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Si Dios es amor ¿por qué discriminamos?

La contradicción implícita en el título de esta columna parece no existir para muchos creyentes. Pero, de hecho, se trata de una tremenda paradoja, relacionada no solo con la teología sino, sobre todo, con la práctica vital de muchas personas en nuestro país y en el resto del planeta.

Si Dios es amor, ¿por qué hay cristianos que odian, matonean y discriminan a los individuos diferentes en cuanto a sexo, género u orientación sexual? Si Dios es amor, debería incluir, comprender y aceptar, a través del vehículo de los creyentes…sin discriminar, rechazar o matonear. Si Dios es amor tendría que serlo no solo en el corazón o el pensamiento, sino en todas las cosas de la vida. Es mejor creer que si Dios es amor, nunca puede ser odio.

Algunos cristianos han tratado de salir de esta encrucijada (según la cual, si Dios es amor no puede ser odio o discriminación) planteando el siguiente criterio, también teológico: lo que ocurre es que Dios castiga o censura al pecado, pero no al pecador. La pregunta inmediata que salta a la vista con respecto a este aserto es la siguiente: en el caso de los niños y jóvenes que nacen con una predisposición natural a no ser heterosexuales sino diferentes a estos: ¿dónde encontrar al pecador y dónde al pecado?

Se supone que si no hay pecador, tampoco hay pecado y viceversa. Se trata de un callejón sin salida que, quizás, no pueda resolverse acudiendo a la teología sino a la ciencia y al humanismo, sin insinuar con esto que la religión no pueda acoplarse de ningún modo al enfoque científico, y que no contenga, también, una fuerte dosis de tolerancia y comprensión humanísticas.

Es claro que los niños y jóvenes diferentes no pueden ser vistos como pecadores en las escuelas sin cometer contra ellos una grave injusticia, alimentada por la discriminación y el matoneo. Tampoco es correcto definirlos como una aberración o como algo antinatural, porque eso eleva la intolerancia a la enésima potencia. ¿Son pecadores o una anomalía antinatural, los niños y jóvenes diferentes?

Si planteamos que son pecadores, la inquietud es la siguiente: ¿cómo pueden ser pecadores unos seres inocentes, que han venido a la vida portando un paquete genético que los impulsa a ser como son, por caminos distintos a la heterosexualidad, sin que lo sepan o lo controlen? Y si pensamos en el desarrollo de la naturaleza humana (biológicamente hablando), uno de inmediato se pregunta esto: ¿son una aberración antinatural, porque lo único natural o normal somos los heterosexuales?

Pensándolo bien… es muy difícil resolver estos enigmas en el terreno de la teología o de los libros sagrados. Es claro que todos los libros sagrados, incluida la Biblia de los cristianos, incluyen material para practicar el amor, pero también el odio y la discriminación, desafortunadamente. ¿Qué hacer, entonces, con la terrible papa caliente que tenemos en nuestras escuelas, en las cuales se discrimina a los niños y jóvenes diferentes, como consecuencia de los prejuicios, los mitos y ciertas creencias religiosas que alimentan el matoneo, aunque ese no sea su principal propósito?

Para resolver el asunto, lo pertinente es acudir a los conocimientos científicos, elaborados para explicar (o comprender) a los diferentes, y para entender su origen. Esto es lo más sensato, porque si nos quedamos en el terreno de la teología y de la religión daremos vueltas sobre el problema, censurando y discriminando o aceptando a medias.

¿Qué ha establecido la ciencia con respeto a las personas diferentes, no heterosexuales? Que no son una aberración de la naturaleza humana, en sentido biológico, sino una posibilidad natural que no está determinada por el entorno cultural sino por la genética, aunque lo cultural también ayude a modelar el sexo, el género o la orientación sexual, porque ellos son, además, construcciones simbólicas, es decir, sociales. O sea, la interacción o el juego entre lo natural (biológico, genético) y lo cultural (o social) origina el sexo, el género y la orientación sexual, siendo lo genético muy determinante y casi un inamovible.

