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Si gana Uribe, pierde Colombia

El triunfo de Iván Duque en las próximas elecciones presidenciales representará, también, la victoria de Álvaro Uribe, si se parte del supuesto de los datos de las últimas encuestas. Duque le abrirá las puertas del poder ejecutivo a su mentor, para la felicidad de medio país y para el sufrimiento de la otra mitad.

El ascenso al poder desde el Congreso y desde el ejecutivo, mediante un presidente de bolsillo, le facilitará las cosas a Uribe, para continuar la tarea de demolición que empezó en sus dos mandatos anteriores. Este expresidente no solo ayudó a demoler a las Farc, sino a la política, a la ley y a las instituciones nacionales.

Uribe se pasó por la faja las normas legales, compró votos con prebendas para conseguir la reelección, cohonestó el mal manejo de los recursos públicos por parte de sus amigos, y convirtió el desaparecido DAS en un brazo político-militar al servicio de la ultraderecha y de los paramilitares.

Álvaro Uribe deslegitimó las instituciones, al orientarlas hacia la guerra a muerte contra la guerrilla y la izquierda, y al poner por encima de las leyes y de la constitución esa guerra, instituyendo el todo vale como política de gobierno.

Quien se atreviera a criticar sus decisiones, o la corrupción que campeaba en todas las instancias del Estado, era puesto de inmediato en la picota pública como amigo de la guerrilla, o como aliado del terrorismo, con las consecuencias para la seguridad personal que esto provocaba en quienes convertía en sus víctimas.

Uribe institucionalizó, desde el Palacio de Nariño, la mentira, el cinismo más vergonzante, y se alió con toda clase de gente descompuesta para demonizar a sus enemigos, para hacer montajes mediáticos y organizar complots, con el objetivo de descalificar o destruir a sus opositores o a sus críticos.

Si gana Duque, su protegido, nada indica que Uribe abandonará su tarea de demolición de lo que aún queda del Estado de Derecho. Las secuelas de la guerra lo muestran como una víctima del conflicto, pero también como uno de los peores victimarios.

Hay muchas pruebas que lo involucran en más de un delito, incluidas algunas masacres que, según la Corte Suprema, no van a prescribir porque se convirtieron en crímenes de lesa humanidad. Sí esto es así, con la victoria de Duque se avecina otra guerra legal con armas quizás más letales que las esgrimidas hasta ahora por Uribe y los suyos.

Ya el candidato Duque planteó la posibilidad de una reforma para suprimir las cortes existentes y para instituir una sola, que Uribe intentará, desde el Congreso, ayudar a armar, de acuerdo con la necesidad de cubrir de impunidad sus crímenes.

Tanto la ultraderecha como Duque le han hecho críticas muy severas a la Justicia Especial para la Paz. Detrás de esos cuestionamientos se oculta el miedo de Uribe y de quienes apoyaron el paramilitarismo de ser involucrados, de manera directa, en sucesos de la guerra, o de violaciones al Derecho Internacional Humanitario.

El miedo de Uribe a la aplicación rigurosa de la ley, debido a los crímenes que pretende ocultar, está en la base del desconocimiento de los acuerdos de paz de La Habana, y de su aspiración de hacer trizas un proceso mediante el cual podría salir chamuscado.

Después de haber sido traicionado por Santos, Uribe ha vuelto recargado de odio y de miedo. Para él la guerra aún no termina, y quizás solo concluirá cuando consiga blindarse. Pero, para lograr ese objetivo, deberá destrozar antes lo que aún sobrevive del Estado de Derecho, y someter a los enemigos y críticos del espectro político.

En esa tarea de destrucción de la institucionalidad y de la legalidad, Uribe no está solo, pues su miedo y su odio son compartidos, al menos, por la mitad del país. Los victimarios de toda la nación, quienes apoyaron las masacres y los ejércitos de los paramilitares, están, como es apenas lógico, del lado del expresidente.

Muchas de las víctimas de la guerrilla, de todas las regiones del país, también se inclinan a defender y a proteger a Uribe, como se reflejó en el pasado plebiscito, y como se refleja en la alta votación de Duque en la consulta de la ultraderecha.

Uribe sabrá seguir aprovechando la polarización nacional para protegerse y para golpear a quienes se le enfrenten. Con su trabajo desde el Congreso y con el control que ejercería del ejecutivo, intentará seguir acabando con la decencia política mediante el todo vale, que ahora asumiría una forma más personal y desesperada que la que tuvo en sus dos mandatos anteriores.

En su propósito de construir un régimen autoritario (o, si lo dejan, totalitario), Uribe se parece más a Hitler o a Fujimori que al difunto presidente Chávez. La guerra puso a este político más cerca de las pretensiones del totalitarismo de ultraderecha que de los modelos del totalitarismo de izquierda.

Álvaro Uribe es un gran peligro para el país, y es, también, el principal obstáculo para construir una democracia más inclusiva, y una política decente que le sirva a la mayoría de los habitantes de esta nación.

Así como orquestó una oposición inescrupulosa bajo los mandatos de Santos, ahora organizará un gobierno inescrupuloso, si su protegido alcanzara la silla presidencial. Si llegara a ganar con Duque, ¿qué sería de Colombia con este político que se ha limpiado la sangre de las axilas con la constitución nacional?