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¡No cambiar nombres que a la historia pertenecen!

La buena voluntad del Alcalde Alex Char en el rescate y construcción de escenarios deportivos para los Juegos Centroamericanos y del Caribe del próximo año y la disposición por mostrar a Barranquilla como la ciudad progresiva de Colombia, le avalan, según muchas personas como el mandatario de más espíritu abierto a las obras comunales en bien de la ciudadanía. Y el emprendimiento de construcciones de vías de acceso, escuelas y colegios, refuerzan la creencia  del interés que le afiancen en cada una de sus campañas políticas.

Hoy en día corresponde el turno a los escenarios deportivos, por cuanto el próximo año es en toda Colombia temporada política para la próxima Presidencia. Y coincidencialmente en ese 2018 Barranquilla será epicentro del deporte internacional con participación de no menos de 40 países de Centroamérica y el área del Caribe.

Y en ese orden de construcciones deportivas se ha venido adelantando desde hace algunos meses la recuperación del Estadio Romelio Martínez, el histórico escenario donde se cumplieron grandes e inolvidables gestas de fútbol y atletismo. Donde se cumplieron los V Juegos Centroamericanos y del Caribe en 1946 en el que Colombia se tituló por primera vez campeón del fútbol. 

Igualmente en la Avenida de La María en el popular Barrio Abajo se construye el nuevo estadio de béisbol, el mismo que llevará por nombre Édgar Rentería, y en el cual comenzará a escribirse la nueva historia beisbolística. La Historia Moderna porque la Historia antigua bautizada y escrita durante 70 años como Tomás Arrieta (1946 hasta 2016) será cosa del pasado.

Casi que en el mismo cuadrante del sector norte y donde la implosión de algunos meses atrás sepultó el nombre del insigne atleta Humberto Perea, se levantará en poco tiempo un nuevo escenario que llevará por nombre Coliseo de Combates donde se desarrollarán eventos de lucha, pesas, boxeo, volibol, artes marciales entre otros; los mismos que se desarrollaron durante 55 años (1961-2016). Solo que ahora no se hablará del Coliseo Cubierto Humberto Perea, sino Coliseo de Combates.  Igual que sucedió con el de béisbol donde el nombre de Tomás Arrieta en poco tiempo será historia olvidada.

Ahora llega el turno para otro histórico escenario barranquillero como lo es el Estadio Moderno. Derribado prácticamente en toda su estructura física. En el mes de enero del próximo año, cuando se tiene prevista la reinauguración o podríamos decir la inauguración del nuevo estadio, quizás también se intente sepultar casi  cien años del balompié colombiano.

La Cuna del Fútbol de Colombia como se le conoce a este estadio, quizás comience a escribir una nueva historia; y tal vez la historia antigua de inolvidables y orgullosas gestas sean enviadas al cesto de la basura, vale decir al olvido.

Lo asombroso del caso es que ya hemos escuchado propuestas de personas que sin conocimiento de causa, abrochados en la ignorancia histórica del escenario han propuesto al Alcalde Alex Char, cambiar el nombre. Algunos en afán de protagonismo quizás y aprovechando el reciente fallecimiento del Olímpico Marcos Coll, han propuesto colocar dicho nombre al legendario estadio del barrio Montes.

Es el temor que nos asalta. Porque si bien estamos dando paso al modernismo con las construcciones de nuevos escenarios, simultáneamente estamos enterrando años y años de nuestra tradición deportiva, esa historia que nos engrandece desde entonces reconociéndonos  pioneros y llenándonos de orgullo a nivel nacional e internacional.

Para quienes desconocen la trayectoria del Estadio Moderno, nos atrevemos y sin ánimo de polemizar, hacer un pequeño recuento histórico. Sus inicios datan de los años veinte cuando en medio del fervor futbolístico que envolvía a nuestra ciudad, el varias veces alcalde y propietario de una empresario de transporte fluvial  Julio Montes decidió donar una buena franja de sus tantos terrenos para construir una cancha de fútbol. Campo de juego trazado con cal en una dimensión de un poco más de cien metros de largo por 90 de ancho y que se llamó Cancha La Pradera, colindante con la finca El Recreo también de propiedad del donante.

