Lujuria narcotraficante
Para las personas de más edad resultará una sorpresa saber que en internet existe una cultura de la celebridad, con audiencias por mucho superiores a las de la televisión. Adolescentes que viven sus vidas a lo diva, tipos que se graban jugando videojuegos; están los que comentan lo paranormal, los que analizan películas y, desde luego, sicarios que hablan de la realidad sociopolítica nacional.
Este último es el caso de Jhon Jairo Velásquez, exjefe de sicarios de Pablo Escobar, mejor conocido por su alias de asesino y youtuber profesional: Popeye. En su cuenta de la plataforma de videos, Popeye cuenta con una más que considerable suma de alrededor de 573.000 seguidores, en su perfil de Facebook son 383.000 y en su cuenta de Twitter (@Popeye_leyenda) tiene más de 50.000 seguidores.
Desde que salió de la cárcel en 2014, después de 23 años tras las rejas –la condena original era por 26 años, pero recibió una rebaja de tres-, Popeye se ha convertido en una especie de celebridad, defendido por miles de colombianos y hasta extranjeros ¿Puede un hombre que confesó haber asesinado a más de 300 personas ser perdonado?, y, de ser este el caso ¿puede llegar a ser admirado? A la primera pregunta supongo que la respuesta, por fuerza, tendrá que ser positiva; es, al fin y al cabo, el principio sobre el que se fundamenta todo el sistema de justicia; a la segunda, sin embargo, la respuesta debería ser un rotundo no. Existen pesos de los que una persona no debería poder escapar jamás, 300 personas asesinadas es uno de ellos.
Parece que, en todo caso, Popeye no piensa de esta forma e, incapaz de agachar la cabeza con humildad y aceptar el perdón de la sociedad (que es más bien institucional), ha decidido hacer de su historia y personalidad un motivo de celebración. Postura que parecen compartir Netflix –una de las principales lucradoras de la cultura del narcotráfico- y el canal Caracol, que transmitieron este año su novela Alias JJ.
Todavía hay quien cree que la representación novelesca de los peores asesinos que haya conocido la humanidad no tiene causa ni consecuencia social alguna. Hay quienes viven en un cómodo paraíso de relatividad existencial en los que el arte y la estética se sostienen en su propia esfera supraterrenal, en un orgasmo perenne de autocontemplación onanista. Están los otros, más prácticos ellos, que ven en el trágico final de la epopeya narcotraficante descargo suficiente para desincentivar la imitación o que, simplemente, atribuyen a la sociedad –como un todo uniforme- la capacidad para separar la realidad de la ficción.
Dentro de todo lo cuestionable que puedan ser ambas posiciones, lo cierto es que Popeye resulta aún más peligroso como figura que el mismo Pablo Escobar. No solo contradice el clásico adagio que asegura que todos los sicarios y narcos se enfrentan a una muerte temprana o una vejez miserable, sino que, además de sobrevivir a sus años de sangre, ha llegado a convertirse en el centro de todo tipo de admiración, no a escondidas, sino legítima y bastante pública. ¿Quién dice que ese no podría ser yo?, a los ojos de un pelao de este país, con una tradición narcotraficante tan arraigada, cuánto tiempo puede pasar antes de que la pregunta surja, sobre todo, en esos entornos en los que la delincuencia es una realidad inescapable.
No hay que olvidar que el narcotráfico no se sostiene ni por maldad, ni por necesidad, la cultura del narcotráfico es una cuestión aspiracional, sobre todo, y en Colombia, uno de los países más desiguales del mundo, aspiraciones son lo que nos sobra.
Este 9 de diciembre, dos días después de haberle iluminado el camino a la virgen con velas y faroles, la División de Inteligencia de la Policía capturó en El Peñol, un municipio antioqueño ubicado a una hora de Medellín, a Juan Carlos Mesa, alias Tom, uno de los narcotraficantes más buscados por Estados Unidos y por el que se ofrecían dos millones de dólares como recompensa.
Tom fue capturado con 80 millones de pesos en efectivo, estaba acompañado por ocho mujeres, otros dos narcos y Popeye. Tres putas para cada uno.
El problema no es contar la historia como es, narrar, si se quiere, la falta de testículos de cuanto sicario se aparece en este país, sin la entereza mental para vivir una vida con las dificultades que implica restringir la esfera de tu libertad a la de otros o la mínima conciencia para no levantar a tiros a alguien por los traumas personales (tan negros como puedan ser).
El problema es contar la historia de estos tipos con huevos de acero, personificados por los Brad Pitt o Hugh Jackman latinoamericanos, sin miedo a nada, con los que nadie se mete, adorados por sus concubinas y temidos por sus enemigos, y esperar, esperar con la ingenuidad de un niño, que a nadie se le ocurra que estaría bacano intentarlo. Sobre todo si lo único que tienes que hacer para empezar es salir a la puerta de tu casa, hablar con tu primo el que lleva la marihuana en el bicitaxi y abrir un canal de Youtube.