Ningún presidenciable tiene nada asegurado todavía
Observo que en las redes sociales y fuera de estas hay muchas personas echando las campanas al vuelo en señal de victoria. Como reza el adagio popular, están ensillando la bestia antes de tenerla. El principal indicador (y el punto de partida) de esa euforia desmedida son las encuestas.
Pero las encuestas solo reflejan un ángulo de la problemática electoral, aquel que expresan quienes tienen la fortuna de ser entrevistados. Y, además, describen las preferencias de un número muy reducido de personas, el cual no alcanza a ser una muestra representativa de un universo más amplio.
Esta es la principal causa por la que las encuestas suelen fallar en sus pronósticos, aparte de ser manipulables, atendiendo a los intereses de quienes las pagan. Es por eso que un diagnóstico o una predicción de lo que podría ocurrir en la próxima contienda electoral, debería tomar en cuenta otras variables, más allá de las simples encuestas.
De hecho, al bufet electoral le hacen falta varios fuegos. La elección a Congreso será fundamental, pues los senadores y representantes que salgan electos le colocarán todo el arsenal al aspirante presidencial de su preferencia. Quien cuente con el mayor número de congresistas tendrá un buen punto de apoyo para ir por el primer puesto, sin que esto sea lo definitivo.
El o los partidos que ganen las elecciones a Congreso no solo podrían contribuir al triunfo de su aspirante presidencial, sino que ayudarán en la gobernabilidad del próximo mandato. Hay partidos que están haciendo bien esta tarea, en tanto que otros han sufrido varios tropiezos, los cuales serán cobrados por la dinámica política en la primera vuelta.
En las elecciones también influyen ciertos “intangibles” que no se pueden medir con las encuestas. Uno de estos son las redes clientelares tejidas por los grupos y por los políticos independientes, las cuales seguirán siendo decisivas tanto en la elección a Congreso como a la presidencia. De aquí provendrá un caudal de votos amarrados, que no tienen los que critican el clientelismo ni la mayoría de los políticos que recién ingresan a la batalla electoral.
Otro “intangible” que seguirá en funciones es el de la corrupción. La compra y venta de votos está todavía vivita y coleando, y se nutre tanto de las empresas electorales (y de los políticos inescrupulosos), como de la falta de cultura política y de las necesidades económicas de la mayoría de los votantes que se prestan para ese juego.
No es posible dejar por fuera del análisis el estilo de los aspirantes, el contenido de su discurso y lo que representan, desde el punto de vista de la realidad del país. Esas variables también hacen parte de las percepciones del electorado, y serán decisivas a la hora definir por quién se vota.
La polarización derivada de la guerra seguirá operando a la hora de elegir. La votación del No y del Sí del plebiscito anterior está ahí, latente e invariable, esperando al candidato victorioso de la consulta de la ultraderecha, y a quien salga a flote de los partidarios de la paz. Desde ya, esos electores están influyendo en las candidaturas de ultraderecha, de derecha y de centro-izquierda.
Sería muy cómico que Uribe y Pastrana no lograrán elegir a sus candidatos y que, por esas cosas de las consultas abiertas, se les colara, como quien no quiere la cosa, el señor Ordóñez. Eso es como para morirse de la risa, sobre todo porque con Ordóñez la posibilidad de derrota de la ultraderecha se incrementa desmesuradamente.
El señor Ordóñez (o cualquier otro que emerja de la consulta ultraderechista) tendrá que luchar en primera vuelta por los votos del No con Vargas Lleras, quien ya se abrió en pelea contra las opciones de izquierda, pero sobre todo contra Gustavo Petro, a quien califica de populista y de haber provocado un desastre en Bogotá.
Los votos del Sí están mucho más enredados. Fajardo, De la Calle y Petro (descontando que triunfa en su consulta, y que sus enemigos no hacen ganar a Caicedo de pura maldad), deberán trabajar muy fuerte por los votantes del centro, de los independientes y de la izquierda que apoyaron el proceso de paz.
Aunque Petro ha dibujado mejor su imagen y tiene mucha presencia en las redes sociales (sabe recoger la indignación contra la corrupción y el establecimiento, por ejemplo), no es posible asegurar aún que estará en segunda vuelta, así haya punteado en varias encuestas. Este aspirante será el objetivo principal de la ultraderecha cuando recrudezcan los disparos contra el fantasma del castrochavismo.
Fajardo y De la Calle han hecho una campaña de ideas, pero aún muy fofa, si se piensa en los problemas centrales del país que van paralelos al de la paz. Queda por ver si el apoyo de los partidos que los acompañan les ayuda a llegar a segunda vuelta, lo que cual no será fácil por la presencia de Petro, Vargas Lleras y el que salga de la coalición de ultraderecha.
El asunto de la corrupción y de los imaginarios que el electorado ha construido en relación a los partidos y a los aspirantes serán platos fuertes en lo que resta de campaña. La lucha contra la corrupción, por la decencia y el respeto de lo público definirá a la coalición de Fajardo, en tanto que el principal talón de Aquiles de la campaña de Vargas Lleras podría ser la dupla simbólica corrupción-Cambio Radical.
En fin, a este zambapalo electoral le falta todavía mucho fogón. La manera como se resuelvan las consultas y lo que ganen los partidos en las elecciones a Congreso, servirá para aclarar mucho más el panorama. Es probable que, después de esa primera etapa, algunas candidaturas desparezcan y se plieguen a otras.
Luego de esa fase decisiva, tal vez resultará mucho menos complicado elaborar una predicción. Pero, por ahora, decir que ganará alguien utilizando solo las encuestas no pasa de ser una ilusión o un simple deseo. Y el deseo y la ilusión en política casi nunca ganan elecciones.