En 1922-de acuerdo con notas periodísticas de historiadores como Mike Urueta Carpio y Armando Cabrera Muñoz y respaldadas por personas como Lucas Gutiérrez quien hiciera parte del Club “Español”, se jugó un partido bajo reglas y normas oficiales entre dos equipos llamados Los Dorados y Los Azules. Entonces a la cancha se le dio el nombre de Julio Montes, en honor al donante del terreno de juego.

Dos años después (1924) y cuando ya la liga de fútbol comenzó a ejercer sus poderes en organización de campeonatos oficiales se le cercó con láminas de zinc para evitar la invasión al campo por parte de los innumerables seguidores de los equipos. Un año después se le construyeron las graderías que fueron de madera y se colocó un techo con láminas de zinc para dar sombra a los hinchas, que, ataviados con saco y corbata y sobreros de tartarita (hombres) y trajes largos, guantes de seda y sombreros de gala (mujeres) se daban cita para presenciar los clásicos de cada fecha dominical. Años después las gradas de madera fueron cambiadas por gradas en concreto, el techo igualmente se cambió con soportes y vigas de cemento, se construyeron dos camerinos y la cancha que inicialmente fue de arena noble y firme cambió por la grama sembrada por los mismos vecinos, por directivos de la liga y por los futbolistas que participaban en los torneos.

Siendo el primer escenario construido de tal manera y la modernidad de entonces, un día en que se cumplían partidos clásicos de primera categoría, entre los cuales de los tradicionales Juventud Junior y Sporting, un periodista –según los historiadores- de nombre Rafael U. González, preguntó cómo se llamaba ese estadio. Unos dijeron Julio Montes, otros dijeron otros nombres. El periodista que había recorrido todas las instalaciones, con entusiasmo dijo, “que va, este estadio es muy moderno, debe llamarse Estadio Moderno”. Y así quedó bautizado desde entonces.

Posteriormente y tras la muerte del jugador del Juventud Junior, Julio Torres, en desarrollo de un clásico con el Sporting cuando en un choque fortuito por el balón, cayó al piso y el contrario le cayó encima provocándole una apendicitis mortal, la gente creyó justo homenajear al futbolista que además fue de selecciones del Atlántico y reconocido como  jugador y como persona dentro y fuera de las canchas. Comenzaban ya los años cuarenta y aunque muchos seguían llamando Estadio Julio Torres, otros tantos preferían mantener el nombre de Moderno. Entonces unieron las dos voces y comenzó a llamarse “Estadio Moderno Julio Torres”. Dos bustos con la figura del futbolista reposaron durante muchísimos años a lado y lado de la cancha del escenario.

Creemos que los nombres en los escenarios deben conservarse porque es parte de nuestra naturaleza. No debemos estar cambiando cada cuarenta o cincuenta años los nombres. Eso sería nefasto por cuanto la esencia y el origen de nuestra verdadera historia deportiva se estaría  cambiando en cada decisión como las de ahora.

Los nombres nuevos deben darse a los nuevos escenarios no a los ya que por tradición e historia nos han mostrado más allá de nuestras fronteras. Y sí, es cierto que seguimos en deuda con otros tantos valores de nuestro deporte. Por ejemplo, Marcos Coll.  ¿por qué no proponer ese nombre para la Unidad Deportiva o Centro de Alto Rendimiento que construye la Federación Colombiana de Fútbol en la Vía Circunvalar? ¿Por qué no ir pensando también en un estadio al que podamos bautizar “Efraín “Caimán” Sánchez?

¡A Dios lo que es de Dios. Y, a Tomás Arrieta, a Humberto Perea y al Estadio Moderno Julio Torres, lo que a ellos pertenece!