La paz y el odio
Una de las consecuencias más importantes del conflicto armado entre el Estado y las Farc es la cadena de odio que esparció por todo el país. Un odio y un resentimiento que habitan en las víctimas y hasta en los victimarios, de todos los bandos.
La guerra que enfrentó al gobierno y al paramilitarismo contra la guerrilla produjo más que una polarización: dividió a la nación en grupos irreconciliables que se desearon la muerte mutuamente, y que atacaron a su enemigo para reducirlo como fuera.
Ese rencor generalizado golpea aún a todos los agentes del conflicto armado y, por tanto, se convierte en el principal obstáculo a vencer desde ya y en el posconflicto. El recuerdo de las agresiones, de la muerte de familiares, de los desplazamientos forzados y de las injusticias cometidas contra los nocentes, atenaza la conciencia y los sentimientos de todos los involucrados.
No es fácil superar ese estado de cosas, porque no basta con decirle a los implicados que perdonen y olviden. Quienes se sienten víctimas canalizan a través de la antipatía todo el sufrimiento y la frustración, y su primera y principal reacción se manifiesta a través de un profundo deseo de venganza.
Les parece ilógico e injusto, por ejemplo, que después de haber padecido tanto por cuenta de las acciones de la guerrilla, no se produzca un castigo equivalente a su sufrimiento en el marco de los acuerdos de paz que se concretan ahora. Para muchos de quienes viven la experiencia de víctimas sin justicia reparativa, lo más adecuado es que se aplique en este caso la Ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente.
Ese es el sentimiento que explota el expresidente Uribe para alimentar su movimiento político en contra de la paz. A este personaje no le preocupa echarle gasolina al fuego al atizar el deseo de venganza, acudiendo incluso a la mentira y a la tergiversación, porque él mismo es una víctima de la guerra y, como tal, hace parte de esa cadena de odio que solo quiere la Ley del Talión.
Uribe y muchos de los que le acompañan han sido víctimas de los ataques de la guerrilla, aunque también se convirtieron en victimarios que actuaron sin límites contra sus enemigos y contra muchos inocentes. Como resultado de su papel de victimarios, aliados con las fuerzas oscuras del paramilitarismo, sembraron de víctimas a la nación.
El todo vale que aplicaron a lo largo del país produjo persecuciones, injusticias y muertes, con su secuela de víctimas y una larga estela de odio y resentimiento. La Ley del Talión uribista, que todavía anida en gran parte del pueblo colombiano, encierto modo se ha devuelto contra los propios victimarios, que también se sienten víctimas.
El todo vale dejó una marca funesta de rencor, aparte de una carga de delitos con capacidad para hundir al líder y a sus alfiles. Esos delitos ya probados, y otros probables que falta por sancionar, constituyen el más importante móvil de la lucha del uribismo contra el proceso de paz, al lado de su antipatía visceral contra las guerrillas.
La impunidad de los uribistas estaría más protegida bajo la guerra, y por eso ese escenario es el que más les apetece. A ellos les preocupa el castigo ejemplar de sus enemigos, pero también que sus propios delitos sean sepultados por la impunidad.
Dentro de poco, el pueblo colombiano deberá someterse a la prueba de aceptar una paz con justicia incompleta o mantener la estrategia de la Ley del Talión, que no es otra cosa que la continuidad de la guerra. La catarsis del odio mediante las balas traerá más muertes, más víctimas y más y resentimiento.
El precio que deben pagar todos los bandos, si el proceso de paz concluye bien, consiste en aprender a rumiar la tirria por canales distintos a la violencia, y en exorcizar la aversión sin necesidad de matar a nadie.
Esta es una tarea difícil cuya ejecución requiere el concurso de todas las fuerzas del Estado y la sociedad, y la participación de los ejércitos de maestros, psicólogos, psiquiatras, religiosos y de todas las personas con capacidad para ayudar en la difícil labor de hacer pedagogía a favor de la paz, ayudando a exorcizar la carga de inquina que aún es muy fuerte en las mentes de las víctimas y de los victimarios.
Como lo enseña la experiencia histórica, ese es un trabajo tan duro como concretar la paz por la vía negociada. Los deseos de aplicar la Ley del Talión por parte de los antiguos contrincantes siempre será una tentación demasiado poderosa, como lo indican los procesos similares de otros países.
El gran reto de la paz ahora y en el futuro consiste en liberar o refrenar esa carga de odio y resentimiento que consume a todos los bandos. Una rabia que ha sido provocada por la guerra y cuyo principal alimento son las consecuencias de esta.
El silencio de los fusiles permitirá oír mejor el dolor que se oculta detrás del odio de los contenientes, y sofocará la posibilidad de continuar nutriendo la cadena deresentimiento que origina el conflicto.
Aunque no lo parezca, la mejor vía para enfrentar el problema es la paz, no la guerra. La pacificación del país por la ruta del diálogo, si bien nos hará tragar más de un sapo, es una posibilidad de oro para abandonar el camino de la violencia. La Ley del Talión, por el contrario, nos mantendrá en la guerra y sus degradaciones.
La paz es el camino y la meta para lograr una sociedad menos violenta y menos desigual. La guerra es sinónimo de muerte y de odio, y la mejor estrategia para continuar desarmando el país.
Una reconciliación imperfecta es preferible a un conflicto armado que nos desangra y que incrementa el edificio de las injusticas. El camino de la paz será amargo y difícil, pero nunca tanto como el de la guerra.