¿Repetimos?

Es triste cómo el funcionamiento social basado en las creencias nos obligan a competir sin fin, muchas veces con violencia y en una celda cuyos barrotes son simples ideas. Lo peor es que a medida que pasa el tiempo, la propaganda y los medios de comunicación engruesan sin cesar, las varillas ideológicas de dominación que nos encierran tupiendo cualquier mirada a un horizonte cercano y que apenas nos prepara, como actores o espectadores, para nuevas violencias. No somos los únicos en este caso. Los resultados de las elecciones, hasta ahora, solo reactualizan la situación particular en el país. El corolario de la primera vuelta presidencial dejó en las orillas a los que se califican como centristas y a las dos propuestas que más se oponen las colocó en el medio del ruedo. De otra parte, la primera vuelta sacó de una voltereta a las FARC y su ortodoxia marxista, neutralizando, de paso, las manipulaciones de miedo en la opinión pública, que auspiciaba la extrema derecha, haciendo creer que el acuerdo de paz facilitaría a dicha guerrilla la llegada al poder por la vía de las urnas, suponiendo que con el dinero del narcotráfico esta podría comprar los votos necesarios para su victoria e incluso hasta la Registraduría, con la otra modalidad de fraude electoral, copiando las propias prácticas de la politiquería nacional. Lo que no quita otros temores reales o imaginarios. Quedan así, dos visiones bastante opuestas, pero de ningún modo como se dice: una capitalista y la otra socialista. En realidad, la una es conservadora y la otra liberal –consecuente, pero sin embargo, liberal. No hay que hacer un desmedido esfuerzo para comprender que el candidato de Uribe es la continuación del legado ideológico y de restos institucionales que nos dejó el yugo español, tal como la inquisición rabiosa y confesional de un Ordoñez quemador de libros, la persistencia en el monopolio de la tierra improductiva y el repudio al ideario liberal, que el partido del mismo nombre abandonó poco a poco desde el Frente Nacional. ¿Quién duda que Uribe simboliza el pensamiento de Laureano Gómez? O que Petro, sin el federalismo de los liberales de antaño, no defienda la trilogía compuesta por la separación de la Iglesia del Estado (libertad de cultos), libre mercado y lucha contra la concentración de la tierra y su ociosidad. No es raro que el partido Conservador se uniera al Centro Democrático Neo-Laureanista, pero sí que el Partido Liberal, la U y Cambio Radical se aliaran al uribismo que tanto criticaron. Es bastante curioso y solo muestra que más vale el apetito burocrático que las ideas de progreso. Es cierto que el pasado de Petro resiente a muchos electores, pero el “guerrillero de cafetería”, como lo calificó Uribe, y que no disparó un solo tiro, militaba en una guerrilla que defendía, paradójicamente, la democracia representativa y no su remedo como la democracia que le robó las elecciones a Rojas Pinilla y que dio origen al M-19. La tierra es un lugar fecundo de fricción ideológica, en cuanto a su función y su atribución y la discusión no data de ayer. La desamortización (expropiación) española de las “tierras en manos muertas” la comenzaron los mismos monarcas ibéricos Carlos III y IV, pero fue la Revolución francesa y la burguesía liberal, quienes expropiaron, en regla, las tierras que estaban en manos del clero, para ponerlas en el mercado libre. En Colombia, las tierras sin oficio no están en la actualidad en manos de eclesiásticos, pero sí en posesión de la franja más reaccionaria del país. Por eso la propaganda oscura sobre la expropiación desdibujó lo que propone Petro: la compra de tierras improductivas, la cual es una operación comercial capitalista como cualquier otra. Su posterior distribución y explotación privada por pequeños productores campesinos es una política económica, igualmente capitalista y legítima de Estado. Nada que ver con la expropiación a machete y terror de los “chulavitas” y “pájaros” apoyados por el Estado conservador en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, o la más reciente, con el método inhumano de las motosierras paramilitares y con apoyo, igualmente, de algunos funcionarios del Estado. La polarización tampoco es nueva, como escribía el periodista liberal Felipe Pérez en 1862, a propósito de la entrada del departamento de Antioquia en la guerra entre federalistas y centralistas de 1860-1862: “En Antioquia hay un elemento viejo, bárbaro, enteramente colonial; y el elemento nuevo, civilizador y esencialmente demócrata. El primero es el odio de partido sistematizado, el principio rancio y fecundo en males, de la autoridad intransigente, severa, que en cada oposicionista ve un malvado, y que impone el banquillo a todo el que no está con ella o desconfía de la inefabilidad de sus oráculos. El segundo es el amor y la indulgencia para el enemigo político, la tolerancia la discusión…” . En realidad la polarización no es la causa, sino la consecuencia de la conflictividad de creencias funcionales dentro de las cuales se encuentra el monopolio. El monopolio que detienen las personas, los grupos o una clase, sobre instrumentos sociales necesarios al trabajo y a la vida, son madres de conflictos y contrarios a la democracia. Las confrontaciones armadas regionales o nacionales, en el país como en otros lados, han girado y giran en torno a la pretensión monopolística del poder político, económico y de la tierra, cuando no del monopolio sobre la conciencia religiosa de cada quien. Entre tanto el “socialismo real” quedó sepultado por la historia, mientras que el neoliberalismo depredador de la naturaleza y de los hombres da los últimos retoques a la fosa donde quiere empujar a la humanidad entera, esta empresa ayudada por monopolios privados cada vez más gigantescos. Las elecciones colombianas se enmarcan en este contexto, con el agravante que la violencia es un hecho pasado y presente y que según murmullos, perfila un hocico colmilludo y más ávido de sangre para mostrarlo en los días venideros. Se rumora que habrá palo porque boga y palo porque no boga. Si gana Duque la venganza arriesga de desplegarse a sus anchas, y si gana Petro, los monopolios rentistas de la tierra, del capital y del petróleo, las corporaciones extractivas y ciertos industriales meterán toda clase de palos en la rueda de su eventual gobierno. Por eso es más que urgente idear nuevas formas de democracia mucho más amplia y directa, donde el conjunto de la sociedad encuentre alternativas de cooperación viables y valederas a un mundo que arde. Mientras tanto, a pesar delos temores ¿repetimos o tenemos la audacia de ensayar algo liberal, pero para el país nuevo?