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La violencia en la Uniatlántico

El problema que se presentó hace poco en la Universidad entre un muchacho de la ultraderecha y otros de la izquierda (en un evento por la paz al que fue invitado Seuxis Hernández) no es para nada nuevo y refleja, de manera muy nítida, el clima de violencia y polarización que aún inunda al país.

Es indudable que el joven que intentó intervenir en el acto obedece a las directrices que operan a nivel nacional y local entre quienes se oponen al proceso de paz con las Farc, sector que es liderado por Álvaro Uribe Vélez y por Alejandro Ordóñez Maldonado.

Es obvio que los jóvenes que intentaron reducir a quien intentaba sabotear el encuentro son simpatizantes de las Farc y cercanos, por lo tanto, a quien se había convertido en el personaje principal del certamen, el señor Seuxis Hernández (o Jesús Santrich).

Más allá de si fueron provocados, o si cayeron en la trampa de la provocación de parte de un representante de la ultraderecha universitaria, lo que devela el lamentable incidente es el grado de polarización y odio entre dos facciones irreconciliables de la política nacional: la de quienes se oponen a la paz con la guerrilla y la de quienes defienden esa solución negociada.

Pero al margen de este elemento indiscutible, también se reflejó en el incidente un conjunto de situaciones que atañen especialmente a la Uniatlántico y a la educación superior pública colombiana: el de la falta de una cultura del debate, mediante la cual se reemplace la agresión verbal o física por la confrontación de argumentos.

¿Cuáles son las raíces de esa imposibilidad para discutir sin agredir al otro? Son múltiples y, entre ellas, no se descarta la deficiente educación familiar, como han destacado algunas personas. Pero el asunto es de mucho más fondo, pues se relaciona con las teorías o el sistema de creencias que predeterminan la actuación de cada quien.

Resulta que hay individuos que piensan que lo que portan en sus mentes no son simples teorías para interpretar, conocer o transformar el mundo, sino una especie de verdades reveladas que nunca deben contrastarse con la realidad para verificar su validez, sino imponerse como sea y contra quien sea, sin importar que los demás no las entiendan como verdades reveladas de ningún pensador.

Ellos, por la fuerza de las circunstancias y por el peso de las tradiciones, han transformado (sin darse cuenta, quizás) sus teorías interpretativas, o sus guías para actuar, en rígidos dogmas que alimentan su sistema de valores. Este hecho les otorga una gran fuerza, convertida en convicción, pero, así mismo, los sustrae del terreno de la ciencia y los introduce en el campo minado del fanatismo.

Es claro que si alguien se comporta como poseedor de una verdad revelada, inverificable mediante los recursos de la ciencia, está dotado de un extraño poder que lo lleva a negar a los demás y a aplicar la violencia contra el otro, prevalido de que tiene la razón aunque no la tenga. Esta es una de las fuentes más visibles del autoritarismo y, sobre todo, del totalitarismo que tanto daño ha hecho ya en sus distintas versiones en todo el mundo.

Una raíz común que origina esta posición dentro del espectro político universitario proviene de una base cultural muy irrisoria, que destruye la capacidad crítica a implementar contra las ideas convertidas en dogmas inamovibles. Si los conocimientos son deficientes, si no se conoce mucho (o no se conoce nada) de los pensadores que no están en esa línea de pensamiento, resulta más fácil convertir en verdades irrefutables las teorías que se manejan.

Al actuar y pensar de esta manera, no solo se elimina de cuajo la historia del pensamiento sino hasta la historia de la propia sociedad, si los resultados de estas historias controvierten el modo de pensar dogmático. Por esta ruta, desaparecen la crítica intersubjetiva y el intercambio inteligente de ideas, y se le da paso a un comportamiento sectario muy parecido al de los curas medievales, así esta actitud se disfrace con una capa de aparente cientificidad.

Esa posición ideológica tiene proyecciones políticas, pero también morales y sociales. El mundo se ve sin todos sus colores porque para el dogmático solo existen el blanco y el negro. Los matices de la realidad se pierden irremediablemente, devorados por un mar de descalificaciones morales y políticas, cuyo soporte principal es el sistema de dogmas inamovibles que nutren al fanático.

