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Pequeñas cosas que tiran aviones

Algunas historias conmueven por su inverosimilitud, por su capacidad para sacarnos de las corrientes de la monotonía de la vida diaria. Cierta sensación de relevancia nos invade, de repente la vida adquiere características de novela y el cine empequeñece. Un avión que se estrella en las montañas de Antioquia puede recordarnos que la realidad siempre supera a la ficción, no siempre para bien.

Un avión que se estrella en las montañas puede provocar angustia, recordarnos que fuera de nuestros mundos de escaparates virtuales todavía hay gente que siente y hacernos sentir por ellos. Un accidente inexplicable nos puede hacer humanos de nuevo, un rato, mientras la conmoción dura.

La conmoción, sin embargo, es algo que acaba, como todas las semanas cuando el último escándalo o la última sorpresa de índole mundial nos hace prometer que esta vez no olvidaremos, que esta vez la vida nos ha marcado, hasta el siguiente escándalo y vuelta a empezar.

De todo se pueden extraer verdades, es cuestión de querer observar. La tragedia del avión de LaMia puede, por ejemplo, servir para recordarnos esas máximas latinoamericanas tan llenas de sabiduría como de sin sentidos. Que ‘la vida es un ratico’, que ‘cuando te toca ni porque te quites y que cuando no, aunque te pongas’.

Puede servirnos para hablar de todo y de nada, para llorar y sentir y olvidar, o puede servir para ver un poco más allá.

Un piloto que, de forma temeraria, traza una ruta que apenas y puede cumplir con la nave de la que está a cargo, por razones que aún resultan nebulosas. Un piloto que, con las herramientas de las que disponía podría, probablemente, haber calculado con mucha antelación el resultado de su intrépida decisión y que, sin embargo, se jugó su vida, y la de la gente que transportaba, a la suerte.

Por supuesto, si el piloto no hubiese callado por tanto tiempo las circunstancias del vuelo, es probable que en Medellín la pista le esperase despejada y los cielos abiertos, atentos como habrían estado los controladores a la emergencia y a las formas para evitar la posible tragedia. Sin embargo, nadie sabía lo que pasaba en el aire más que ese piloto y, probablemente, los que iban en la cabina de navegación.

Por supuesto, la tragedia resulta inexplicable hasta que empiezan a circular las explicaciones. Entonces resulta claro que un avión nunca debería estar en circunstancias en las que pudiese quedar sin combustible, que debería ser capaz de recorrer el doble de la ruta planificada. Que un piloto que se declare en emergencia por estas circunstancias podría perder su licencia de vuelo, sufrir la desgracia del bochorno público y, sobre todo, la angustia de enfrentar sus responsabilidades.

Y el peso de la responsabilidad es algo que muy pocas personas pueden o desean cargar. Entonces nos pasamos la vida excusando y esperando ser excusados. Los padres se vuelven incapaces de observar los comportamientos nocivos de sus hijos y las escuelas prefieren dejar la lid a otras instancias.

El joven, que pocas veces ha conocido el peso de la responsabilidad, encontrará siempre la culpa de sus circunstancias en razones externas y, el día que se enfrente a ella, la rehuirá hasta las últimas consecuencias, así como el piloto de LaMia rehuyó su responsabilidad hasta la muerte.

Es así como el ladrón, que atraca con revolver y amenazas de muerte en mano, llora como un niño que ha perdido a su madre cuando es atrapado. No estamos preparados para enfrentar la responsabilidad de nuestra existencia y el mundo en que vivimos está configurado para librarnos en la mayor medida posible de la angustia y el estrés que esta responsabilidad conlleva.

De hecho, es probable que una columna como esta, que trata de señalar la importancia de asumir responsabilidades, sea mal recibida, por su ‘frialdad’ y ‘desconsideración’ con los sentimientos humanos.

Las leyes están para señalar la responsabilidad de las personas sobre actos reprochables y establecer castigos apropiados que desalienten la repetición. Si rehuimos aplicarlas, por miedo a que puedan ser aplicadas sobre nosotros o por librar a las nuevas generaciones de la angustia, solo les vaciaremos de significado.

Entonces cada pequeña cosa se irá acumulando, pasará desapercibida o celebrada, y el sentido de la responsabilidad seguirá desvaneciendo, hasta que un día esas pequeñas decisiones cuesten vidas, que serán reducidas a máximas latinoamericanas: “cuanto te toca ni porque te quites” y pasa la página.