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Merlim: dinero fácil y la falsa ingenuidad

Para que te paguen tienes que trabajar, regla simple, todo lo que se salga de los confines de esta ley universal es misticismo. Ponerse una moneda en los zapatos, prender veladoras doradas, regar con azúcar las matas o sembrar billetes, la lista de supersticiones de las personas es tan larga como larga es la lista de sus problemas, sin embargo, con magia no se pagan las cuentas.

La humanidad ha recorrido un largo camino desde los tiempos en los que quemábamos ovejas en hogueras para que algún dios campesino nos regara los campos. Los siglos, desde luego, nos han cambiado, todavía esperamos que alguien nos salve de las durezas de la vida, pero nuestros dioses ya no son campesinos, son más bien ingenieros informáticos, analistas de datos, tramoyeros y vendedores profesionales de humo.

Que 200 personas en Barranquilla se sintieran engañadas el sábado pasado cuando se enteraron de que el ídolo de oro al que le venían rezando no era más que una mentira, resulta, con el perdón de los afectados, absurdo. Que una empresa tenga nombre en inglés, página en internet y haga ‘cosas’ digitales, no la convierte en Google, que los responsables digan palabras extrañas no los hace Mark Zuckerberg.

Es verdad que el analfabetismo digital en Colombia es alto, para 2016 el país contaba con apenas 13,2 millones de conexiones fijas a banda ancha, de las cuales 4,5 millones correspondían a redes 3G de telefonía móvil, es decir, un tipo de internet bastante básico y con limitaciones. Sin mencionar que el mero hecho de tener una conexión a internet no indica que se tenga un conocimiento apropiado de las redes.

Así pues, el analfabetismo digital pudo hacer que fuera más fácil para los directivos de Merlim Network engañar a 200 incautos, quienes cayeron en la estafa que prometía pagar dólares diarios a quienes entregaran varios millones de pesos por hacerse una cuenta con la que jugar aplicaciones de celular. No obstante, la forma más básica de sentido común debería bastar para entender que, a menos de que se haya nacido en cuna de oro, el dinero nunca llega fácil.

Las estafas multinivel cambian de nombre y forma constantemente, sin embargo su esencia se mantiene. De DMG –la gigantesca pirámide intervenida por el Gobierno en 2008- a Merlim hay poca distancia; así como hay poca distancia de Merlim a Herbalife, Amway, Avon+, las pirámides basadas en Bitcoin y muchas otras más.

Las señales de alerta deberían ser claras a estas alturas. Nos debería poner bajo sospecha cualquier negocio que prometa rentabilidades altas por un esfuerzo mínimo, que antes de empezar a pagar exija que entreguemos una cantidad considerable de dinero para hacer parte del negocio, que nos dé incentivos y ganancias extras por atraer nuevos clientes.

Esto es lo obvio, sin embargo, hay que aprender a leer entre líneas. Los negocios que venden felicidad, liderazgo, amor, éxito o aire, la mayoría de las veces no venden nada. El cuento de las marcas que venden conceptos no llega tan lejos, aunque el eslogan de Coca-Cola sea ‘destapa la felicidad’, al final del día te están vendiendo una Coca-Cola, de eso viven.

Los negocios que prometan convertirte en un líder nato, que tienen escaleras jerárquicas -platino, diamante, diamante II- que venden autorrealización a tres millones de pesos, esos son los mismos en los que, periódicamente, cientos de personas gustan de dilapidar ahorros o préstamos que no van a recuperar.

Desconfío de ese tipo de ingenuidad, del “abusaron de mi buena fe”, hace aparecer a los afectados como niños, a pesar de que la motivación básica de la que parte su desgracia es poco más que un auto-engaño, una forma de avaricia. La esperanza de burlar al sistema para hacerse rico de la noche a la mañana, una manifestación más de esa pereza que a veces cargamos como lastre los colombianos y que no está muy lejos de la salida fácil que ofrecen las drogas a los narcotraficantes o las coimas a nuestros corruptos políticos.