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Ni de aquí ni de allá

Hoy les escribo desde otro lugar de la tierra. Sintiéndome un tanto extraña y añorando por momentos lo que una vez fue mi vida, puedo hablarles con sinceridad de lo que se siente ser extranjero. Algunas veces, desesperada por la mala situación que se vive en Colombia; otras veces, cansada de no poder ascender en mi profesión, sintiéndome estancada y molesta, desee irme y dejar todo tirado.

Confieso que no fueron pocos los momentos en que me cuestioné sobre mi futuro y en los que contemplé irme a buscar nuevos rumbos en otros lugares de la tierra. Por momentos quise estudiar inglés o cualquier otro idioma de moda en el extranjero, con el único fin de desaparecer de un país que cada día parecía hundirse más en un pantano de corrupción, clientelismo e injusticias.

Dejar ese ambiente lleno de mediocridad, donde no eres nadie si no tienes contactos, y donde la disciplina y la constancia, si acaso, te servirán para colgar un diploma que se llenará de polvo en la pared de la sala, fue un deseo recurrente.

La oportunidad llegó por sí sola, de la mano de quien ahora es mi esposo, y a quien admiro más que nunca al entender todo el esfuerzo y sacrificio que ha tenido que hacer para mantenerse lejos y forjar, a partir de la nada, una nueva vida. Y es que, créanlo o no, un cristiano común y silvestre como ustedes o yo, en el extranjero no es nadie.

Tampoco es que en Colombia seamos mucho, pero por lo menos uno se siente parte de algo. Nos gustan los mismos equipos, disfrutamos de las mismas parrandas, oímos música similar, hacemos los mismos planes, tenemos más o menos los mismos modelos de familia, comemos los mismos alimentos (aunque en distintas preparaciones), y, aunque enajenados por el populismo y el nacionalismo, tenemos un lugar al que podemos llamar hogar.

Por eso salir no es fácil. De seguro es probable que si eres un universitario o un aventurero, la cosa se torna distinta y disfrutas la experiencia como si fuera un paseo, pero no es así para quienes superamos cierta edad y tenemos otra clase de aspiraciones.

Les digo con franqueza que hacer filas de horas en los departamentos de migración, viendo pasar mujeres embarazadas, niños, ancianos, gente con rostro de desesperación, observar personas sentadas en los andenes, cansadas de esperar, no es fácil. Tampoco es fácil ver como los requisitos para la homologación de títulos de cualquier carrera o para la obtención de becas, en cualquier etapa académica, son más difíciles para aquellos que no tienen la condición de nacionales.

Y es que, desgraciadamente, aunque han avanzado nuestras sociedades y la concepción de los derechos humanos, tal parece que otra clase de derecho, otro tipo de sistema jurídico, rige a los migrantes.

Estamos ante una epidemia mundial de rechazo a los emigrantes. Y no es una simple apreciación de una colombiana que hace poco salió de su país. Es el clamor generalizado de todos a quienes conozco, el tema en las noticias, la tendencia de los gobiernos entrantes en varios de las potencias más poderosas. Los emigrantes somos el nuevo karma del mundo globalizado, y, por ende, debemos ser discriminados, despojados, hastiados, de tal suerte que nos aburramos y volvamos a nuestro lugar de origen.

Debo decir que he tenido suerte en encontrar a un ser humano maravilloso con quien, en la soledad de nuestra casa, tengo un hogar, un país. Pero no es la situación de la mayoría de los migrantes en el mundo. En términos generales, la gente no se va porque quiere.  Si nuestro país fuese un lugar tranquilo, seguro, donde todos pudiéramos convivir en paz, recoger con justicia el fruto de nuestro trabajo, ascender en la medida de nuestras capacidades, estudiar lo que queramos, construir una familia sin miedo a que nuestros hijos sean maltratados, de seguro nos quedaríamos, o por lo menos saldríamos en busca de aventura, de experiencia, y no al calor de la necesidad.

La triste realidad es que migramos de países latinoamericanos con malas condiciones de vida, a otros con mejores, o a lugares donde podamos, de una vez por todas, desarrollarnos y hacer lo que en nuestro país no se permite, o es difícilmente alcanzable.

Preferimos venir a otras naciones, muchos a pasar trabajo, hambre, a hacer oficios para los cuáles están sobre calificados, solo porque la situación de donde vienen es insostenible y necesitan un escape. Escapar a una dimensión nueva donde nadie es como uno, donde no comen lo que uno, no hablan como uno, no entienden las bromas de uno, no se visten como uno, no socializan como uno, es a todas luces preferible, que seguir en el estiércol de una nación que no ha sabido recompensar la pujanza y el tesón de sus ciudadanos.

Preferimos ser nadie en un lugar donde se respete la ley, donde haya orden, menos corrupción, más estabilidad, que ser los mismos peones de un juego dirigido por los mismos con los mismos, y donde difícilmente se pueden superar las barreras de lo que el Estado ha preconcebido que debemos ser. Si somos pobres así seremos siempre, y los ricos se mantienen en su lugar, ese es el statu quo del colombiano.

Yo admiro a todos aquellos que tomaron la decisión de migrar, admiro al paisa que vende arepas en la fila de la policía internacional, al venezolano que se vino  a vender emparedados, a la señora que hace aseo acá, aunque en Haití haya tenido una profesión y se consideraba alguien.

Por ellos es necesario que alcemos la voz, para que las condiciones de vida sean más igualitarias entre nacionales y extranjeros, para que recordemos el mundo globalizado en el que vivimos (porque parece que con el ascenso de algunos gobernantes de medio pelo, lo hemos olvidado), que la humanidad avanza hacia un mundo sin fronteras donde en todo lugar nos sintamos parte de algo, donde a todo lugar podamos llamarlo hogar.