Los dilemas del presidente Duque
Es claro que la polarización nacional, derivada de la guerra, determinó la elección presidencial. Los “votos de opinión” del presidente electo son, en parte, la consecuencia de ese conflicto, es decir, del odio y el miedo que muchas personas sienten hacia todo lo que huela a guerrilla y a izquierda, un fenómeno que se agudiza con los acontecimientos recientes de Venezuela.
De este decisivo hecho político resulta un primer dilema para el presidente Duque, quien ha manifestado su interés por dejar atrás el pasado para unir al país. ¿Cómo hará para superar ese odio visceral que sacude las entrañas de la derecha y la ultraderecha de esta nación?
La victoria en las urnas ha envalentonado aún más a esos sectores inescrupulosos que quieren más sangre, y que han torpedeado el proceso de pacificación, con todas las armas, desde hace mucho tiempo. ¿Tendrá el nuevo presidente la fortaleza y la capacidad para convencer (o someter) a quienes no han querido la paz sino la guerra?
Parece contradictorio el discurso de unir al país con el postulado de revisar aún más los acuerdos, y con la posición de obstaculizar en el Congreso la institucionalización de la JEP. La única forma de resolver esta contradicción es pensando que el señor Duque no cree sinceramente en lo que dice, sino que todo obedeció a una estrategia demagógica para captar votantes del centro político.
O que su propuesta de unión solo se reduce al intento de reconciliar a Santos con Uribe, lo cual parece más viable, si partimos del supuesto de que la gran mayoría de los partidos que apoyaban al presidente en ejercicio están ahora en sus toldas. Pero si fuera así, Duque deberá enfrentar el gran dilema de que Santos cree firmemente en la paz dialogada, en tanto que Uribe piensa más en la paz de los sepulcros, sobre todo porque esta opción le ha resultado políticamente muy rentable.
Duque tendrá que lidiar, dentro y fuera del Centro Democrático, con personas que poseen una larga trayectoria de irrespeto a las instituciones públicas y a las normas vigentes, incluida la justicia. Muchos militantes de su partido están enredados en procesos por parapolítica, por las famosas chuzadas y por el AIS, entre otros.
Algunos de sus aliados purgan cárcel o huyen de los jueces, en tanto que otros esperan decisiones jurídicas por graves delitos que, lo más seguro, los llevarán a prisión. Recuérdese que el presidente Santos, ante hechos tan complicados, sostuvo públicamente que él no iba a interferir con las decisiones de la justicia. Es decir, le hizo mamola al expresidente y a sus alfiles, tan acostumbrados a los complots y a los métodos duros para acallar a los opositores.
Esta posición política y legal fue una de las causas del rompimiento irreconciliable entre Santos y Uribe, y llevó a este último a tildar de traidor a Santos, y a lanzarse a una oposición bestial contra aquél, la cual contribuyó a abrir aún más la profunda brecha de la polarización.
¿Será Duque un alcahuete de los corruptos del Centro Democrático o provocará la ira, otra vez, de su jefe político, al no permitir ninguna interferencia en las acciones de la justicia? ¿Contribuirá a anarquizar las instituciones encargadas de castigar los delitos, para proteger el pellejo de la gente de su partido?
Es muy difícil que el presidente electo se desligue de la horda de ultraderechistas que no respetan el Estado de Derecho sino de boquilla, por cuanto ese sector es el bastión principal de su apoyo político en el Congreso. ¿Cómo hará Duque para luchar contra la corrupción si está amarrado a los corruptos de cuello blanco, y les debe su elección a ellos?
El dilema más complicado que tendrá el nuevo presidente resulta de su relación de dependencia (y de altas deudas) con el senador Uribe. Se sabe que este personaje tiene en curso graves demandas, por diversos delitos, que podrían llevarlo a la cárcel. ¿Dejará Duque actuar a la justicia de manera independiente o saldrá en defensa de su jefe, como lo hacen otros de sus alfiles?
Si la mano negra no logra intimidar a los jueces y al periodismo independiente, y si el uribismo no puede destrozar la Justicia Especial de Paz, lo más seguro es que el senador Uribe deba enfrentar varios juicios. Este sería el dilema definitivo del nuevo presidente, el que lo expondrá como un mandatario íntegro e independiente, o como un simple títere de un mandamás político oscuro y muy manipulador.
¿Será capaz Duque de emular la traición de Santos, o pasará a la historia como un jefe de Estado de bolsillo, que se puso al servicio de uno de los grandes señores de la guerra, y de la ultraderecha insensible aún sedienta de sangre?