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¿Por qué Cuba no adopta el modelo económico de China?

Hay que convenir que no existe ni existirá nunca una sociedad perfecta. Las que conocemos a lo largo de la historia han fallado por el lado económico, desde el ángulo de una cultura discriminatoria o represiva, de la opresión política o de la desigualdad ante la ley.

En los últimos siglos se ha avanzado mucho en cuanto a las condiciones materiales de vida, a la apertura para exponer o mover ideas y en materia de derechos y deberes de la ciudadanía. Pero ni siquiera las sociedades del norte de Europa o de la península escandinava pueden concebirse como modelos perfectos.

La fórmula que mejor las define es que se trata de países que encabezan la lista de los menos imperfectos, es decir, donde es posible vivir sin los infiernos que uno encuentra en otras partes, de acuerdo con la libertad política, con la vigencia de la ley y con las oportunidades para contar con un ingreso decoroso y con una calidad de vida digna.

Las promesas, las esperanzas y los deseos que se derivaron de las revoluciones socialistas podría decirse que representaron un gran fiasco en su lucha por erradicar el capitalismo y construir una sociedad superior, al menos desde la perspectiva de la economía y del manejo político.

En la base de este fracaso histórico está la visión totalitaria, que llevó al montaje de dictaduras intolerantes y de sociedades cerradas que no hacían felices a las mayorías ni permitían ninguna clase de disenso. En comparación con las imperfecciones y problemas de la democracia burguesa, la dictadura socialista no es para nada un ejemplo a imitar.

Pero el problema de fondo estuvo en la parte económica. Se creyó que eliminando la propiedad privada sobre los medios de producción y suprimiendo los mercados, se liberaría a las fuerzas productivas de una pesada carga. Se pensó que estatizando y planificando se llegaría a producir muchísima más riqueza que la que originaba el sistema capitalista, y que el reparto sería mucho más equitativo dejando por fuera a la burguesía.

La tozuda realidad ha negado en todas partes la eficacia de este sistema, especialmente en lo que hace a la producción de bienes de consumo inmediatos y durables y a la generación de servicios de calidad, así como a la producción de bienes de producción.

El socialismo ha fracasado en muchas partes no por sus buenos deseos, ni por sus magníficas intenciones (ni por la calidad de las esperanzas que siembra en la mayoría de la población), sino porque no funciona bien desde el punto de vista económico. Ante la destrucción de la economía de mercado o de la empresa privada (cuando se las encuentra en algún país), solo ofrece como alternativas nacionalización, estatización, planificación y una dictadura cerrera que no deja respirar bien a nadie.

Ese modelo mata, de paso, la creatividad, la innovación, el emprendimiento y la libertad que se requieren para producir riqueza. Además, elimina la motivación necesaria para producir o generar bienes y servicios de calidad, al colocarle a la economía el pesado lastre de la burocracia administradora y de los planes autoritarios que nunca alimentaron una adecuada racionalidad económica, como lo demuestra la experiencia histórica.

Aquí estuvo el gran dilema de los chinos, después de la muerte de Mao en 1976. A finales de los años setenta, y bajo el liderazgo de Deng Ziaoping, la República Popular China dio un giro monumental en su política económica: empezó a abrir las puertas a una serie de reformas que pretendían enfrentar la grave desigualdad social y la miseria rampante, sobre todo en el campo.

Un país con mil millones de almas que alimentar no podía darse el lujo de seguir echando sermones moralistas mientras la gente aguantaba hambre y necesidades. Una nación tercermundista, sin mucho ahorro nacional para financiar planes sociales, no podía darse el lujo de esperar el triunfo del comunismo en todo el planeta para empezar a enfrentar sus graves problemas.

Por estas razones, Deng y su gente decidieron abrir las fronteras a la inversión extranjera, a las empresas capitalistas foráneas y a los mercados en gran escala. ¿Cómo generar ingresos monetarios adecuados de una economía socialista ineficiente y paquidérmica? ¿Cómo producir bienes, servicios, maquinaria y tecnología con un modelo económico que castra la innovación, la creatividad y el emprendimiento?

Al pensar de este modo, los dirigentes chinos reconocían tácitamente el fracaso del modelo socialista para el caso chino. Y al actuar contra la corriente se hicieron acreedores a la crítica más feroz de los ortodoxos del socialismo interno y externo. La respuesta de Deng ante los custionamientos de los radicales no pudo ser más pragmática: “No importa que el gato sea blanco o sea negro, lo importante es que cace ratones”. O en otras palabras: a mí no me importa que esto se llame como sea, lo relevante es que saque del hambre a mi pueblo.