De acuerdo con esta visión científica, el homosexual, el bisexual o el trans no son expresiones de la degeneración de la especie (que deberíamos ver como anormalidad lamentable y censurable), sino manifestaciones de un proceso natural hasta ahora incontrolado. En consecuencia, estas expresiones naturales de lo humano no son provocadas por el papel funesto del diablo, o por la mano castigadora de ningún Dios, sino la obra del movimiento natural de los genes y de las líneas genéticas, construidas a lo largo de la historia mediante el discurrir espontáneo de la naturaleza.

Si partimos de la base de los conocimientos científicos, el único camino racional posible es comprender a los diferentes como una manifestación de la naturaleza humana, buscando entender su condición y tratando de evitar la censura derivada de la incomprensión, los prejuicios, los mitos o de ciertas creencias religiosas que sirven para definirlos como demoníacos.

Este es, también, el único camino posible para armonizar la frase Dios es amor con lo último que ha producido la ciencia, en relación con las personas diferentes. No es raro que la religión se adapte a los avances científicos, porque ya lo ha hecho en otras oportunidades, y estoy seguro que lo seguirá haciendo, por su propio beneficio y el de los creyentes.

Las iglesias sostuvieron en otros tiempos ideas erróneas que han ido superando, al asumir los aportes científicos. Los representantes más lúcidos de las religiones han sabido comprender la importancia de esa adaptación o cambio en su desarrollo, al integrar las nuevas interpretaciones apoyadas en una base científico-técnica como soluciones necesarias imposibles de conseguir en el marco de la teología. Así ha ocurrido a lo largo del tiempo en los temas cosmológicos y humanos, y así seguirá sucediendo.

Me parece que, para salir de la encrucijada, las religiones y los creyentes deberían asumir los aportes de la ciencia, sin oponer sus creencias (a lo mejor equivocadas) a lo que ha producido el pensamiento científico. Mantenerse en un mar de creencias que hoy son inútiles o contraproducentes podría traer consigo un efecto nefasto contra seres humanos vejados, incomprendidos y matoneados, como son los diferentes.

Esta es una consecuencia social indeseable que ha cobrado mucha relevancia en la actual coyuntura, y que ha convertido a los creyentes en presa fácil de la manipulación política (o en instrumentos de intereses oscuros), aparte de transformarlos en protagonistas de una injusticia que está más allá de sus buenos deseos y de su condición de creyentes.

El camino para eliminar la contradicción en el asunto tratado pasa por reconocer que los diferentes no son unos engendros del mal generados por la acción maligna de ningún diablo, sino seres humanos que sufren por la incomprensión y la intolerancia de quienes no somos como ellos y que, por eso, los discriminamos o matoneamos.

La máxima Dios es amor solo será realmente aplicable en su caso, si comprendemos que también son creación divina (según la opinión de los creyentes), y si entendemos que no son engendros demoníacos sino una derivación natural posible, de acuerdo con las conclusiones de la mejor ciencia.

No hay otro camino, sino este, para resolver la paradoja que lleva a los creyentes a entregar odio y discriminación en vez de amor y respeto. La ciencia y la religión podrían así, quizás, fundirse, una vez más, contra la injusticia, el matoneo y el antihumanismo. Esta es la única ruta que podría sacarnos del atolladero que hace sufrir demasiado a una parte significativa de la humanidad, si pensamos en los diferentes y en sus familiares.

El momento reclama grandeza espiritual y moral para abatir los prejuicios y creencias que muestran a los creyentes como lo que no deben o deberían ser. Si Dios es amor, el paso que sigue es tener la valentía de reconocer que pueden existir ideas religiosas erróneas (como ya las ha habido a lo largo de la historia) y aceptar que el amor es un campo sin fronteras.

Si Dios es amor, ¿por qué discriminar?