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A Santos lo que es de Santos y a Dios lo que es de Dios

Colombia se despide de los Juegos Olímpicos de Río tras haber conseguido el mejor resultado en toda su historia de participaciones en este tipo de eventos deportivos. Tres medallas de oro, dos de plata y otras tres de bronce, que vienen a encender un orgullo nacional deslucido en los últimos días entre polémica y polémica.

La magnitud del resultado es tal que se podría decir, sin caer en exageraciones, que marcan un antes y un después en las futuras participaciones del país en las olimpiadas.

Las preseas obtenidas en Brasil bastan para casi igualar –en número- las que obtuvimos desde nuestra primera participación, en 1932, hasta 2004. Al finalizar Atenas, tras 72 años de presencia casi ininterrumpida en las gestas, acumulábamos nueve medallas, apenas una más que las obtenidas en esta ocasión.

Sin embargo, para el año 2008 nuestra participación aún era errática. Tras la medalla de oro que consiguió María Isabel Urrutia en 2000, no habíamos sido capaces de repetir la hazaña. Sin deslegitimar el esfuerzo de nuestros deportistas, en Beijing solo obtuvimos una medalla de plata y una de bronce.

Solo nuestra participación en Londres puede equipararse a la que tuvimos en tierra carioca, allí también nos coronamos con  8 medallas, aunque con una sola de oro. Lo cierto es que son estas dos últimas participaciones las que, hoy por hoy, colocan a Colombia como la tercera potencia deportiva en Latinoamérica –tras Brasil y Cuba- y uno de los mejores 30 países del mundo.

Podemos aceptar las victorias así sin más, asumir esa actitud tan colombiana que se podría resumir en una oración: “la gloria es para Dios”, y seguir con nuestras vidas. Sin embargo, en honor a la complejidad del mundo real, es necesario hacer hincapié en un hecho innegable: los dos mejores resultados olímpicos de Colombia se han producido bajo el Gobierno del mismo presidente.

Aquello sonará a blasfemia a los oídos de la mayoría de los colombianos. Después de todo, la afirmación de que Santos es uno de los peores presidentes que ha tenido el país ya se ha convertido en un mantra, de esas cosas incontrovertibles que no es necesario explicar, que se aceptan sin más como parte del protocolo social.

Desde los tiempos de Galileo, sin embargo, la humanidad ha intentado luchar contra la simpleza de pensamiento y, como el astrónomo italiano, considero mi deber hacer notar lo evidente, así pues: ‘Eppur si muove’ (y sin embargo se mueve).

No puede ser coincidencia, pura suerte o designio divino que, bajo los mandatos del ‘peor presidente de Colombia’, obtuviésemos más del doble de las medallas que habíamos ganado en casi un siglo. A lo mejor el hombre no es tan malo y, a lo mejor, eso de la falta de apoyo es cierto pero no es tan simple.

Empezando por las cifras planas y llanas, es decir, la plata que el Gobierno destina al ítem de ‘recreación y deportes’ en el Presupuesto General de la Nación, baste decir que, desde 2010 hasta 2016, la presidencia de Juan Manuel Santos ha incrementado el presupuesto de Coldeportes de  $142 mil millones hasta los $414 mil millones.

Esto significa, en porcentajes, un incremento de 191,5%. Casi el triple de lo que la entidad encargada de administrar el deporte recibía a comienzos de su mandato. Para poner en contexto, al comienzo de su segundo mandato, en 2006, Uribe invirtió $102 mil millones, cerca del final de su presidencia, en 2009, la suma había aumentado a $146 mil millones.

Nuevamente, en términos de porcentaje, esto significa un aumento de 43%. Aunque el espacio temporal analizado es menor, la diferencia es abismal.

Es de esperar que los alegatos de corrupción y ‘mermelada’, que también se han convertido en mantra, no tarden en llegar. Sin embargo, ¿es válido decir que el aumento en la inversión a deportes de Santos es solo ‘mermelada’ cuando los resultados en competiciones son tan claros?

Si el Gobierno hubiese aumentado el presupuesto de Coldeportes en casi 200% en un periodo de seis años y nuestros deportistas ganasen igual o menos las críticas serían, más que válidas, necesarias. Sin embargo, ganamos más de lo que jamás habíamos ganado y nuestras delegaciones deportivas son más numerosas que nunca, apenas por detrás de las de Argentina y Brasil en Latinoamérica.

Entonces, ¿quiere decir esto que la inversión a deportes sí existe?, ¿que nuestros deportistas son apoyados?, ¿que Anacona es solo un ‘pelao’ maleducado? Lo último quizá, sin embargo, lo demás, lamentablemente, no.

La realidad del deporte en Colombia sigue siendo dura y la reiterativa petición de nuestros campeones de recibir viviendas para vivir dignamente, como recompensa a sus logros, es una muestra clara y cruda de eso. Aun así, es necesario poner las cosas en contexto, esta es una realidad que lleva tantos años como años tiene Colombia de historia o de guerra.

Utilizar a Santos como saco de arena para hacer catarsis, desahogar en una sola persona la ira acumulada durante décadas por ser una de las naciones más corruptas del mundo es una decisión irracional.

A Santos lo que es de Santos y a Dios lo que es de Dios. En vez de seguir creyendo que la suerte y los designios divinos han puesto medallas sobre los cuellos de nuestros competidores, más nos valdría esperar que los Gobiernos que vienen repitan fórmula. Así, quizá, en unos años nuestros deportistas no tengan que desafiar las leyes de la naturaleza y el universo y puedan dejar de ‘hacerse solos’.