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Siria y las travesuras de Trump

Siria se debate en una guerra civil muy compleja y de difícil resolución. Su presidente, Bashar al-Ásad, gobierna desde el año 2000, luego de suceder a su padre, Háfez al-Ásad, quien falleció de una paro cardíaco, después de gobernar el país por casi 30 años.

Bashar ha gobernado de la mano del Partido Baath y de la minoría musulmana alauita, estableciendo un régimen autoritario que le ha cerrado los espacios a los opositores. De hecho, al-Ásad fue elegido para la presidencia, por un período de 7 años, mediante referéndum y como candidato único en el año 2000, en el 2007 y en el 2014.

Internamente, el poder se sostiene por el apoyo del ejército y del Partido Baath, aunque la mayoría de musulmanes sunnitas (y los demás enemigos de al-Ásad) han logrado desestabilizarlo, copiando la ola de la Primavera Árabe, que logró barrer o conmocionar a otros gobiernos en África y Asia.

Los opositores han intentado quitarse de encima la “dictadura de al-Ásad” por medios políticos, lo cual ha sido infructuoso. Por esto, radicalizaron su enfrentamiento y se embarcaron en una guerra civil que, hasta ahora, sobrepasa los 400.000 muertos y los más de 6.000.000 de desplazados y refugiados.

La solución de este conflicto es complicada porque allí no contienden dos o tres adversarios, sino muchos, cada uno con sus intereses religiosos, políticos, económicos, étnicos o geopolíticos. La oposición siria está completamente fraccionada, y es tan contradictoria que no logra ponerse de acuerdo en lo interno, aparte de que divide el apoyo externo de manera casi inverosímil.

Los rusos y los iraníes apoyan abiertamente al gobierno sirio por razones geopolíticas. Lo que se juega en Siria tiene que ver con la relativa estabilidad de una zona en que se involucran Israel, Irak, Turquía, El Líbano, entre otros países. Un gobierno distinto al de al-Ásad, alineado con cualquier poder contrario al de los rusos o al de los iraníes, será visto como un grave problema para los intereses de estos últimos.

Los gringos se han ido contra al-Ásad porque lo perciben como un grave riesgo para su aliado Israel, y porque no les garantiza facilidades para hacer sus negocios relacionados con el petróleo, o para transitar sin riesgos por el Oriente Medio. Por motivos geopolíticos diferentes a los de los rusos, Estados Unidos concibe a Siria como un puntal que puede jugar a favor o en contra de sus intereses generales.

El Estado Islámico, que también tiene sus garras metidas en Siria,  participa en la guerra civil en contra de al-Ásad. Pero una parte de la oposición a este se le enfrenta militarmente al EI, así como el ejército sirio. La presencia de Isis en este conflicto ha logrado unir a dos potencias que están divididas por al-Ásad: Rusia y los Estados Unidos.

Y ese grupo extremista no solo concita el rechazo de los dos principales poderes externos involucrados en la guerra civil, sino el de la mayoría de la llamada comunidad internacional. De hecho, se han producido campañas militares contra el Estado Islámico en que han participado los rusos, los norteamericanos y otras naciones.

La locura y el caos de la guerra civil en Siria es muy difícil de resolver. El país está destrozado y fraccionado en facciones irreconciliables, fuera de estar sumido en una guerra con múltiples combustibles. En medio de este rompecabezas, los Estados Unidos piden la salida de al-Ásad, petición inconcebible para los rusos y para los iraníes, lo cual agrega otro elemento al conflicto.

Es claro que la guerra civil no podrá superarse poniendo de acuerdo solo a los agentes internos sino, sobre todo, a los internacionales, especialmente a Rusia y a los Estados Unidos. Siria es ya un gravísimo problema para Europa, por el impacto de los desplazados y refugiados.

En su territorio (y fuera de este) no se juegan únicamente los intereses económicos y geopolíticos de los rusos y los norteamericanos, sino la estabilidad social y política de los europeos. Cabe recordar que el resurgir del nacionalismo de ultraderecha tiene una importante fuente en los inmigrantes de Asia y África.

Debido a esto, Europa debería involucrarse mucho más en esa guerra, pero no para acrecentarla, sino para tratar de inducir una salida política, si aún queda espacio para una solución de esta clase.

Dejarle la iniciativa al travieso Trump podría traer consecuencias indeseables para la región y para todo el planeta. Este individuo, presionado por sus opositores e inmerso en escándalos domésticos, tratará de salvar su propia cabeza aún al costo de acercarnos todavía más al holocausto nuclear.

Quizás una salida para la guerra civil Siria consista en construir un gobierno de transición que incluya a al-Ásad, pero con la participación de la mayoría de sus opositores. No es fácil, pero es la única alternativa para evitar la disolución total del país.

Los bombazos de Trump arreglaran muy poco, y permitirán, por el contrario, radicalizar aún más a las fuerzas internas y externas que están del lado de al-Ásad. Así mismo, repetir la historia de Gadafi será como repetir la historia de Libia en territorio Sirio, y en una escala más dramática.

Si el travieso Trump sigue echando bombas para quitarse de encima la presión de sus adversarios internos, le podría abrir aún más la puerta, no solo a la agudización del conflicto sirio, sino a una guerra de más alcance.

El conflicto civil en Siria es más peligroso que cualquier otro en el planeta, sobre todo porque allí operan las manos incendiarias y los intereses inescrupulosos del presidente Trump.