Los periodistas y el machismo: el caso de Abel González
El machismo es una pandemia que cruza nuestra cultura. Está en la piel de mucha gente, y es la consecuencia de siglos de patriarcalismo, del predominio del hombre en la economía, en la política y en los demás escenarios públicos y privados.
Ese flagelo contiene no solo palabras sino relaciones de subordinación o dominación, que llevan a que las mujeres pierdan su autonomía (o a que no puedan construirla) y vean golpeada su dignidad, en la vida cotidiana y en otros ámbitos.
Eso significa que no es una expresión cultural neutra, inocua, pues posee una gran capacidad de hacer daño, porque está en la base de las expresiones discriminatorias habituales contra la mujer, y sirve de fundamento y motivo a la dominación y a la muerte que se ensañan contra ella.
El feminicidio es la manifestación más extrema y cruel del machismo. Considerar a la mujer como alguien inferior o como un simple objeto de placer o de servicio, le es útil al machista para justificar su maltrato, para agredirla de palabra o físicamente, o hasta para matarla.
Y, en ciertos casos, la muerte (o la agresión) no es tanto física como moral. Herir de palabra, destrozar el honor, calumniar o exhibir a una mujer como una cualquiera son armas sanguinarias que emplea el machista para lucir su sentimiento de superioridad y desprecio hacia las mujeres, y para matarlas destrozando su dignidad y su honra.
Exactamente eso fue lo que hizo el conocido locutor Abel González Chávez contra Gladys Ortega, esposa del futbolista Roberto Ovelar. González Chávez arrastró la honra de la señora y afectó su dignidad al presentarla en público como una mujerzuela, por exhibirse en las redes sociales mostrando más de lo debido, según la opinión del locutor.
Este individuo mostró a la señora como incitadora de los hombres, la volvió su víctima, la denigró y después, para coronar la faena, la culpabilizó de todo cuanto estaba ocurriendo alrededor de ella. Para él, la única culpable del escándalo fue ella misma, con lo cual eludió el problema de fondo subyacente en lo ocurrido.
El problema de fondo está relacionado con la forma como vemos a las mujeres y, sobre todo, con el respeto que estas merecen. No es pecado que Gladys Ortega sea una mujer hermosa, y tampoco lo es que aparezca en las redes, con todas sus cualidades, sola o en compañía de su esposo o de sus hijos.
¿Una mujer hermosa no merece nuestro respeto? Lo merece tanto como cualquier otra persona. Y lo tiene aún más ganado si no se trata de alguien extraño, sino perteneciente al equipo en que uno juega. El problema empezó por aquí, pues Teo Gutiérrez le envió mensajes insinuantes a Gladys y esta, como debía ser, se los comunicó a su marido.
¿Procedió correctamente el señor Teófilo Gutiérrez? Obvio que no. Teo se equivocó, irrespetó a Gladys y a Roberto Ovelar, porque le gustó la señora y no supo o no pudo contenerse. El irrespeto inicial es de la estrella del equipo, no de la esposa de su compañero de trabajo.
La consecuencia de la salida en falso de Gutiérrez fue el malestar creado en la familia de Roberto, además del escándalo mediático que obligó a Ovelar a salir de Junior seis meses antes de finiquitar su contrato. La familia Ovelar-Ortega es la víctima, no la victimaria, del desliz de Teo.
Es claro que el responsable de todo el problema fue Teo Gutiérrez, al volarse los semáforos en rojo debido a su incontinencia emocional, y a que todavía no ha podido entender que las estrellas no solo deben ser excelentes en la cancha sino en su relación con los demás.
González Chávez intentó echarle tierra al comportamiento irrespetuoso de Teo Gutiérrez revictimizando a Gladys, al presentarla a su público casi como una cualquiera que mostraba más de la cuenta en las redes. Y, de paso, también puso a Ovelar como un zapato insinuando, abusivamente, que su señora actuaba de ese modo porque le faltaba algo, imagínense ustedes qué.
El lenguaje chabacano de González Chávez es un reflejo nítido del nivel cultural que domina en las redes y en la radio. La vulgaridad en la expresión, la falta de argumentos bien construidos y la agresión como recurso polémico nutren el irrespeto que ha hecho carrera en esos medios de comunicación.
A la falta de profundidad conceptual, a la bajeza y a la superficialidad de algunos periodistas se le agrega ahora el machismo desembozado, que es también la consecuencia de zombis culturales que se niegan a morir del todo, de formas de pensamiento arcaicas que se mantienen en el presente por el peso de la tradición y por la falta de cultura de los agentes del machismo.
El machismo de ciertos periodistas es el corolario de su retraso cultural, de la incapacidad para estar a tono con lo que exige el periodismo moderno, de su negligencia para autoeducarse, y del desconocimiento o irrespeto de los avances legales, culturales o políticos que han ampliado el margen de inclusión de la mujer en la sociedad, como alguien respetable por su condición femenina y como ser humano.
Con su comportamiento, González Chávez no solo pretendió proteger a Teo (el principal responsable del escándalo), sino que arrastró la honra y la dignidad de una mujer, violando todas las normas tácitas y explícitas del buen periodismo y de las buenas maneras, y pisando la raya roja del código penal.
Es lamentable que en pleno siglo XXI se utilicen las ondas de radio para propalar malas mañas, machismo descarado, e irrespeto sin ningún autocontrol. Aparte de la sanción social muy merecida, Abel González Chávez se ha hecho acreedor de una fuerte sanción legal.
Los periodistas y el machismo deberían ser como el agua y el aceite, porque el machismo es una variante del racismo y estos dos zombis culturales son la consecuencia de la estupidez humana. ¿Hasta cuándo habrá que soportar locutores incultos y machistas?