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La violencia no es el camino en la Uniatlántico

La Universidad del Atlántico se ha caracterizado por ser un escenario donde se reflejan los conflictos que ocurren en el resto de la sociedad. Así ha sucedido, por ejemplo, con el enfrentamiento entre la guerrilla y el Estado. De algún modo, esa confrontación sirvió para justificar ciertas formas de lucha dentro de la institución.

La lógica de la guerra (que hace pensar en los otros siempre como enemigos) generó entre nosotros una subcultura de odio y desprecio, que alimentaría formas de lucha degradadas y obsoletas, a la luz de lo que actualmente sucede en la nación. Resulta que ya entramos en otra etapa, en la de la paz, y esta coyuntura requiere más imaginación para ensayar nuevos métodos.

Pero aún existen personas que siguen en guerra, que usan estrategias bajo esa premisa, al ver siempre al contradictor como enemigo. En la Universidad son ya tradicionales el pasquín, el tropel, el uso de la mentira, la calumnia y la desinformación como medios para combatir al opositor. Estos son instrumentos degradados, violentos, que no se corresponden con lo que debe dominar en el ambiente universitario.

Un sector de los militantes se hace matar todavía por la papa, el tropel, la capucha y otras expresiones de violencia física que ellos creen los realiza más como políticos, pero que los niega para pensar en otras maneras de canalizar sus desacuerdos. Ellos parecen perder de vista que esas formas de lucha degradadas le hacen mucho daño a la institución y a la propia protesta, porque desacreditan y deslegitiman ante los ojos de las mayorías internas y externas.

Para entender estas manifestaciones violentas como degradadas conviene analizar las características del contexto universitario. La universidad tiene como principal razón de ser la academia, es decir, la docencia, la investigación, la extensión y todos los demás componentes educativos que la distinguen de otros escenarios, como, por ejemplo, un campo de batalla en que se echan bala dos ejércitos enemigos.

El tejido educativo e institucional es extremadamente delicado, y requiere que la base de su funcionamiento sea el diálogo inteligente, apoyado en argumentos, y que sus conflictos sean resueltos por los canales que desarrolló la civilización contemporánea, es decir, hablando, y sin acudir a estrategias violentas.

Es imposible concebir una clase en que el profesor y sus alumnos desmenucen ideas y se pongan de acuerdo mediante las trompadas y las patadas, o tirándose bombas mutuamente. Lo moderno, lo civilizado, es que dialoguen en un marco de respeto mutuo y privilegiando el intercambio de ideas, nunca el de las patadas o trompadas.

Lo mismo cabe plantear si se piensa en los debates fuera del aula: es imposible que la gente se entienda si lo que domina es el grito, la agresión verbal o física y la calumnia, como si los adversarios estuvieran participando en una guerra en la cual gana el que más alce la voz, quien más ofenda o quien más intimide.

Tales instrumentos son degradados si se tiene en cuenta que mediante la confrontación racional (inteligente) de argumentos las personas pueden ponerse de acuerdo o ventilar sus desencuentros sin necesidad de deslizarse hacia la ley de la selva.

Si en la institución sigue dominando la ley de la selva de la calumnia, el pasquín agresivo, la papa, el tropel o las demás formas violentas para expresar los desacuerdos, el resultado siempre será el mismo: la generación de un ambiente inadecuado para desarrollar la academia, la cual debe discurrir en un clima civilizado de intercambio de ideas.

El efecto del empleo de métodos degradados al interior de la universidad no puede ser otro que la zozobra, el miedo, el terror y la negación de la academia, como consecuencia de que algunos privilegian las vías de hecho para protestar, mas no los caminos para resolver conflictos de las sociedades modernas, que son más adecuados que la ley de la selva, sobre todo en la universidad.

Ni la tradición, ni el derecho de protesta, ni las desigualdades sociales, ni la lucha de clases sirven como argumentos para justificar el hecho de que en la institución algunos militantes todavía privilegien las vías violentas para expresar que no están de acuerdo.

En el marco de un proceso de paz que permitió integrar a la sociedad civil a la guerrilla más importante del país, ¿cómo entender que algunos individuos continúen en guerra en los predios universitarios? ¿No existe un desfase entre su comportamiento violento y la necesidad de reconciliación que pide a gritos una parte muy importante de la nación?

Una protesta válida, justa, contra la corrupción y los corruptos, que despertó la simpatía a nivel nacional, ¿por qué debía degenerar en el ataque violento a un sitio que nos ha costado tanto, como el Centro de Convenciones? ¿Acaso ese Centro se hizo con la plata del Ñoño Elías, o de Santos, o de Uribe?

Que se sepa, ese bien público fue construido con el dinero de los impuestos de todos y para servir al pueblo, que es el que ingresa principalmente a la universidad. La inercia de la subcultura de la violencia, que todavía domina la mente de algunos, fue lo que provocó que lo que ciertos militantes construyeran con las manos lo destrozaran con los pies.

La subcultura de la violencia, que se expresa en las vías de hecho, en la papa, el tropel, el pasquín, la calumnia, la mentira y en la agresión verbal y física debe dejarle el lugar a formas menos problemáticas de protesta. Y debe ser reemplazada por maneras más civilizadas y más éticas de encarar los conflictos internos, que permitan resolver las discrepancias sin considerar a quien no está de acuerdo como enemigo que debe morir.

El camino adecuado ahora no puede ser escalar la violencia, enfrentando a quienes aún siguen en la guerra con métodos de guerra, con la policía o ese tipo de cosas. La ruta para resolver el problema debe ser la que nos enseñó el proceso de paz: se requiere más pedagogía, más diálogo, más acercamiento entre los diversos integrantes de la comunidad universitaria.

No es que este camino sea fácil… es que es el único posible, si no queremos seguir inmersos en los métodos degradados que destrozan el frágil tejido universitario. La disyuntiva que hay enfrente solo ofrece dos caminos: o se pelea con las armas de la razón (buscando resolver los problemas mediante el diálogo y el intercambio inteligente de argumentos), o con las de la sinrazón de la violencia y de la ley de la selva.