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La violencia del ELN y la coyuntura electoral

Los recientes ataques del ELN en Barranquilla fueron una sorpresa para todo el mundo, debido a los diálogos de paz que esta guerrilla sostiene con el gobierno en Ecuador. Nadie se imaginó que bombazos de ese grupo contra la Policía Nacional y contra la ciudad se produjeran poco antes del Carnaval.

Pero los hubo, con un saldo de personas muertas y heridas notable, y con la siembra de un clima de terror en la ciudadanía que aún se mantiene. ¿Por qué el Ejército de Liberación Nacional ejecutó esos atentados en Barranquilla? Y ¿qué motivos lo llevaron a hacerlo?

Es claro que el ELN buscaba presionar un cese del fuego y hostilidades desde una posición de fuerza, mediante el temor y empujando a los negociadores contrarios a pensar en todo lo que estaría en juego si se continuaba con las acciones violentas en la actual coyuntura.

Barranquilla se convirtió en un blanco apetecido por varias razones. Podría tener la guardia muy abajo para prever ataques terroristas, porque hacía bastante tiempo no los padecía, por lo menos en la escala de los últimos. Esta deducción resultó correcta, si se tiene en cuenta los palos de ciego y la sorpresa de las autoridades al comienzo de la crisis.

La ciudad estaba en vísperas de los carnavales y, además, preparándose para los Juegos Centroamericanos y del Caribe, lo cual la convertía en un medio para conseguir una importante resonancia mediática a nivel nacional e internacional, como en efecto ocurrió.

Además, la urbe se había convertido en el símbolo del poder político de un importante partido, detestado por la guerrilla y por varios opositores del establecimiento. Un golpe de esa clase sería también un batatazo contra el predominio de Cambio Radical y contra el alcalde más popular del país, según los sondeos de opinión.

Así mismo, Barranquilla ofreció un atractivo complementario (aparte de golpear duro a su enemigo directo, la Policía Nacional): es la ciudad del jefe negociador del gobierno, Gustavo Bell Lemus; conmover su fibra lugareña no estaría nada mal, buscando presionar para desestabilizar y conseguir el propósito, eso ligado, de paso, a trasladar la guerra a un centro urbano.  

Finalmente, el ataque del ELN se produce en el contexto de la coyuntura electoral. Sus intereses político-militares  lo empujaron a usar bombas y a matar para poner en jaque el proceso eleccionario, buscando conseguir de ese hecho más fuerza para continuar el diálogo con el gobierno.

Aquí en este punto es donde se revela la mayor falencia en el análisis político de la guerrilla. Da la impresión de que solo tuvieron en cuenta sus objetivos de guerra y su situación particular, y que no pensaron a fondo (o no les importó demasiado) en el efecto de su acción terrorista sobre la ciudadanía y sobre los grupos políticos que participan en las elecciones.

Hoy gran parte de la ciudad percibe al ELN no solo como enemigo de la Policía Nacional y del gobierno sino como enemigo de la mayoría de la gente, por el terror y la angustia que esparció en todas las capas sociales, pero sobre todo en las populares.

Las acciones terroristas de los elenos no les han traído más fortaleza sino mucha más debilidad para negociar en Quito. Y a esto se le agrega la antipatía que se granjearon y el efecto colateral negativo sobre las elecciones, que golpea más que nada a los sectores democráticos y alternativos.

¿Quiénes están sacando más provecho de las acciones de guerra del ELN? Los sectores que no desean la paz y que pretenden sabotear todo lo que se ganó con los diálogos de La Habana. La táctica de guerra del ELN revigorizó la táctica electoral de los enemigos de la paz, aunque la guerrilla no deseara ese efecto.

Y podría decirse que ese terrorismo perjudicó demasiado a la izquierda democrática, a esa que lucha por mejorar las condiciones de las mayorías, pero que no está de acuerdo con la violencia, ni con los modelos totalitarios y dictatoriales del radicalismo izquierdista.

La derecha y la ultraderecha meten ahora a todos los partidos en el mismo saco de los violentos y totalitarios, para macartizar, deslegitimar y beneficiarse de la confusión entre los electores. Y, sobre todo, para justificar la represión contra los críticos del establecimiento y los líderes populares.

El impacto más grave de esa política errónea de los elenos se verá en las elecciones a Congreso y en las presidenciales. Sin proponérselo, la guerrilla le está haciendo el trabajo sucio a la ultraderecha, entregándole nuevas armas para mantener viva la polarización que facilitó la derrota del Sí a manos del No en el plebiscito de octubre.

Cabe esperar que su táctica contradictoria y lesiva no ayude a provocar la consecuencia más perversa e indeseable: que los sectores descompuestos del todo vale se tomen de nuevo el poder para seguir sumiendo en un baño de sangre a toda la nación. Esa ya sería la tapa del terrorismo.