La verdad y la mentira en la construcción del discurso histórico
Si la disciplina histórica no tuviera como norte la elaboración de certezas o verosimilitudes acerca de lo que pudo haber ocurrido en la sociedad ya ida, de seguro que perdería su razón de ser como instrumento de concreción de la memoria colectiva y como herramienta para conocer o comprender cómo ha discurrido la sociedad humana.
El propósito central de la historia no consiste en procesar discurso por el placer del discurso, sino en elaborar una representación creíble de lo ocurrido en la sociedad en el tiempo; el objetivo de la ciencia histórica tampoco es construir mentiras acerca de las épocas idas sino intentar, con todas sus limitaciones, una aproximación válida a cómo pudieron ser las cosas en las etapas distintas al presente.
La pretensión de materializar ese propósito ha colocado a la historia en el camino de la ciencia, pues sus procedimientos y el horizonte de verosimilitud que orienta sus pasos la aleja del arte, del mito o de la religión. Por más que emplee recursos estéticos (sobre todo de la literatura, como lo destaca Hayden White en su Metahistoria) esta disciplina nunca podrá asimilarse a un arte, aunque utilice los recursos de la narración.
Ningún arte tiene como propósito producir conocimientos o saberes contratastables o criticables del modo como sí lo hace la historia. Ninguna religión genera conceptos susceptibles de ser falseados (como sugiere Popper), ni criticados para demostrar su validez o invalidez lógica, o su importancia como medio representativo de algo real existente fuera de ellos. Por más exagerado que sea un mito, su análisis excluye asimilarlo a un discurso científico, lo cual sí puede hacerse con las narraciones históricas.
La historia hace parte de las llamadas ciencias sociales y, como ciencia, su tarea es producir conocimientos científicos sobre un objeto de estudio definido. La tarea de la historia es generar saberes sobre la sociedad en el tiempo, como alguna vez expresara (con una metáfora luminosa) el maestro Marc Bloch. Para alcanzar ese fin, la historia se vale de la lógica de la ciencia y de medios que la asimilan a esta.
El objetivo del historiador no es decir lo que se le ocurra acerca de su objeto de estudio, sino expresar sus conclusiones sometiéndose a unas reglas de juego que no son las del arte, la religión o el mito. Las condiciones de producción de su discurso lo empujan hacia la certeza o la verosimilitud, nunca hacia la mentira o la falsedad. Si miente o construye un aserto insostenible por impericia o mala fe, el recurso de la crítica de los pares tarde o temprano lo pondrá en su lugar.
La elaboración del discurso histórico contiene unas reglas de juego que lo alejan del arte. Los asertos del historiador no brotan de una acción tan libre de la imaginación, sino de una imaginación contenida por los pies de plomo de las fuentes, y regulada por las tradiciones intelectuales de la disciplina, por las teorías, métodos y técnicas que convierten a esta en un razonamiento altamente formalizado. Por algo expresó Georges Duby que la historia es como un sueño, pero un sueño muy controlado.
Nada en historia se puede sostener sin que pueda ser corroborado con las fuentes que lo convaliden. Esto provoca que el discurso histórico pierda el carácter de simple discurso y se convierta en relato sobre algo sostenido en huellas que definen su contorno y su contenido. Y si es un discurso sobre algo predeterminado (aunque sea indicial o parcial), como ocurre a menudo en las ciencias, debe guardar cierto grado de certeza, de verdad.
Si yo escribo, como historiador, que Barranquilla en la época colonial estuvo localizada al norte de Asia y que el río que la baña se llama Nilo (cuyas aguas son tan cristalinas que se puede ver el fondo a través de ellas) estaré cometiendo un grave error al expresar una mentira insostenible, que nunca soportará la crítica de los pares. Y si construyo un aserto falso de este tipo es porque no procedo como historiador, sino tal vez como literato o como alguien que especula.
En historia se pueden y se deben construir verdades, aunque nos duela el concepto verdad, por el desprestigio en que este ha caído. Es decir, hay que elaborar certezas relativas o absolutas, que asuman la forma de conocimientos o saberes, sin importar que no sean tan sólidos como los de otras ciencias.
Algunos presentistas y ciertos postmodernos plantean que es imposible el conocimiento científico en historia porque esta carece de un objeto de estudio directamente observable. Si esto fuera cierto, muchas de las otras ciencias que emplean el paradigma indicial (y que carecen de un objeto de estudio actual) dejarían de ser ciencias, como son los casos de la paleontología, la arqueología, la cosmología y parte de la física.
¿Quién ha visto un dinosaurio vivo? ¿Quién ha observado el Big Bang? ¿Es necesario observar a las culturas en vivo para descifrar los enigmas de sus ruinas? ¿Cuántos eslabones nos faltan en las cadenas evolutivas y por qué aún pensamos en términos de evolución?
El historiador no puede apreciar en vivo y en directo los procesos o fenómenos que decide estudiar pero ¿por qué no puede investigar si existen suficientes indicios o pruebas de que algo ocurrió pero ya no está? ¿Cómo negarse a conocer, si las huellas que lega el tiempo indican que algo ocurrió? ¿Es válido abstenerse de construir saberes sobre lo ocurrido si todo indica que se pueden construir? Y más importante aún: ¿es correcto negarse a escudriñar en las huellas que nos dejaron nuestros antepasados para intentar conocer cómo vivieron?
El argumento de la carencia de un objeto de estudio actual no invalida la necesidad de la investigación histórica. La cantidad de testimonios voluntarios e involuntarios que produjo la humanidad que nos antecedió invita a construir objetos de estudio que, aunque conectados siempre con el presente por la vía de la cultura y del historiador, permiten concebir y producir asertos sobre la vida humana en el tiempo.
Y estos asertos no brotan solo de la capacidad interpretativa del investigador histórico, sino de ese diálogo fructífero entre este y las fuentes. Para construir conceptos o interpretaciones no bastan las teorías, métodos o técnicas que maneja el investigador (ni tampoco su ideología o posición política), pues estos resultan, sobre todo, de las fuentes, de los indicios que nos indican qué ocurrió en los tiempos idos.
Los conocimientos históricos solo pueden alcanzarse mediante procedimientos sistemáticos, muy reglados. Los saberes sobre la sociedad en el tiempo no brotan de la simple capacidad interpretativa de historiador, sino del contacto de esa capacidad con una realidad documental que limita su imaginación. No puede él nunca decir lo primero que se le ocurra, sino ceñirse al juego del aserto y la prueba (o indicio) que corrobora o niega ese aserto.
La historia intenta construir verosimilitudes o certezas (no mentiras o falsedades) acerca de lo que ocurrió. Y para ello acude a la lógica de la ciencia para generar sus conocimientos o saberes.
Como reflexión sistemática que se vale de la crítica para transformarse y consolidarse, está en capacidad de elaborar un conocimiento científico especial: el saber razonado y sometido a indicios acerca la vida humana en el tiempo.