones de personas, como dice una canción albergarán menos tristezas en sus corazones.