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¡Marco T., mi respeto para usted!

Su figura enjuta, su andar cansino y su cuerpo encorvado eran la muestra fehaciente de la pena cargada sobre sus hombros. El peso de los años, “92 abriles” de vida no le pesaban tanto quizás, como sí la tristeza y la nostalgia que embargaba su alma. Su corazón estaba partío desde hacía casi dos años. La muerte de su esposa y compañera de siempre, Beatriz Donado, su amiga y compinche de todo su recorrido de más de 60 años de feliz matrimonio, le habían dejado en un dolor profundo capaz de soportar apenas con su propia muerte.

La última vez que le vi, hace algunos meses –creo que por  la calle 72 rumbo a Emisora Atlánticocomo aporte al Programa Satélite- o tal vez cerca del Diario La Libertad donde acudía para su columna habitual de los jueves ¿Sabía Usted?, le vi cabizbajo, con la mirada clavada en el piso y quizás ahogando en sus recuerdos su amarga pena. Esa pena que solo él sabía soportar.

Marco T. Barros Ariza fue un virtuoso de la vida. De esas personas que la modernidad ya han colocado en  vías de extinción.  No porque no supiera amoldarse a la globalización que el mundo de hoy parece haberle otorgado a las nuevas generaciones, sino porque mantuvo siempre firme sus preceptos con las cuales fue educado: honestidad, responsabilidad, sentido de pertenencia y respeto por los demás. En su casa donde nació y vivió largo rato, en el barrio San Roque, hubo un letrero que identificaba a sus residentes. No un aviso que decía “Aquí vive la familia Barros Ariza” como era costumbre entonces en muchas casas de Barranquilla. El letrero decía: “Se forran botones y hebillas”. Esa era una de las tantas anécdotas que con singular humor y entusiasmo contaba Marco T. cada vez que sus colegas de radio le preguntaban sobre su niñez.

Gozó del aprecio de todos. Porque fue amigo de sus amigos, compañero de sus compañeros, fue amigo de sus colegas a quienes respetaba y alentaba, fue amigo de sus propios hijos a quienes impartió sus virtudes de ser humano y enseñó a ser cada vez mejores.

Sus 92 años de vida los gozó sin el aliento de un ron o una cerveza que le motivarán en fiesta alguna ni del humo de un cigarrillo que nublara su mente. Y de ello pregonaba y se sentía orgulloso.

Marco T. fue un comunicador integral. Detrás de un micrófono o en los teclados de un computador o máquina de escribir relató la historia de sus vivencias. De  sus experiencias como gerente de empresas, de conocedor del talento musical de cantantes y orquestas, de embajador de agrupaciones internacionales como Los Melódicos de Venezuela y como animador de voces como los de Eliseo Herrera en los Corraleros de Majagual.

Su figura enmarcada en el buen vestir le dieron un impronta personal en cada uno de sus eventos y actuaciones. En la calle siempre se le distinguía por su porte firme en el caminar y su infaltable camisa larga y elegante corbata. Prenda esta de la que decía poseer no sé cuántas, quizás unas cien, quinientas, mil o más. Y sin duda mostraba y lo decía con orgullo, “muchas con aprecio especial por habérmelas obsequiado la “Guarachera de Cuba”, Celia Cruz.

De la vieja guardia del periodismo de Barranquilla y la Costa Caribe, sobresalía por su sentido de buen humor, mamador de gallo, contador de chistes, “verdes o maduros” pero referidos de tal forma que generaban risas y festejos no tanto por el significado mismo del chiste, sino por la inocencia en ser referidos. Hasta en eso fue noble Marco T.

Verlo unos años atrás, cuando gozaba de buena salud y vitalidad nos hacía recordar otras figuras de la radio que también gozaban del aprecio de todos y que mantenían el buen humor y contagiaban a sus contertulios como lo fueron entre otros Tomás Barraza Manotas y Juancho Illera Palacio.

Su dolor en el alma le partió el corazón. Su esposa y compañera le dejó un enorme vacío incapaz de llenar. Luchó hasta el final porque entendió  que todavía debía dar más al mundo. Pero esta vez la batalla final le ganó la partida. Su salud fue minando hasta que decidió que era tiempo ya de ir al lado de su ser amado.

Su legado, seguramente quedará heredado en sus hijos, en sus nietos y en sus discípulos que, confiamos, sabrán seguir manteniendo tan alto y en buen prestigio como lo hizo en su vida Marco T. Barros Ariza.

Y antes del consabido, Paz en su Tumba, que Dios lo tenga en su gloria, prefiero decirle a este ilustre personaje barranquillero una frase parecida a la que le hizo popular entre todos:  “Marco T. mi respeto para usted”.

Y ahora sí, ¡Paz en su tumba!