China con sus reformas inauguró algo inédito en la historia mundial: la coexistencia de dos sistemas, el socialismo y el capitalismo, en un solo país. Y esta solución le ha permitido superar con creces muchos de los problemas que padecía. Ha sacado unos 150 millones de personas de la miseria en los campos y ha creado una clase media de otros 300 millones, aproximadamente.

El mejoramiento de la calidad de vida del pueblo chino, en bloque, no se puede desconocer, y esto en parte se debe a la expansión de las oportunidades de empleo y al aumento colosal de los ingresos del Estado por la vía de la tributación de las empresas y de los ciudadanos.

Nadie puede asegurar que la sociedad china carezca de problemas; claro que los sigue teniendo y muy graves, como el deterioro ambiental provocado por la industrialización. Pero, así mismo, solo los ingenuos o los fanáticos podrán negar que hoy ese país es una de las más importantes potencias económicas del planeta, con un producto interno bruto elevadísimo y con reservas internacionales que le permiten invertir en otros lugares y ayudar a otras naciones.

El ejemplo de China es paradigmático y ya está siendo seguido por otras repúblicas de gobierno socialista, como Vietnam. Guardando las proporciones, el caso chino es parecido al caso cubano. La economía cubana tampoco funciona, pues padece los mismos lastres de cualquier economía socialista: falta de motivación para producir bienes y generar servicios y pérdida de dinamismo por el efecto combinado de la burocratización y de la politización, que limitan la innovación, la creatividad y el emprendimiento.

Pero Cuba cuenta con unos gobernantes interesados en mejorar las condiciones de vida de su pueblo, más allá de los logros indudables que han tenido en educación, salud u otros ítems. La isla necesita volverse autosuficiente en aquellos campos que no limiten su independencia y que le ayuden a crear riqueza monetizada para seguir afrontando los problemas sociales.

En Cuba es mucho más fácil propiciar desarrollo económico en comparación con China, donde las dificultades eran (y siguen siendo) mucho mayores por el número de habitantes. La isla antillana podría convertirse en un modelo sui generis de economía mixta o de coexistencia de dos sistemas al estilo chino si las circunstancias internas y externas lo permiten.

Lo ideal sería que las negociaciones entre la dirigencia cubana y el gobierno estadounidense llevaran a la eliminación de ese bloqueo criminal que ha afectado al pueblo cubano. El mejor escenario sería que continuaran en el poder los demócratas, que de seguro le darían continuidad a las políticas del Presidente Barack Obama en materia de regularizar las relaciones de todo tipo con Cuba.

Un triunfo republicano quizá eche todo para atrás, por ese anticomunismo matrero que caracteriza a la derecha y a la ultraderecha gringas. Pero si ganan los demócratas, tal vez se abra una puerta para que los gobernantes cubanos produzcan profundos cambios internos que relancen la economía. Y el mejor modo de hacerlo, a mi parecer, es adoptando el modelo chino.

¿Por qué Cuba no adopta el modelo económico de China? Por las mismas razones que enfrentó Deng Ziaoping en su nación. Los revolucionarios hicieron su revolución contra el sistema capitalista. Odiaron (y odian) la propiedad privada y la economía de mercado como un religioso radical odia al pecado.

Ver la restauración de los mercados y de la propiedad privada de los medios de producción, aunque sea por la influencia extranjera y bajo control político socialista, les debe producir un extraordinario dolor que se deriva de sus profundas creencias en contra del capitalismo.

Pero aquí de nuevo saltan las mismas preguntas de otras experiencias de economía socialista: ¿cómo producir una buena cantidad de bienes de consumo, de bienes de capital y de generar servicios que hagan crecer bien al país y lo vuelvan menos dependiente de la ayuda externa? ¿Cómo generar riqueza para seguir mejorando la calidad de vida de la gente, si el modelo socialista es ineficiente y paquidérmico en esa materia?

A los dirigentes cubanos se les abre la oportunidad de adoptar el modelo chino, que de seguro sacará a la isla del marasmo y del atraso tercermundista (en lo económico) en que ahora se debate. Pero para eso deben dejar de mirar la economía de mercado como si fuera el diablo. Ya lo dijo Deng Ziaoping: “No importa que el gato sea blanco o sea negro, lo importante es que cace ratones”.