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La tragedia de Puerto Rico

El peor de los mundos posibles está viviendo por estos tiempos la Isla de Puerto Rico. A los problemas relacionados con una deuda externa casi impagable, se le une ahora el abrazo catastrófico de la naturaleza: un huracán categoría 4 que atravesó a Borinquen a lo largo y a lo ancho.

En general, casi todas las islas del Mar Caribe están expuestas a la fuerza destructiva de los huracanes. Este año, Barbuda y Dominica, en las Antillas Menores, fueron destrozadas por uno de estos. Ahora el turno fue para Puerto Rico, que recibió la fuerza destructiva del huracán María.

Los daños provocados por el fenómeno, que entró con categoría 4 (en una escala máxima de 5, según la tabla Saffir-Simpson, que mide la velocidad de las ráfagas y algunos efectos, como inundaciones y destrozos en infraestructura), han sido incalculables y sumieron a la Isla en la desesperación.

Las indagaciones preliminares de las autoridades permiten establecer que el 80% de la economía agropecuaria fue destruida por María. Ese efecto quizá no sea tan catastrófico para la población, pues Puerto Rico obtiene muchos de sus productos agropecuarios por la vía de las importaciones, pero sí es un fuerte golpe para los medianos y pequeños emprendedores nacionales que producían alimentos para la cocina popular.

Los estragos más severos se presentaron en la infraestructura de energía eléctrica, en el suministro de agua potable, en los aeropuertos y en las comunicaciones. Para un pueblo acostumbrado a las comodidades inducidas por el confort moderno, ha sido muy duro padecer la falta de energía eléctrica y de agua potable.

Toda la cotidianidad fue trastornada por la falta de alimentos, por las inundaciones en las zonas vulnerables y por la ausencia de los medios habituales de comunicación. Y lo peor quizás esté por llegar.

Los hospitales y los centros de atención de los enfermos han dejado de prestar varios de los servicios que dependen del suministro eléctrico, con el riesgo de que muchas personas vulnerables puedan perder la vida.

La distribución de la ayuda que llega del exterior se ha dificultado por el problema de las comunicaciones, por el taponamiento o inundación de las carreteras y caminos, y por el daño en los radares de los aeropuertos.

Los supermercados tienen problemas para abastecerse; esto ha llevado a la reducción de los horarios de atención al público, lo cual se combina con la necesidad de ahorrar combustible en sus generadores de energía. Las largas filas para conseguir alimentos, gasolina y agua son la nota común en toda la Isla.

La alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz Soto, expresó en tono enérgico que la ayuda del gobierno norteamericano no llegaba con la velocidad requerida y que era necesario que los trataran, no tanto como ciudadanos de segunda, sino como seres humanos. Para ella, había una crisis humanitaria y la gente estaba en peligro de morir de hambre.

La falta de fluido eléctrico y de comunicaciones ha afectado todos los aspectos de la vida, incluidas las funciones públicas y la educación. Dadas las condiciones del ahora es muy difícil que, por ejemplo, la Universidad de Puerto Rico (uno de los mejores sistemas públicos de todo el Caribe) logre recuperarse rápidamente si carece de energía y de medios de comunicación.

La única forma de enfrentar los problemas, superando la crisis que provocó este huracán, consiste en que las fuerzas públicas y privadas del país reciban la ayuda económica y el apoyo de las instituciones norteamericanas federales. Se necesita financiar la recuperación de Puerto Rico acudiendo al presupuesto de los Estados Unidos.

La prioridad es garantizar la vida de la gente, como lo pidió a gritos la alcaldesa de San Juan. Para lograr ese propósito, se requiere trabajar con todo para restablecer el servicio de energía eléctrica y el suministro de agua potable.

A más de una semana del azote de María, aún el 95% de la población sigue sin energía eléctrica y más de la mitad carece de agua potable. Esto no puede demorar meses, como han sugerido algunos medios, porque una demora de esa clase podría ser sinónimo de muerte para muchas personas.

¿Qué pasará con Puerto Rico? El presente y el futuro de la Isla están ahora en manos del gobierno de Trump. No cabe aquí un tratamiento de ciudadanos de segunda clase, sino el de seres humanos que sufren. ¿Cumplirá ese gobierno con la gente de esta Isla, como lo ha hecho con otros estados de la Unión?