La última generación que vivirá la guerra
Cuando tenía 12 años un pedazo del cielo se vino abajo. El fragmento, en su encuentro con la tierra, provocó un estruendo tan grande que se escuchó muchas cuadras más allá del lugar del suceso. En mi caso, nueve cuadras largas, exactamente.
Para que algo insólito suceda en el mundo real tiene que hacerse espacio en los sitios comunes, así en su aparición arrastre consigo de forma violenta a la realidad. En su caída, el cielo había escogido un sitio que, a mis ojos infantiles, era más que común: el supermercado al que íbamos todas las semanas a comprar la comida.
Desde el quinto piso del edificio en el que vivía tenía una vista bastante limpia de la humareda que empezaba a levantarse en el horizonte. Sin embargo, cuando, a todas prisas, mi mamá nos metió a mi hermana y a mí dentro del apartamento, yo no miraba el horizonte, jugaba distraído con una bola de plástico.
Unos cuantos minutos más tarde, la televisión estaba prendida a todo volumen y los vecinos del edificio conversaban alarmados. Unos desde las puertas de sus casas, con el inquilino que compartía el mismo piso, otros en las escaleras, algunos subían y otros bajaban. Eran muchos, pues estábamos en pleno diciembre, a ocho días de Navidad.
Eventualmente, la telenovela de la tarde fue interrumpida por los sucesos en la ciudad. Aquel día Barranquilla era protagonista a nivel nacional y los colombianos veían desde las salas de sus casas, en las cafeterías o en los bares, la narración sobre el pedazo de cielo que se había caído encima de un almacén donde las familias compraban comida todas las semanas.
El periodista del noticiero, sin embargo, no hablaba de cielos caídos, ni de sucesos insólitos que se hacen espacio en sitios comunes. Hablaba de petardos, de bombas, de los heridos y de los vidrios que habían volado llenando toda la calle de una finísima capa de vidrios que los servicios de limpieza se tardarían varios días en recoger. Una semana más tarde, los fragmentos más pequeños seguirían allí, como recordatorio.
El presidente de aquella época, Álvaro Uribe Vélez, dijo que los atentados del 16 de diciembre de 2003 contra Súper Almacenes Olímpica y Almacenes Vivero eran responsabilidad de las FARC, una retaliación contra los empresarios que no les pagaron ‘vacunas’. A mí me había tocado escuchar el de Sao de la 93, pero dos bombas más estallaron ese día, en Sao de la 53 y Vivero Murillo. De todas nos íbamos enterando por la televisión, era nuestro pequeño World Trade Center.
Tardaría 10 años en darme cuenta de que yo, o cualquier persona de mi familia, podía haber estado en ese lugar el día de la explosión. De forma paradójica, la revelación me llegó fuera de Colombia, cuando estudiaba en España.
Solo encuentro explicación para mi falta de sentido común en las dinámicas de la violencia en las que mi generación -la última generación que vivirá la guerra- se encontró siempre sumergida. Como un velo translucido que, al llevar siempre sobre los ojos, nos impide imaginar la forma en la que realmente se observa el mundo.
Las noticias que durante mi infancia se repetían incesantes, los carros bomba en la capital, las poblaciones remotas asaltadas, los discursos políticos guerreristas. Muertos, heridos, muertos, heridos, masacre. Crecimos condicionados para vaciar de significado palabras que nunca deberían perder su sentido, el seguro de la humanidad para conjurar aquello que es atroz.
Desde mi cómodo apartamento en el área urbana del país, asistí desde niño como espectador a una guerra rural que se peleaba en algún sitio difuso y lejano. Sin embargo, de alguna forma sabía, todos sabíamos, que un día esa guerra podía tocar nuestras puertas, si las cosas se salían un poco de control, si los buenos perdían.
Si los buenos perdían… un concepto tan infantil, tan inocuo a la hora de crear valores morales y éticos en los pequeños en formación, tan nefasto aplicado a la vida real, esa en la que a veces los buenos roban y los malos pasan hambre.
Tendría unos siete años cuando le pregunté a mi papá por primera vez acerca de la guerra. ¿Quiénes son las FARC?, ¿por qué matan gente?, ¿por qué ponen bombas?, ¿por qué pelean? No recuerdo la explicación y estoy seguro de que no habría podido entenderla.
Al final, apliqué aquel concepto infantil en mi pregunta, deseoso de establecer un criterio simple para explicar el mundo, como las matemáticas que tanto disfrutaba. ¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos?, la respuesta fue la única que se podía dar en Colombia por aquellos años. Desde hace tanto vivimos polarizados.
Hay cosas con las que ningún niño tendría que crecer, un país en guerra es una de ellas. Ahora, que los fusiles de uno de nuestros conflictos se callan, queda en nuestras manos asegurarnos de que sigan así, de que para los colombianos que nazcan mañana el cielo siga en donde tiene que estar.