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Mejor votos que balas

La experiencia histórica del país y del mundo enseña que cualquier dictadura es peor que la democracia constitucional. Y también enseña que la falta de libertad política (esencial en ese tipo de democracia) se hace más visible en las dictaduras cuando los modelos económicos que le sirven de sustento resultan ineficientes para resolver los problemas sociales.

La ruta seguida por la democracia constitucional ha probado ser menos traumática que la de las dictaduras más cerreras, entre las cuales se destacan la dictadura totalitaria de derecha y la dictadura totalitaria de izquierda. El tipo más claro de totalitarismo de derecha es lo que se conoce como fascismo, y el de izquierda se denomina, simplificando, estalinismo.

En ambas experiencias, y por circunstancias diversas, la dictadura arrasa con el sistema de derechos y deberes que ha ido ganando la humanidad y que representan la base del Estado Social de Derecho, para imponer un marco legal que favorece una ideología única, un partido único y el control omnímodo del Estado sobre todas las facetas de la vida.

La historia enseña que el totalitarismo también destruye la libertad política, al impedir la existencia de opositores, y al eliminar la pluralidad de opiniones diferentes a la del partido o líder que gobierna. Sin pluralismo y sin leyes que lo permitan o regulen, la democracia deja de existir.

Ya lo expresó Locke hace varios siglos: donde no hay ley, no hay libertad. Desde luego que este pensador se refiere a los derechos civiles individuales que hacen parte de la democracia constitucional y, sobre todo, a la libertad política, que incide sobre la relación entre los individuos, los partidos y el poder estatal.

La democracia contemporánea es más que un instrumento para elegir y ser elegido, y más que un simple mecanismo para ejercer la hegemonía partidaria o de clase, siguiendo el lenguaje de Gramsci. Porque la democracia actual es una combinación que recoge, básicamente, aportes constitucionales o legales, la visión pluralista sustentada en principios democráticos, y la posibilidad de un poder que respete o niegue esas reglas de juego.

La crítica más fuerte a la telaraña democrática ha provenido del totalitarismo de derecha y del de izquierda. Los fascistas o totalitarios de derecha critican la democracia constitucional porque la ven como un medio para el ascenso del comunismo. Los de izquierda la critican porque sostienen que es un simple instrumento más de la dictadura burguesa, de los intereses de clase de la burguesía.

En ambas críticas hay algo de verdad, pues las personas o partidos que añoran el comunismo pueden utilizar los mecanismos de la democracia representativa para acceder al poder, como ha ocurrido en diversas partes del planeta. Y, por otro lado, los dueños del capital suelen instrumentalizar al Estado y a los partidos para garantizar sus intereses particulares.

Pero esas críticas válidas no justifican destrozar el juego democrático, y todo el sistema legal y político que lo sustenta. Invitan sí a pensar a fondo en qué nos espera si aceptamos la solución final que proponen todos los totalitarios, o si es mejor defender la democracia, a pesar de sus limitaciones.

Hasta ahora el sistema político menos problemático es la democracia constitucional. Quien cree en el totalitarismo no acepta este postulado que se deriva de la experiencia histórica, pues su única obsesión consiste en imponer una dictadura para librarnos del comunismo o para desbaratar la dominación burguesa.

Los totalitarios no se detienen a pensar con calma (o no les interesa pensar en eso) en lo que ocurriría una vez destrozado el proceso democrático. De hecho, para todos ellos el sistema de derechos y deberes, la libertad política, el pluralismo, la tolerancia y el respeto con quienes no son como uno, no representan una ruta con dificultades a superar, sino una muralla que es necesario eliminar.

La ultraderecha nacional ha demostrado hasta la saciedad que no le importa nada la ley, la institucionalidad o la democracia constitucional. Lo suyo es acabar al comunismo como sea, incluido echar bala. Esa ultraderecha ramplona no solo estuvo detrás del paramilitarismo sino que le coquetea al fascismo.

Recuérdese cómo hace algún tiempo sus ideólogos estuvieron moviendo la idea del Estado de Opinión, un paradigma muy claro de la historia fascista que inutiliza el juego democrático y el Estado de Derecho. El riesgo de una dictadura de talante fascista aún no ha desparecido en Colombia, sobre todo porque parece contar con mucho apoyo popular.

La ultraizquierda nacional también le apuesta al totalitarismo, aunque por otros motivos y con otros objetivos. Para ellos democracia es sinónimo de dictadura burguesa y de economía capitalista. Su idea, velada con múltiples trucos, es acabar con la democracia constitucional porque piensan que haciendo eso suprimen el poder burgués y el predominio del capital.

Es claro que la democracia contemporánea no se agota en el dominio o la hegemonía de la burguesía, como lo demuestra la experiencia Latinoamericana. Y es claro también que bajo condiciones democráticas se puede trabajar por una mejor redistribución del ingreso, por la ampliación del abanico de oportunidades, por los derechos y deberes que garanticen la libertad política y la inclusión social. La experiencia internacional indica que sí es posible hacer ese trabajo bajo condiciones democráticas, como sucede en los países del norte de Europa.

El error grave de la ultraizquierda totalitaria consiste en creer que la democracia constitucional se agota en la economía de mercado, en la propiedad privada y en la dominación burguesa. Es un error similar (pero al revés) al que cometió Hayek, para quien la democracia solo podía existir en el marco de la economía de mercado.

La democracia está más allá de la economía, porque representa también una cultura, una forma de ser individual y colectiva basada en el respeto al otro, en la tolerancia y en el pluralismo. La democracia está mucho más allá de la economía porque también es un sistema de valores que recoge lo más razonable que hasta ahora ha producido la humanidad para regular la vida en sociedad.

Pero estas ideas no le interesan a los totalitarios de la ultraderecha o de la ultraizquierda, porque su inspiración política está en el fascismo o en el estalinismo, dos sistemas que suprimen la libertad política y que ponen a marchar a todo el mundo detrás de la ideología única, del partido único y del Estado.

Por esto les gusta más echar bala que pensar. Por eso disparar, para ellos, es preferible a votar. Y masacrar al enemigo, violando sus derechos e irrespetando su condición de persona humana, no es visto como un problema sino como una solución.

Es mejor votar que disparar, es mucho mejor reformar e ir eliminando lo inconveniente que arrasar con todo. ¿Arrasar con todo para qué? ¿Para suprimir la libertad e imponer un solo punto de vista? Caer en este error es regresar a lo peor por lo que ha pasado la humanidad. Ni más ni menos.