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¿Quién ganará la presidencia?

Sorprende la manera como algunos seguidores de aspirantes a la presidencia de Colombia están asumiendo el comienzo de la campaña electoral. Las voces triunfalistas (o las agresiones a los oponentes) representan las notas más destacadas en los inicios de la coyuntura eleccionaria.

¿Quién ganará la presidencia? Esta es una pregunta que solo sirve para medir el nivel de aceptación de los candidatos, en los sectores en que las encuestadoras trabajan sus muestras. Tomar esta referencia como definitiva (o creer que el punto de vista de la gente será igual cuando se acerque la primera vuelta) es un error propio de personas ligeras que no tienen en cuenta la evolución de la coyuntura.

Si las elecciones fueran mañana ¿usted por quién votaría?, esa es otra indagación que se quedará en el aire cuando los elementos del proceso electoral se decanten para la primera vuelta. Lo único claro, si la elección fuera mañana, es que nadie puede asegurar que pasará la primera vuelta.

Casi todo está por hacer en materia de alianzas entre los aspirantes individuales y los partidos. El Centro Democrático aún no define un candidato único, aunque ya su jefe se mueve sondeando posibles acuerdos con personajes o partidos con los cuales hay afinidad.

Pero hasta ese partido (que escogerá su carta mediante el guiño del líder supremo) tiene dudas de pasar a la segunda vuelta, si viaja solo en la primera ronda. Uribe se ha hecho fotografiar con Ordoñez, aunque aún no hay nada seguro con un candidato que atrae los votos de los creyentes radicales, pero le produce mareo a un sector de los empresarios y de la sociedad civil.

El jefe supremo también ha entablado diálogos con los líderes del vargasllerismo. Pero, dadas las aspiraciones del CD y de Vargas Lleras, lo más probable es que estos dos sectores se dejen contar solos en la primera vuelta, aunque dejando abierta (de ambos lados) la puerta para un acuerdo de fondo, con miras a pelear la presidencia en la segunda etapa, si las circunstancias lo permiten.

La crisis y el desprestigio de los partidos, así como las discrepancias procedimentales o de fondo, provocaron que varios aspirantes se lanzaran por la vía de las firmas. Esta ruta tiene la ventaja de que permite contabilizar el grado de aceptación de un aspirante, pero también su nivel de rechazo. Es posible que algunos ni siquiera alcancen el mínimo legal requerido para convertirse en candidatos, lo cual es como caer en un hoyo negro.

Varios matices del centro político y de la izquierda se mueven para perfilar mejor sus campañas. Ellos son conscientes de que solos muy difícilmente llegarán a la segunda etapa. Humberto de la Calle puso distancia con el Partido Liberal aduciendo dificultades con la mecánica para escoger un candidato único.

De la Calle es un firme defensor del proceso de paz, y aspira a recoger los votos del centro político y de parte de la izquierda independiente que apoyó los diálogos y los acuerdos con las Farc. Su candidatura puede calar en los sectores del establecimiento que apoyaron el proceso de paz, y en los núcleos independientes y de izquierda que ven con simpatía su labor en las deliberaciones de La Habana.

Pero este candidato sabe que si no logra una alianza con sectores afines por fuera del liberalismo, le quedará muy difícil acceder a la segunda vuelta. Al haber sido vetado por Robledo, alcanzar un acuerdo con Petro o con Córdoba le podría abrir la puerta a la otra etapa del proceso, si no es determinante el karma que cargan esos aspirantes por aquello del castrochavismo.

La aspiración de Gustavo Petro parece ir viento en popa, pero sus partidarios deben abandonar el triunfalismo, porque puntear encuestas en esta etapa puede lanzar señales equivocadas sobre lo que ocurrirá el año próximo. Un acuerdo Petro-De la Calle se ve muy difícil por lo de la definición acerca de quién es el principal y quién iría de vice, y por las probables resistencias entre los votantes del centro por la figura de Petro.

Y un acuerdo entre Piedad Córdoba y el aspirante del progresismo le entregaría muchos motivos a la ultraderecha para polarizar la elección con el sambenito del castrochavismo. Los dos entienden que esos señalamientos estarán en el orden del día en las garras del uribismo, o de los otros sectores que se oponen al proceso de paz.

Ese discurso aún influye mucho en gran parte del electorado y, de seguro, se asociará a la crisis venezolana para estimular una votación contraria a la izquierda y a los sectores que patrocinaron el Sí en el plebiscito de octubre. Si el centro y la izquierda pro-paz no neutralizan ese imaginario, le entregarán una poderosa arma a sus enemigos de la ultradertecha.

El acuerdo que se cocina entre Fajardo, Robledo y Claudia López aún debe despejar un asunto de fondo: quiénes integrarán el dueto en la primera vuelta. Da la impresión de que el lazo que los une es la lucha contra la politiquería tradicional y contra la corrupción.

Pero ¿bastará esa columna vertebral para olvidar las diferencias que guardan acerca del tipo de sociedad que promueven? Ni Fajardo ni López abogan por lo mismo que promueve Robledo, quien representa a un sector de la izquierda tradicional que ha perdido protagonismo por las crisis del Polo.

Si esta alianza fracasa, el candidato a salir sería Robledo, pues López y Fajardo están más cerca ideológicamente, y el representante del Polo quizás no tenga el mismo nervio electoral que la combinación Fajardo-López, la cual aspira a los votos del centro y de una parte de la izquierda.

Pero, descontando los inconvenientes insalvables, la dupla Fajardo-López podría meterse en la pelea en la segunda vuelta, si sabe canalizar el sentimiento pro-paz que aún decide elecciones y, sobre todo, si agarra bien las bridas del estupor social a propósito de los escándalos por los corruptos. La condición sexual de Claudia podría ser el talón de Aquiles en el cual centrará sus ataques la ultraderecha.

Como suele decirse, la política es dinámica y muchas sorpresas están por llegar. Pero es claro que todos los aspirantes tienen puntos fuertes y puntos débiles, y aún faltan asuntos claves por definir. A esto se agrega que las maquinarias de los partidos en crisis nuevamente jugarán su rol en la definición de quién será el nuevo presidente.

Atraer al electorado independiente será fundamental en la primera y la segunda vueltas. Pero, de nuevo, el tema del proceso de paz definirá los alineamientos e influirá en la decisión final de los votantes. La polarización motivada por la guerra se agudizará por los nuevos ingredientes que brotan de los escándalos de corrupción.

A pesar del caos de los inicios de campaña es muy probable que con el paso de los meses se consoliden dos bloques, que pelearán por la presidencia el otro año: de un lado el CD, una parte del Partido Conservador y, quizás, Vargas Lleras; y, del otro, lo que queda del Partido de la U, del liberalismo, del centro político, de la izquierda y de los independientes.

No es de extrañar que se produzca un gran acuerdo alrededor de la figura de Vargas Lleras, y otro gran acuerdo alrededor de De la Calle o del binomio Fajardo-López. Todo el proceso político de los últimos años se concentrará en esos dos bloques. Pero, en un universo todavía abierto e incierto, otras posibilidades podrían surgir.