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La sociedad de la extrema torpeza

Tantas columnas dedicadas a señalar la absoluta estupidez que parece haberse apoderado del mundo me empiezan a saber a petulancia empaquetada. Una vez a la semana, desde el cinismo inconformista de mi renegada condición de ‘millenial’ y la comodidad de una clase media bien educada, me dedico a escribir con palabras elegantes que el mundo es básicamente idiota.

Se trata de una labor ingrata y, francamente, no encuentro en ella ese placer indulgente del que tanto disfrutan los pseudointelectuales que, por cierto, también son idiotas. No siento rabia ni me interesa persuadir, en estos tiempos cada quien debe cavar su propia trinchera. Por el contrario, cuando me entrego cada semana a este pequeño ejercicio de reflexión, suelo terminar sumido en algo muy cercano a la desesperación.

Esto, desde luego, es culpa mía, la desesperación me puede. Comentar los asuntos de las ideologías me parece trivial, en el fondo la mayoría tiene un poco de razón y, en ciertos escenarios utópicos, todo puede funcionar. Por eso prefiero dedicarme a hablar de la pura irracionalidad, esa forma tan asidua con la que la gente parece exorcizar cualquier indicio de pensamiento que les pueda asomar.

Corposivisionarios, una corporación de cultura ciudadana aparentemente comandada por Antanas Mockus –aunque su página no lo deja del todo claro-, realizó un pequeño experimento, sin mucha validez científica, pero curioso cuando menos. A 16 uribistas se les dijo que varias frases de Gustavo Petro habían sido dichas por su mesías antioqueño y, desde luego, a 16 petristas se les dijo que las frases de Uribe habían sido pronunciadas por el camarada Gustavo.

Los resultados no sorprenderían a nadie, casi todos los petristas y uribistas se mostraron de acuerdo con las frases que les presentaron, aunque fuesen completamente opuestas a lo que se supondría es su espectro político, siempre y cuando les dijeran que las había dicho el héroe radicalista de su devoción.

Me da la impresión de que cada vez más la gente no tiene ni un ‘milímetro’ de idea de las razones por las que pelea, no saben que es izquierda o derecha, progresismo o conservadurismo, arriba o abajo, todos están ‘emberracados’ y se conducen por un ansia de adhesión tribal autodestructiva.

Debo admitir, sin embargo, que los comentarios en el post de la noticia en Facebook alcanzaron a maravillarme. Será que todavía queda algo de inocencia en mí, que no he perdido la capacidad de sorpresa por completo, díganme romántico, pero no puedo entender cómo es posible que, con cada una de sus ‘emberracadas’ respuestas, las personas estuvieran reviviendo y reconfirmando el experimento de forma espontánea en su totalidad.

Una diminuta muestra investigativa se convirtió, por la magia de las redes, en una muestra representativa de la estupidez nacional –o de la estupidez de los que tenemos internet, al menos-. Personas defendiendo desesperadas, sin siquiera haber leído una letra del artículo, a uno de los dos políticos contra el ataque impensable de la maligna comparación. Desde luego, el experimento no estaba comparando a los candidatos, comparaba a las personas que, como bien demostraron, son tan intercambiables como piezas de Lego.

Encontrar comentarios acusando al medio que publica la noticia de ser, a la vez, “uribestia y castrochavista”, uno encima del otro, es casi una experiencia religiosa y, claro, desesperante. Después de todo, de eso se trata, desesperación y me rehuso a vivir de ella mucho más. Después de todo, si la gente vive sin pensar no veo por qué hacerlo para redactar.