Si yo soy el portador de la verdad revelada, los demás serán simples mortales que no poseen ni la agudeza ni la inteligencia que yo poseo para entender la vida y, sobre todo, para transformar el mundo. Por lo tanto, lo mejor está en mí y lo peor está en el otro. Esta lógica reduccionista y dicotómica (de buenos y malos) no solo destruye la libertad de pensamiento del fanático, sino que lo convierte en un peligro contra la libertad de los demás.

Quien considera que todo lo que le rodea es malo, pervertido, impuro, no sirve, etcétera, puede llegar a destruir eso sin sufrir ningún tipo de crisis existencial, porque, de antemano, posee justificaciones internas que lo dotan de una gran fuerza, de una sólida convicción apoyada en su sistema de valores, o en los dogmas que él no piensa como dogmas, pues cree que son ciencia.

La ideología se transforma aquí en una psicología irreductible, en una seguridad que empuja a la acción sin ninguna clase de remordimientos morales, porque al actuar el fanático cree que no proyecta su propio mundo interno, y que no ha convertido su proceso ideológico en una suerte de fe que hace parte de una dogmática muy especial.

La descalificación moral, política e ideológica del otro parte siempre del supuesto de que no es como yo, sin atender al posible hecho de que esté en lo correcto y de que plantee verdades que el fanático no ve, porque no puede o no quiere verlas. Aquí el sectarismo es una consecuencia del autismo, alimentado por los dogmas herméticos que este no se atreve a someter al ejercicio de la corroboración con la práctica, como enseñó el mismo Marx.

Ahora que se concretó el proceso de paz con las Farc, se vuelve prioritario transformar los paradigmas, para empezar a construir una democracia más participativa y deliberante en la Uniatlántico. Ya no se justifica seguir empleando la violencia como instrumento de la lucha política.

La papa, la toma, el tropel y hasta el pasquín pierden el contexto externo de guerra que servía de pretexto y justificación a los militantes políticos. Se impone construir, de ahora en adelante, escenarios adecuados para el debate de las ideas, donde la agresión verbal o física sea reemplazada por la discusión apoyada en los argumentos. Esto no será fácil de concretar, porque la inercia y la resistencia de los procesos ideológicos del pasado no serán fáciles de remover si los protagonistas no los perciben como un obstáculo.

Es claro que del lado de la izquierda existe predisposición a cambiar, como consecuencia de la nueva coyuntura que emergió con los procesos de paz. Pero ¿existe esa misma predisposición en las huestes de la ultraderecha? ¿Está ese sector político dispuesto a dejar las armas para inaugurar otro proceso político?

El mundo del dogmatismo, del fanatismo y de la mentira aún ilumina el camino de la ultraderecha, de la mano de un político oportunista y pendenciero como Álvaro Uribe Vélez, y de un cruzado medieval como Alejandro Ordóñez Maldonado. Grosso modo, no le apuestan a la paz porque le temen a la justicia o porque su estrechez de miras no les permite concebir una sociedad donde quepamos todos.

Las reacciones violentas de algunos jóvenes de ultraderecha en la Universidad también tienen como fuente el fanatismo, y un sectarismo sui generis que no descarta el seguidismo hacia algunos líderes conspicuos de su corriente política a nivel nacional.

Pero ese sectarismo se alimenta también de un odio visceral hacia la guerrilla y hacia todo lo que huela a izquierda. Igualmente, se nutre de ideas antidemocráticas que niegan la construcción de una democracia moderna y civilizada.

Es muy difícil pedir que la lucha entre esos bandos se circunscriba a la batalla de ideas, porque ambos vienen de la guerra y se mueven aún influidos por sus secuelas. Toca que introducir, poco a poco, otra cultura, la de la discusión con argumentos, donde no sea necesario matar al adversario para derrotar sus ideas.

Esto, quizás, se logre conseguir al interior de la Universidad antes que en el resto de la sociedad, si las mayorías que están por la democracia logran hacer triunfar su agenda. Pero no será fácil, porque el odio que aún alimenta a los antiguos combatientes es el principal obstáculo.

Lo ocurrido recientemente al interior de la Uniatlántico no es extraordinario, si lo pensamos en función de su propia historia y de la historia nacional. Lo extraño sí es que no hiciéramos nada por eliminar la violencia de los claustros académicos. ¿Seremos capaces de derrotar a la muerte para que se imponga la paz?