Por una Barranquilla metropolitana, fluvial y marítima

Ausente por mucho tiempo de mi querida Barranquilla, resulta agradable ver que al fin la ciudad se orilla resueltamente a su río. Los humanos, en general, nos sentimos atraídos por los espejos y los cursos de aguas, por lo que no era concebible que mientras muchas ciudades en el mundo se asientan y prosperan al lado de ríos o de sus deltas, de mares y lagunas, la Arenosa se mostrara indiferente a la plusvalía paisajista que le brinda el emplazamiento visionario de los indígenas Camacho, sus primeros pobladores[1].

No se necesita viajar. Basta observar por Google Earth, que en  otros lares del mundo las ciudades al pie de los ríos se erigen y desarrollan mirándose de orilla a orilla, por ejemplo Londres, Roma, París, Budapest, Moscú, etc. Otras bordean orgullosas las desembocaduras y deltas o estuarios como Buenos Aires, Shanghái, Nueva York, Singapur, Ciudad del Cabo. Otras que aprovechan islas e islotes como Miami, Cartagena, sin hablar de Estambul que a través del estrecho del Bósforo se mira de continente a continente.

Barranquilla tiene el raro privilegio de estar situada entre mar y río, por lo que si quiere proyectarse en el futuro como una ciudad atractiva para sus habitantes y que pese en el turismo internacional, tiene que pensarse como una verdadera metrópolis, es decir, correr con las consecuencias jurídicas y administrativas que requiere la colaboración con otras entidades territoriales, por ejemplo,  para arrimarse al mar al Occidente, con los municipios de Puerto Colombia y sus corregimientos. Al sur, subiendo el rio con los municipios de Soledad, Galapa, Malambo, Sabanagrande, Santo tomas, Palmar de Varela; al Oriente, con el departamento del Magdalena. Porque una ciudad cuando tiene su alter ego en el reflejo de la otra orilla, se observa, se mejora, se exige y se deleita en lo mejor de su narcisismo con sus desarrollos mutuos.

La tarea ciertamente no es fácil. Para pilotear un proyecto de estos se necesita un compromiso y un consenso entre intereses diversos, la mayor parte opuestos entre sí, como la de los industriales, comerciantes, urbanistas, residentes y del sector público. En lo que se refiere a este último hay que distinguir el interés estatal del interés general y ciudadano, que por paradójico que suene, infortunadamente a menudo no coinciden, la actualidad política nos ahorra la explicación. Pero confiemos que en aras del interés general nos pongamos de acuerdo, ya que ganaríamos todos en tal empresa.

Otras preocupaciones se antojaban, cuando habiendo evocado esa perspectiva para Barranquilla se levantaban tres objeciones mayores: la primera, los mosquitos debido a los caños y a la configuración cenagosa del conjunto de la zona. Miami, es el ejemplo que muestra que no solo se puede combatir estos insectos, sino aprovechar urbanísticamente estos conjuntos laguneros. La segunda, es la brisa. Este fenómeno es relativo, a veces afecta y molesta  grandemente, otras refresca el ambiente, pero esto no ha sido inconveniente para edificar ciudades así expuestas, incluso cuando el frío presta mano fuerte al desagrado, como en Montreal, Chicago o Nueva York. La tercera es la más seria, dada la posible elevación brutal del nivel de los océanos debido al calentamiento global y al derretimiento de los páramos y del manto glacial de los polos.

Este sombrío destino nos abre todo un panel de reflexiones, que si tenemos oportunidad trataremos adelante. Podemos, por el momento decir que no quedándonos en la mera imaginación para construir nuestro porvenir, debemos tener en cuenta al planeta pensando con urgencia en cómo actuar, para detener nuestra carrera absurda hacia la debacle climática. Para construir sueños hay que combatir las pesadillas.

 

(1)Minski Samuel, Stevenson Samper Adlai. “Barranquilla: Historias, crónicas y datos esenciales”. Ed. La Iguana Ciega, 2009 – p. 8.Igualmente ver el artículo de Gonzáles Karina: “Barranquilla, entre el mito de los galaperos y la verdad de San Nicolás”, en El Heraldo del 6 de abril de2011.