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Lo que está en juego en las próximas elecciones

La batalla campal en que se ha convertido el proceso eleccionario para el Congreso y para la presidencia, parece hacer olvidar las cuestiones de fondo que se definen votando por uno u otro candidato.

Estos asuntos son, básicamente, la continuidad de la implementación de lo acordado en La Habana, la lucha contra la corrupción, y la construcción de un clima de tolerancia para derrotar la violencia, entre otros.

El proceso de paz aún no concluye, no solo por la guerra con el ELN, sino por los riesgos que enfrentan los acuerdos establecidos entre el gobierno y las Farc. Después de la derrota en el plebiscito, Santos y los suyos optaron por la vía del Congreso para aprobar parte del paquete de lo acordado en La Habana.

Pero aún persiste el peligro de que mucho de esos acuerdos se venga al suelo, si ganan la mayoría del Congreso y la presidencia quienes han declarado hacer trizas lo que se aprobó sin su consentimiento. Este escenario crearía un gran lío de consecuencias impredecibles, sobre todo para quienes abandonaron las armas.

Los votantes del Sí en el pasado plebiscito deben tener muy claro que es pertinente elegir buenos congresistas que, además, sean partidarios del proceso de paz que aún no se cierra.

El problema más grave es que la alianza que prohijó los acuerdos de parte del establecimiento (la Unidad Nacional) está destrozada, y nada lleva pensar que se reestructure de nuevo alrededor de la paz. De donde se infiere que es necesario elegir congresistas con la idea de darle continuidad a lo que aún no termina de establecerse.

Después de la violencia, el asunto más acuciante del país es la corrupción. Resulta inaudito que una porción considerable del dinero de los impuestos que pagamos todos vaya a parar a las alforjas de los corruptos, por la vía de un Estado secuestrado por los politiqueros y clientelistas a quienes solo les interesa acumular dinero mediante las triquiñuelas más increíbles.

La plata que se roban los corruptos es dinero que falta para la salud, la educación,  y los servicios públicos de las mayorías. La única manera de eliminar el saco roto de la corrupción es eligiendo un Congreso comprometido con la transparencia y con el respeto de lo público, y un presidente que también esté sintonizado con esas ideas.

Hay excelentes candidatos, de diversos partidos, que ofrecen características diferentes a las de los politiqueros tradicionales. La corrupción es una de las fuentes de la desigualdad económica y de la iniquidad, por lo cual se necesita renovar la política, dando la oportunidad a los políticos que no tienen como programa esquilmar el erario y depredar las instituciones públicas.

La otra tarea pendiente es seguir aclimatando la paz mediante la construcción de un clima de tolerancia y de respeto que nos ayude a salir del círculo vicioso del odio que nos legó la guerra. Todavía se mantiene una terrible polarización que ayuda a preparar los ánimos para la continuidad del conflicto.

La eliminación del odio y de la polarización también pasa por la elección de dirigentes comprometidos con la paz y con la resolución de las contradicciones por la vía del diálogo y de las herramientas democráticas.

Sería muy trágico que los aspirantes belicistas ganaran la mayoría en el Congreso, y que la nación eligiera a un presidente para seguir echando bala. Esa es la mejor forma de volver al pasado tenebroso que aún no superamos.

Por eso, los votantes nunca deben perder de vista que entre los tres problemas más gruesos que enfrenta la nación están la paz, la corrupción y la construcción de una sociedad capaz de vivir sin tanto odio.