Share:

Pariendo, como siempre, pero campeón

Si hubo algo distintivo del Junior este semestre fue que aprendió a ganar, pero sufriendo; o, como se dice en la jerga popular, ganó y subió en la escalera de la jerarquía futbolística pero pariendo, como si no pudiera, aunque casi siempre pudo.

No le alcanzó contra el Paranaense, a pesar de haber jugado mejor que ese equipo, y de estar a punto de conseguir la primera copa internacional de peso. No supo ganar, pero demostró una gran jerarquía, si por esta entendemos jugar bien, con suficiencia, con mucha técnica y con la dosis adecuada de testosterona.

En el viacrucis de los penales, el onceno se desmoronó porque a algunos de los jugadores los dañó el culillo, ese mal tenebroso que le entra a cualquiera cuando se para enfrente del arquero contrario, a patear un penal. Este hecho lamentable, sin embargo, no borra la excelente gesta semestral del onceno, a pesar de la epidemia de dolor que irrigó sobre todos los seguidores.

En la lucha por el título nacional, no podía faltar la paridera habitual a que ya nos acostumbró el cuadro de Comesaña. El DIM salió a lo que tenía que salir, a arrasar desde las primeras de cambio. No pudo alcanzar el objetivo de igualar, gracias a ese gol casi milagroso que se hizo cuando íbamos abajo 2-0.

Los rojos no supieron aprovechar el cansancio normal del Junior después de tanto trajín, y nuestro onceno obtuvo la octava estrella de manera más que merecida, si es que se puede hablar de merecimientos en un deporte como el fútbol.

Junior es un digno campeón porque exhibió el mejor juego de todos los participantes, y porque en la mayoría de los cotejos fue un equipo equilibrado en defensa y ataque, con una muy buena elaboración de juego, lo cual se vio potenciado por el resurgimiento de algunas de sus estrellas, y por la mejoría sustancial de todo el grupo, incluidos los jóvenes que el técnico promovió.

Los tiburones fueron vistosos y eficaces en el manejo de la pelota, construyendo sociedades y haciendo triangulaciones repetidas, que los igualan a algunos equipos europeos, guardadas las proporciones. El buen trato de la pelota y la elegancia para pasar y transportar son otros sellos de este equipo, reconocidos por los que saben a nivel nacional.

Ese estilo de juego, con el balón siempre en el piso y circulando por todo el terreno, es uno de los principales logros del técnico Julio Comesaña, un entrenador malquerido por una parte de la afición, pero a quien hay que reconocerle que llevó al cuadro a dos finales importantes, y que obtuvo el máximo galardón: campeón del fútbol colombiano.

Comesaña supo explotar y consolidar las habilidades de Díaz, Fuentes, Ditta, Pérez, Cantillo, etcétera, y ayudó a potenciar las condiciones de los caciques Viera, Jarlán y Teo, con el propósito de armar un conjunto de respeto por su capacidad técnica y por el derroche de testosterona.

En Medellín se sufrió como siempre pero, para fortuna de la fanaticada, Junior se alzó con el título de campeón, después de una batalla donde lució cansado, y en la cual el peso del 4-1 estuvo por encima de los deseos del DIM, como todos los junioristas esperábamos.

La octava estrella es un premio al sufrimiento y a la lucha, y se consiguió luego de una paridera monumental, otra de las grandes características de la campaña tiburona en este semestre. Esa octava coloca al equipo en la cúspide de la jerarquía futbolística nacional.

Ganamos pariendo, pero ganamos. Somos los campeones, con paridera y todo, aunque le duela a la cobarde envidia, como decía el inolvidable Édgard Perea. Junior, otra vez, es el papá del fútbol colombiano.